2 de marzo de 2026

«Por una transición justa de los combustibles fósiles» Del dominio del carbono a la experiencia de comunión

 Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.

Director del Departamento de Ecología Integral, CEE

Imaginemos por un momento que la casa donde habéis crecido, esa que guarda vuestros recuerdos más sagrados, empieza a agrietarse. No son solo manchas en la pared, sino que son los cimientos los que ceden.

Esta es la imagen que el papa Francisco nos puso frente a los ojos en la exhortación apostólica Laudate Deum (LD) del 2023, cuando advirtió: «el mundo que nos acoge se va desmoronando y quizás se acerca a un punto de quiebre» (LD 2). 

Ya no hablamos de un cambio climático lejano ni de estadísticas frías; hablamos de un sistema en franco deterioro que socava la sostenibilidad de la vida tal como la hemos conocido. Durante décadas, nuestra economía ha funcionado como si los bienes de la tierra («recursos», los llaman algunos) fueran infinitos, atrapada en lo que la Iglesia llama el paradigma tecnocrático (Laudato Si’ (LS), 101), creyendo que el poder y el consumo sin límites son el único camino.

Pero la Iglesia, iluminada por Laudato Si’, nos dice que la fe no puede ser indiferente ante el tipo de energía que mueve nuestro mundo. Los combustibles fósiles, es decir, el carbón, el petróleo y el gas, que en un tiempo fueron el motor de una era, hoy son la cadena que nos ata a la destrucción de la casa común.

El papa Francisco fue tajante: «la tecnología basada en combustibles fósiles muy contaminantes —sobre todo el carbón, pero aún el petróleo y, en menor medida, el gas— necesita ser reemplazada progresivamente y sin demora (LS 165)». La frase es crítica: «sin demora». No es una sugerencia para el próximo siglo; es un imperativo moral para hoy. ¿Por qué? Porque cada grado de temperatura que se sube es un golpe directo al rostro de los más pobres, de aquellos que no tienen aire acondicionado para el calor extremo ni muros contra las inundaciones ni cosechas suficientes para la alimentación.

Aquí es donde nuestra respuesta como Iglesia ha de volverse profética, como la de los antiguos profetas hebreos, Jeremías, Joel, o incluso la del mismo Jesús. No buscamos simplemente cambiar un barril de petróleo por cientos de paneles solares. Eso sería mera cosmética. Buscamos que la transición sea justa.

¿Qué significa esto? Significa una transformación integral que supere el mero interés económico y ponga en el centro la dignidad humana, la solidaridad global y el cuidado de la casa común. Significa, en primer lugar, exigir el abandono urgente de los combustibles fósiles y una sensible reducción del consumo energético por parte de las naciones más ricas, asumiendo su responsabilidad histórica mediante acciones concretas, como la condonación de la deuda externa impagable de algunos países del Sur Global. 

Sin embargo, para que esta exigencia no quede atrapada en promesas vacías, necesitamos un marco internacional distinto. Laudate Deum nos urge a configurar un «nuevo multilateralismo» (LD 37-43) que logre superar la parsimonia, los bloqueos y la falta de mecanismos vinculantes del actual sistema de negociación de la ONU. Es en este contexto donde se alza como un hito esperanzador la próxima Conferencia de Santa Marta, en Colombia (24-29 de abril de 2026), la primera conferencia internacional enfocada específicamente en la transición de los combustibles fósiles. Este encuentro de países marca el punto inicial del diálogo para trazar una hoja de ruta real y efectiva hacia la eliminación de los combustibles fósiles, impulsada por una diplomacia moral y civil que demuestra que otra forma de gobernanza global, más ágil y comprometida con el bien común, es posible.

En segundo lugar, significa proteger a las poblaciones vulnerables y a los trabajadores afectados, garantizando, por ejemplo, programas de reconversión profesional y subsidios de desempleo para quienes hoy dependen de la industria petrolera o carbonífera. Es más, significa que esta transición no debe caer en un «nuevo extractivismo», por lo que se debe rechazar la idea de que la minería de materiales para paneles solares o baterías replique el despojo histórico de tierras y comunidades. En su lugar, la transición energética justa implica la obligación de promover una gobernanza participativa tanto en las decisiones de producción como de distribución y de consumo, como, por ejemplo, la creación de comunidades energéticas locales en las que los ciudadanos asumen en primera persona el proceso de cambio. 

Finalmente, significa también una profunda coherencia ética y financiera, ejemplificada en la desinversión progresiva de las instituciones e individuos católicos en empresas de combustibles fósiles o de megaminería, acompañada de una intensa educación climática (y no de «negación climática») que fomente nuevos estilos de vida sostenibles y asegure que las nuevas infraestructuras de producción protejan celosamente la biodiversidad.

En breve, significa que el «grito de la tierra» y el «grito de los pobres» (LS 49) son, en realidad, un solo grito que nos pide un enfoque integral de la transición ecológica, una profunda transformación que supere el paradigma tecnocrático que tiende a confiar en falsas soluciones técnicas y no cuestiona la moralidad de los actos. En Laudate Deum, la Iglesia nos pide que esta transición sea «obligatoria y monitoreable» (LD 59), porque la buena voluntad ya no basta; necesitamos estructuras justas que garanticen el respeto de los derechos humanos fundamentales y del ambiente natural que los sustenta, mediante buenas prácticas de producción, distribución y consumo, la participación democrática y cambios profundos en los estilos de vida de sobreconsumo y descarte.

En definitiva, «no hay cambios duraderos sin cambios culturales […] y no hay cambios culturales sin cambios en las personas» (LD 70). El abandono de los combustibles fósiles no es solo un reto técnico para los ingenieros; es un reto moral para nosotros.

Como Iglesia, nuestra misión social es anunciar el Evangelio y, a partir de él, promover la dignidad humana, el bien común y la justicia en las estructuras sociales, económicas y políticas. Si proclamamos la vida como don del Creador, no podemos financiar la muerte ni ser indiferentes ante el sufrimiento que provocamos. En materia energética, si predicamos la justicia, debemos promover el desarrollo de nuevas tecnologías basadas en energías limpias que, al mismo tiempo, permitan que las comunidades más pobres accedan a ellas.

Pasemos de una economía centrada en la extracción a una de cuidado, que pone al ser humano en su centro. Pasemos del carbono a la comunión. Porque, al final del día, cuidar la creación no es una «opción verde», sino un acto de amor al Creador y a cada ser humano que habita esta casa común.


El Departamento de Ecología Integral participó este martes 24 de febrero, en la conferencia “Por una Transición Justa de los Combustibles Fósiles” en la que participaron activamente científicos, representantes de los principales partidos políticos del país, y organizaciones de la sociedad civil española. Allí se presentó una declaración apoyada por más de 40 entidades católicas, entre otras.

Las entidades católicas firmantes son: 

  1. Departamento de Ecología Integral, Conferencia Episcopal Española
  2. Conferencia Española de Religiosos (CONFER)
  3. Enlázate por la Justicia
  4. Red de Entidades para Desarrollo Solidario (REDES)
  5. Comisión General de Justicia y Paz de España
  6. Movimiento Laudato Si’, España
  7. Delegación de Ecología Integral, Diócesis de Pamplona y Tudela
  8. Comisión Diocesana de Ecología Integral, Diócesis de Vitoria
  9. Vicaría General, Diócesis de Sant Feliu de Llobregat.
  10. Delegación de Ecología Integral, Arzobispado de Zaragoza
  11. Delegación para el Cuidado de la Creación, Archidiócesis de Toledo.
  12. Delegación Diocesana de Ecología Integral, Diócesis de Mérida-Badajoz.
  13. Justicia, Paz e Integridad de la Creación, Diócesis de León.
  14. Comisión Diocesana de Ecología Integral, Diócesis de Tortosa
  15. Comisión Diocesana de Ecología Integral, Archidiócesis de Madrid
  16. Delegación Pastoral de Ecología Integral y Cuidado de la Creación, Diócesis de Mallorca.
  17. Secretariado Diocesano para el Cuidado de la creación, Diócesis de Córdoba
  18. Delegación Diocesana para la Ecología Integral, Diócesis de Getafe
  19. Delegación Diocesana para la Ecología, Diócesis de Canarias
  20. Grupo Diocesano de Ecología Integral, Sevilla
  21. Departamento de Ecología Integral, Archidiócesis de Barcelona
  22. Comisión Diocesana de Ecología Integral, Diócesis de Salamanca
  23. Delegación para el Cuidado de la Creación, Diócesis de Cáceres
  24. Comisión Diocesana de Ecología Integral, Diócesis de Vic
  25. Departamento de Ecología Integral, Archidiócesis Burgos
  26. Secretariado de Ecología Humana, Diócesis de Valencia
  27. Horeb de interioridad
  28. Amigos del Desierto
  29. Associacio Renovem-nos
  30. Laudato Si Navarra
  31. Comunidad Adsis
  32. Misioneros Claretianos
  33. 17 Parroquias Católica de Navarra
  34. Comunidad de Vida Cristiana en España (CVX-E)
  35. Orden Franciscana Seglar
  36. Cáritas, Madrid
  37. Hermanas de la Caridad de Santa Ana,
  38. Provincia Carmelita de Aragón, Castilla y Valencia,
  39. Carmelite NGO
  40. Laudato Si’ Navarra
  41. Organitzación Justicia i Pau, ONG.

Las lluvias han arrastrado millones de toneladas de suelo fértil del campo andaluz: así podemos evitar que se repita

 Cuando se encadenan temporales, el daño más visible suele asociarse a inundaciones, infraestructuras y pérdidas personales. Sin embargo, uno de los impactos más persistentes tiene lugar donde nunca miramos: en nuestros pies, donde la erosión del suelo agrícola se dispara cuando coinciden una alta intensidad de lluvia con una baja capacidad de infiltración. 

En los primeros momentos, el impacto violento de las gotas de lluvia sobre el suelo provoca el arranque de las partículas de la capa superficial. Posteriormente, cuando las borrascas se van sucediendo con cantidades importantes de precipitación, encuentran el suelo saturado y compactado, sin capacidad de infiltración. Entonces, toda el agua circula por la superficie, concentra energía y aumenta su capacidad de arrastre y transporte a lo largo de arroyos y cauces, acumulándose en embalses y lechos de ríos para llegar finalmente al mar.

Durante 22 días de lluvias continuadas en Andalucía durante los meses de enero y febrero de 2026, un tren de borrascas, desde Francis hasta Oriana, ha provocado precipitaciones acumuladas de más 400 litros por metro cuadrado en muchos puntos de la región. Como consecuencia, se han movilizado más de 55 millones de toneladas de suelo agrícola, equivalente a más de 17 estadios olímpicos como La Cartuja. 

Del material arrastrado, en una estimación conservadora, 4 millones de toneladas habrían quedado retenidas por los embalses, colmatándolos, y casi 500 000 habrían llegado al mar, en este caso con beneficios para el ecosistema marino.


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Un recurso que tarda siglos en formarse y horas en perderse

El suelo fértil no es un simple “soporte” para las plantas. Es un sistema vivo con propiedades físicas, químicas y biológicas que determinan su productividad: estructura, porosidad, estabilidad de agregados, materia orgánica, nutrientes, biodiversidad y capacidad de retención de agua. 

Únase y apueste por información basada en la evidencia.

Muchas de esas propiedades se construyen lentamente. Por eso, perder suelo superficial no es solo perder “tierra”, es perder capacidad productiva y biodiversidad. 

En acontecimientos como el tren de borrascas de las últimas semanas, podría haberse perdido en Andalucía hasta 1 centímetro de suelo agrícola de media, con picos de 5 cm en algunas localizaciones en unas pocas semanas. Formar un centímetro de suelo fértil requiere de entre 1 000 y 10 000 años de evolución.

De la erosión laminar a las cárcavas

No toda erosión se manifiesta igual. En muchos casos comienza como erosión laminar o pequeños arrastres uniformes en superficie muchas veces difíciles de detectar; o como pequeños regueros de apenas unos centímetros. 

El salto cualitativo llega cuando el flujo se concentra y empieza a excavar con fuerza. Entonces aparece la erosión en forma de cárcavas, incisiones profundas excavadas por el agua que superan el umbral de 50 centímetros de anchura, a partir del cual el terreno ya no se recupera con prácticas agrícolas habituales. 

Profundo surco en el terreno en un olivar



















Cárcava en un olivar. Proyecto CárcavaCC BY-SA

Con cada temporal extraordinario, la cárcava puede profundizar, ensancharse y crecer ladera arriba, conectando rápidamente la parcela con la red de drenaje natural. El resultado es doble: por un lado, la pérdida de suelo fértil se acelera, superando la pérdida de más de 500 toneladas por hectárea y año. Por otro, se generan daños en caminos rurales, limitaciones al paso de maquinaria y degradación del paisaje agrícola.

En el marco del Proyecto Cárcava, de la Universidad de Córdoba, hemos analizado la susceptibilidad a la iniciación de cárcavas en olivares de la cuenca del Guadalquivir. Los patrones observados indican que su aparición y crecimiento se relacionan con combinaciones de pendiente, propiedades del suelo, uso y cobertura del suelo y conectividad hidrológica. 

Los temporales intensos actúan como aceleradores: reactivan cárcavas existentes y pueden iniciar nuevas en puntos vulnerables donde el flujo se concentra.

Así podemos actuar antes del próximo temporal

La evidencia científica es clara: la erosión se reduce cuando el suelo mantiene cobertura y buena estructura, y cuando se pone límite a la concentración de la escorrentía. 

En la agricultura mediterránea, como la de gran parte del tercio sureste español, las estrategias más eficaces suelen combinar varias líneas de actuación: 


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  • Prácticas de conservación que favorezcan la materia orgánica y eviten degradar la estructura.

  • Planificación hidrológica para identificar líneas de concentración de flujo, cabeceras de vaguadas y puntos de inicio de regueros y cárcavas.

  • Intervención temprana controlando regueros incipientes antes de consolidarse hasta convertirse en barrancos irrecuperables. 

Ese color marrón del agua que con tanto asombro observaban miles de ciudadanos en los momentos más delicados de las borrascas Leonardo y Marta, las más dañinas, no era una nota de color, era suelo fértil en suspensión que el agua transportaba en su camino al mar. 

El suelo que se arranca en la parcela llega a arroyos y ríos, incrementa la turbidez, modifica la dinámica sedimentaria de los cauces y reduce la capacidad de embalses para controlar caudales en próximos eventos. 

En un clima que alterna sequías prolongadas con lluvias extraordinarias, proteger el suelo no es una opción: es una condición obligatoria para sostener la productividad, reducir riesgos y mejorar la resiliencia del sistema agrario y el equilibrio de todo el sistema ecohidrológico.