20 de octubre de 2026

¿Cuánto microplástico cae del cielo?

 Los microplásticos en suspensión en el aire se depositan en las tierras de cultivo, los ríos y los océanos. Los científicos están trabajando para cuantificar la cantidad que cae y lo que esto supone para el medio ambiente.

En todo el mundo, cada año se vierten al medio ambiente decenas de millones de toneladas de microplásticos, y gran parte de ese material acaba llegando a las masas de agua, incluidos los ríos y los océanos. Un nuevo análisis global publicado este mes en la revista Science Advances estima que, en 2022, los ríos transportaron aproximadamente 263,000 toneladas de microplásticos al océano. Eso equivale al peso de unas 26 Torres Eiffel.

Los investigadores descubrieron que el 96% de los microplásticos procedían del Sur Global, y que solo el sudeste y el este de Asia aportaban más de la mitad del total.

Los microplásticos son partículas de plástico de menos de 5 mm. Pueden ser arrastrados a la atmósfera y transportados largas distancias antes de volver a caer sobre la tierra y el agua a través de la lluvia, la nieve o la deposición seca.

Los ríos son solo una de las vías por las que los microplásticos se desplazan por el medio ambiente. Un estudio reciente realizado en Suiza ofrece una imagen más clara de la cantidad de microplásticos que pueden caer desde el aire. Los investigadores recogieron partículas en cinco emplazamientos a lo largo de un año. Estimaron que cada año se depositan en todo el país unas 219 toneladas en zonas situadas por debajo de los 2,000 metros. De esa cantidad, aproximadamente 78 toneladas caen sobre suelos agrícolas y 10 toneladas caen directamente en el agua.

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La cantidad puede variar significativamente dependiendo del lugar que analicen los investigadores. En 2020, un estudio dirigido por Janice Brahney, biogeoquímica ambiental de la Universidad Estatal de Utah, en EE UU, estimó que caen anualmente más de 1,000 toneladas métricas de microplásticos sobre terrenos protegidos en el oeste de Estados Unidos.

“Desde entonces, cada año hemos observado un aumento en la cantidad de plásticos que se depositan”, explica Brahney a WIRED Middle East. "Así que todas las muestras que hemos analizado desde ese momento contienen más plásticos".

La parte difícil

El reto radica en que todavía no existe un método estándar para medir la cantidad de microplásticos que caen desde la atmósfera; eso ayuda a explicar por qué las estimaciones varían tanto. De hecho, muchos de los instrumentos que utilizan los investigadores para medir partículas en la atmósfera no se diseñaron específicamente para recoger microplásticos.

“Están diseñados aerodinámicamente para recoger partículas esféricas de una determinada densidad y filtrar en función del tamaño según esas propiedades", explica Brahney. Pero los plásticos tienen formas diferentes y densidades más bajas. En resumen, "no están calibrados para los microplásticos. Por eso, en realidad no sabemos hasta qué punto son eficaces a la hora de recoger exactamente lo que hay en la atmósfera”.

Brahney utilizó en su investigación un muestreador de deposición, que se basa en la gravedad para recoger las partículas a medida que caen. Pero ese método también tiene limitaciones. El viento puede crear lo que ella denomina un “efecto de sombra del muestreador”, por el que algunas partículas de plástico son empujadas lejos del muestreador. “Por eso, suele subestimar lo que se está depositando”,

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advierte.

Los investigadores también miden cosas diferentes. La concentración de plástico que flota en el aire no es la misma que la cantidad depositada en el suelo, y Brahney resalta que ambas no se pueden convertir fácilmente.

¿Cómo llegan los microplásticos al aire?

En el océano, las olas pueden expulsar al aire diminutas gotas de agua que contienen microplásticos. Una vez que el agua se evapora, la partícula de plástico queda. “A nivel mundial, ese es probablemente uno de los mecanismos más importantes”, según Brahney.

En tierra, las carreteras también pueden devolver a la atmósfera las partículas de plástico ya existentes. “Los autos que circulan por las carreteras, especialmente allí donde estas se cruzan con grandes centros urbanos, pueden lanzar a la atmósfera todas las partículas que se encuentran en la superficie de la vía debido a la fricción de los neumáticos contra el asfalto”, explica Brahney.

Las tierras agrícolas son otra fuente. Las plantas de tratamiento pueden eliminar los microplásticos de las aguas residuales, pero algunas de esas partículas acaban concentrándose en el suelo que más tarde se usa como fertilizante. En entornos agrícolas, la combinación del viento, los tractores y las herramientas puede entonces lanzar esas partículas al aire.

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No es ningún secreto que todas estas partículas proceden del plástico

fabricado por el ser humano. Investigadores como Brahney señalan que la gran mayoría de lo que se recoge suele consistir en fibras o restos de ropa desintegrada procedentes de residuos y basura, en gran parte debido al auge de la moda rápida. “Los textiles son una de las principales fuentes de microplásticos en el medio ambiente”, afirma Brahney.

¿Cómo afectan los microplásticos al suelo, al agua y a la salud humana?

La investigación sobre el impacto de los microplásticos en el medio ambiente y en las personas que dependen de él sigue sin recibir la atención que merece. En los suelos, las investigaciones han revelado que los microplásticos pueden alterar propiedades físicas y biológicas, como la estructura del suelo, el ciclo de los nutrientes y el pH. En los ecosistemas acuáticos, los organismos de agua dulce pueden absorber microplásticos. Brahney indica estudios que han descubierto que las nanopartículas presentes en los peces pueden llegar al cerebro del animal y afectar su comportamiento, lo que, entre otras cosas, reduce su eficacia a la hora de buscar presas.

Algunos investigadores, como Juyong Brian Kim, profesor adjunto de Medicina en Stanford, también están estudiando qué ocurre cuando los microplásticos entran en el torrente sanguíneo humano. Kim descubrió que los microplásticos y los nanoplásticos pueden penetrar en las células que recubren los vasos sanguíneos, provocar cambios importantes en la expresión génica y contribuir a una progresión más rápida de las enfermedades vasculares.

¿Es posible reducir la contaminación por microplásticos?

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Es probable que el problema de los microplásticos se agrave a

medida que el mundo produzca más plástico. “Estamos generando plástico a un ritmo acelerado”, alerta Brahney. Refiere que, en los últimos cuatro años, la cantidad de plástico generada equivale a la producida en los diez años anteriores.

“La única forma de reducir estas cifras sería un esfuerzo coordinado a nivel mundial, en múltiples niveles organizativos, para reducir el uso de plásticos de un solo uso”, añade, ya que estos representan alrededor del 40% de los plásticos producidos y una gran parte de lo que acaba en el medio ambiente.

Artículo originalmente publicado en WIRED Middle East. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.

Migración

 Muchas ya se han ido, otras se están yendo y también hay aves que llegan ahora a pasar con nosotros el invierno.


Es tiempo de migración para las aves migratorias como los vencejos, las golondrinas, el milano negro o el abejero europeo.

Algunas pesan más que una sandía, como las grullas, y otras menos que una uva, como el reyezuelo.


En esta animación aparecen reflejados, en movimiento, los cruces de caminos de las aves que atraviesan o se quedan en nuestra Península:

Animación con los movimiientos de las aves migratorias.

Grandes y pequeñas, todas estas aves se enfrentan al reto de una migración cada vez más llena de obstáculos mortales que ponen en riesgo su supervivencia:

  • cada vez encuentran menos lugares donde criar, porque el campo y el clima están cambiando y porque destruyen sus nidos;
  • en el viaje se cruzan con cables, aerogeneradores y cristales que no ven a tiempo;
  • algunas no llegan por culpa de la caza ilegal o los cebos envenenados,
  • y de noche, el exceso de luz artificial las desorienta y las lleva a chocar.

Ignacio, cuando alzas la vista y las ves pasar en bandada, ¿te has preguntado alguna vez si llegarán a su destino? Quizá te hayas preguntado también si puedes hacer algo por ellas.

11 de octubre de 2026

Tiempo de la Creación 2026

 

En la festividad de San Francisco, concluyó el Tiempo de la Creación 2026.

Y qué río hemos creado juntos.

Durante más de un mes, el Agua Viva ha fluido por comunidades de todo el mundo: en misas y oraciones, junto a ríos y bosques, a través de peregrinaciones, jardines, actividades de denuncia profética, servicio y momentos de encuentro profundo.

De una comunidad a otra, nos demostraron que el Agua Viva no es simplemente algo que contemplamos.

Es algo en lo que nos convertimos.

Cada oración fue una gota.
Cada historia fue una gota.
Cada acción fue una gota.

Y, juntas, esas gotas se convirtieron en un río global de fe, solidaridad y esperanza para nuestra casa común.

Al celebrar a San Francisco y conmemorar los 800 años de testimonio franciscano, recordamos que este camino no termina hoy.

El Tiempo llega a su fin. El río sigue fluyendo.

Llévalo a tu familia. A tu parroquia. A tu comunidad. A tus decisiones. Y a cualquier lugar donde la creación clame por nuestro cuidado.

La Situación del Aguilucho Cenizo

 la situación del aguilucho cenizo es más grave de lo que imaginábamos. Si no hacemos algo urgente, cada vez será más complicado contar con su presencia en nuestros campos y, por tanto, también será más difícil contar con su papel eliminando plagas.

Nombre científico:

Circus pygargus

​
Aguilucho cenizo

Curiosidades: 

  • El viaje migratorio del joven aguilucho cenizo es una de las hazañas más asombrosas y peligrosas del mundo natural. A diferencia de otras aves que viajan en grandes bandadas guiadas por adultos, los jóvenes aguiluchos cenizos emigran en solitario, impulsados únicamente por su instinto genético.
  • España es el principal bastión de la especie en Europa: albergamos el 60% de la población europea occidental.Esto significa que el futuro de esta especie en el continente depende de lo que pase en nuestros campos.

Situación:

El aguilucho cenizo se juega su futuro cada verano pero su presente es cada vez más complicado.

Para criar, coloca sus nidos casi en exclusiva en los campos de cereal, un refugio que esconde una trampa mortal. De ahí que muchos esfuerzos para conservar la especie estén centrados en evitar las cosechadoras que pasan justo cuando los pollos aún no saben volar.

Y ahí está la clave para salvarlo: si conseguimos que la actividad agrícola y la cría del aguilucho recuperen su convivencia,  podremos frenar el declive de una especie aliada y fundamental para nuestra agricultura.

5 de octubre de 2026

Abrir nuestros corazones en Inishbofin: una perspectiva personal sobre el «Encuentro por el Clima»

 

Tras pasar unos días en la pequeña isla irlandesa de Inishbofin, Lorna Gold, directora ejecutiva del Movimiento Laudato Si’, reflexiona sobre lo que ocurre cuando nos alejamos del ruido, abrimos nuestros corazones y dejamos espacio para el dolor, la esperanza y una conexión más profunda ante la crisis climática.

Hay algo en viajar a una isla pequeña que te cambia de una forma profunda, incluso misteriosa. Te hace ver de otra manera el lugar que ocupas en el mundo.

Desde el momento en que subes al barco, te das cuenta de que no eres más que una mota —un puntito— en un océano inmenso. Cuando el viento te despeina el pelo que tanto te has esforzado en arreglar, las salpicaduras te empañan las gafas y las olas que rompen te hacen perder el equilibrio mientras intentas hacerte un selfie, te das cuenta de repente de quién manda aquí. Y no eres tú.

Entonces, cuando la escarpada costa aparece ante tus ojos y divisas el refugio del puerto, sientes una profunda gratitud por pisar tierra firme. 

Inishbofin fue el escenario del Encuentro sobre el Clima, un proceso creativo que reunió a 60 personas procedentes de distintos ámbitos de liderazgo en materia climática. La premisa era sencilla: reunir a personas comprometidas con la respuesta a la crisis climática, sacarlas de su entorno habitual y devolverlas a la naturaleza, y crear el tiempo y el espacio necesarios para un diálogo auténtico entre diferentes perspectivas.

Artistas y músicos, científicos y responsables políticos, políticos y personas de fe, amas de casa, jóvenes y mayores: la riqueza de la experiencia surge espontáneamente de la diversidad de los asistentes. Se invita a las personas a dejar a un lado su condición social y a acudir tal y como son.

Siguiendo las antiguas tradiciones de reunión comunitaria presentes en muchas culturas —el «meitheal» irlandés, el diálogo «Talanoa» del Pacífico y el espíritu africano del «ubuntu»—, todos acceden al espacio en pie de igualdad. Cada persona aporta la complejidad de su identidad, pero también la vulnerabilidad compartida que supone ser humano entre otros seres humanos. Alguien nos recordó la antigua «quinta provincia» irlandesa: un lugar donde los líderes pueden reunirse con confianza. Un espacio seguro. Un espacio sagrado.

Mis días en Inishbofin estuvieron marcados por conversaciones profundas y momentos inesperados de reflexión.

Comenzábamos cada día con una sencilla meditación en la iglesia local. Juntos cantábamos «Oscail mo chrol» —«Abre mi corazón» en irlandés—, un canto que se convirtió en un hilo conductor a lo largo de nuestra estancia en la isla. Expresaba un deseo compartido de estar abiertos y presentes: de escuchar con atención y de permanecer atentos no solo a las palabras y a los hechos, sino también a los sentimientos, las intuiciones y lo que pudiera estar surgiendo entre nosotros.

La naturaleza salvaje de la isla nos acompañó en todo lo que hicimos. Mientras pedaleábamos de un lado a otro por la escarpada costa entre los distintos lugares, el paisaje nos recordaba constantemente la belleza de la naturaleza, su poder, su historia milenaria y todo aquello que ahora se encuentra amenazado. 

Pasábamos horas hablando de política, ciencia y estrategias de comunicación, para luego salir al exterior, bajo un cielo repleto de estrellas, y contemplar la Vía Láctea sobre nuestras cabezas y la luz de la luna bailando sobre el agua. Hablábamos de la inteligencia artificial y de su potencial para amenazar nuestro mundo, y luego salíamos a contemplar la puesta de sol en un magnífico espectáculo de luz, tal y como ha ocurrido desde mucho antes de que los seres humanos estuviéramos aquí para verlo.

La costa de Inishbofin ya muestra las huellas de unas tormentas cada vez más intensas. Lo pudimos comprobar en las obras que se estaban llevando a cabo para reconstruir el dique antes de que llegara el invierno. La isla daba la sensación de estar muy alejada, pero la crisis se percibía sorprendentemente cerca.

Hubo un momento en el que la enorme urgencia y la magnitud de las crisis a las que nos enfrentamos me resultaron abrumadoras.

Durante una conversación nocturna en el bar, nos preguntamos cuál de las amenazas a las que se enfrenta actualmente la humanidad podría alcanzarnos primero: una guerra que se extendiera por Europa, el desarrollo descontrolado de la inteligencia artificial o nuestro fracaso colectivo a la hora de frenar las emisiones generadas por los combustibles fósiles. La cruda realidad que nos expusieron los expertos nos golpeó con fuerza.

Aquella noche no dormí mucho. Nuestro pequeño encuentro parecía, de alguna manera, suspendido en el tiempo, como un frágil vaso que intentaba contener las lágrimas del mundo. Un vaso a punto de romperse.

A la mañana siguiente, acudí al encuentro con el corazón encogido. Cantamos sobre caminos ancestrales y compartimos nuestras reflexiones tras las conversaciones que habíamos mantenido, pero, en realidad, lo que quería era volver a subir a esos parajes salvajes y llorar.

Me encontré cogiendo el micrófono y la sinceridad brotó de mi interior. Simplemente dije que tenía miedo, que se me partía el corazón y que ya no estaba segura de qué podíamos hacer para cambiar el rumbo que llevábamos.

Lloré. Otros también lloraron. Nadie pidió permiso.

En ese momento, me sentí plenamente humana, junto a otros seres humanos en una pequeña isla del Atlántico Norte, todos esforzándonos a nuestra manera por arreglar las cosas. En mi fragilidad y vulnerabilidad, abrí mi corazón e invité a los demás a hacer lo mismo.

Juntos, lamentamos todo aquello que tememos que se nos esté escapando de las manos. Reconocimos que quizá no podamos arreglarlo todo. Sin embargo, también nos dimos cuenta de que aún queda mucho por vivir, incluso en medio del dolor de la pérdida.

La pérdida en sí misma encierra una extraña ambigüedad, tal y como nos recordó un hermoso poema que se compartió durante el encuentro. Estar cerca de la muerte puede hacernos tomar conciencia de lo que significa estar verdaderamente vivos.

A lo largo de nuestro tiempo juntos, exploramos la interacción entre la fe, la espiritualidad, la ciencia y la vida pública, así como los significados más profundos que buscamos expresar a través de nuestro trabajo. Con demasiada frecuencia, dejamos nuestra identidad espiritual a las puertas del lugar de trabajo. Hemos privatizado la espiritualidad, en parte por miedo a que pueda dividirnos. Pero, al hacerlo, es posible que nuestras conversaciones hayan perdido lo que un participante denominó sencillamente «alma».

Hemos dejado de lado algunas de las cosas que dan a nuestras vidas su significado más profundo, al intentar resolver una crisis existencial sin tener en cuenta el propósito y el sentido más amplios de la vida. Sin embargo, sin esa base más profunda, resulta difícil encontrar la fuerza —o incluso la razón— para seguir luchando por el bien común.

La mayor revelación para mí durante esos días fue la sensación de que quizá se esté abriendo una puerta: una puerta a través de la cual la fe, la espiritualidad y las artes puedan volver de forma más plena al movimiento por el clima.

No se trata de sustituir a la ciencia, las políticas o la acción política. Todas ellas son indispensables. Se trata de reconocer que las pruebas y las políticas por sí solas no pueden soportar todo el peso de esta crisis. A medida que la emergencia climática se agrava, también necesitaremos sentido, comunidad y rituales que nos ayuden a afrontar el dolor, mantener el valor y seguir adelante en los momentos difíciles.

La fe y la espiritualidad pueden ser un bálsamo para un alma herida. Una fuente de alegría ante la adversidad. También pueden encender el fuego en nuestro interior para hacer frente a la injusticia.

Allí, de pie en la diminuta iglesia de la isla junto a amigos musulmanes, judíos y cristianos, mientras el viento aullaba fuera en el último día de nuestro Encuentro, nuestras diferencias parecían insignificantes. El viento hablaba. Compartimos las aguas benditas y nos comprometimos a formar parte de un río de esperanza.

Me pareció especialmente significativo durante este Tiempo de la Creación, en el que comunidades de todo el mundo reflexionan sobre el tema del Agua Viva. En Inishbofin, el agua nunca fue simplemente una metáfora. Nos rodeaba, nos transportaba, nos inquietaba y nos recordaba nuestra vulnerabilidad. Estaba presente en las olas que nos llevaron a la isla, en las tormentas que remodelaban su costa, en el agua bendita que compartimos y en la imagen de un río que se fortalece gracias a la confluencia de muchos arroyos diferentes.

Quizás esto es lo que significa formar parte de un río de esperanza. Ninguno de nosotros es el río en su totalidad. Somos pequeños arroyos que llegan de distintos lugares, trayendo consigo diferentes experiencias, convicciones y dones. Pero cuando nos permitimos fluir unos hacia otros, algo más grande comienza a moverse.

Al ponernos una vez más a contraviento, sabíamos que podríamos encontrarnos con aguas turbulentas en el viaje de vuelta a casa. Pero partimos con una determinación renovada.

Caminamos sobre tierra ancestral. Nos llevan las aguas vivas. Y en los momentos en que más se necesitan los milagros, podemos beber de pozos profundos. Siguen ahí; solo tenemos que abrir nuestros corazones, como hicimos en Inishbofin.