29 de septiembre de 2026

España roza las 300.000 hectáreas quemadas en 2026. Así responde la Iglesia

 Los incendios forestales han arrasado en España 299.501 hectáreas desde el 1 de enero hasta el 24 de septiembre. Esta superficie que triplica la media histórica para ese periodo, situada en torno a las 95.000 hectáreas, según datos del Sistema Europeo de Información Sobre Incendios Forestales(EFFIS).

Dicho informe, perteneciente al programa europeo Copernicus, refleja además, que la mayor parte de la superficie quemada se concentra en los meses de verano. Especialmente entre julio y agosto, cuando se produjo un fuerte incremento tanto de las hectáreas afectadas como del número de incendios.

Con estos datos, 2026 queda todavía lejos del año pasado, cuando ardieron alrededor entre 354.000 y 391.000 hectáreas pero ya está cerca de 2022, cuando ardieron cerca de 307.000. Así, se sitúa entre los tres peores años recientes.

Emisiones acumuladas de CO2

El citado portal, que emplea una metodología basada en estimaciones a partir de imágenes tomadas por satélite, muestra, además, que las emisiones acumuladas de dióxido de carbono (CO2) asociadas a los incendios superan ampliamente la media histórica del periodo 2003-2025.

Sin embargo, el episodio de incendios ha perdido intensidad durante este septiembre. Así, en la última semana contabilizada se han quemado 472 hectáreas y se han registrado dos incendios, cifras inferiores a las de la semana precedente.

Los datos difundidos por EFFIS se apoyan en imágenes tomadas vía satélite que deben ser confirmadas sobre el terreno y no siempre coinciden exactamente con las cifras que divulga el Ministerio para la Transición Ecológica (Miteco), que con datos hasta el 13 de septiembre cifra en 273.420, las hectáreas quemadas.

Ya a finales de julio se sabía que «va a ser un año malo», como lamentaba en declaraciones a Alfa y Omega Marta Jerez, jefa del Servicio de Incendios Forestales de la Comunidad de Madrid. «Se han registrado muchos más incendios que en años anteriores», explicaba en particular en relación con los incendios de Burgohondo (Ávila) y la sierra oeste de Madrid.

¿Por qué aumentan así los fuegos?

En un artículo científico publicado en julio Eduardo Agosta, director del Departamento de Ecología Integral de la CEE, explicaba que en buena parte de España «el verano típico de los últimos cinco años», de 2021 a 2025, es hasta 4 ºC más caluroso que el promedio histórico desde 1951. Y el conocido como «verano térmico» ha adelantado su inicio de finales de junio o principios de julio a inicios de junio.

A este aumento sin precedentes de las temperaturas se suma un segundo factor crítico: la pérdida de la «precipitación útil» que realmente logra empapar la tierra y recargar nuestros embalses», explica Agosta. «Si a un bosque que recibe menos agua le sumamos un verano que dura un mes más», la naturaleza «se seca de forma prematura, ampliando peligrosamente la ventana de tiempo en la que cualquier pequeña chispa puede transformarse en un incendio devastador».

La solución: bosques más resistentes

Frente a este fenómeno, desde la doctrina social de la Iglesia Agosta pedía al final del verano acabar con «el abandono del mundo rural», además de reforestar «con sabiduría». No se trata de «llenar las montañas de nuevo con pinos o eucaliptos en fila, sino que hay que recuperar el paisaje natural en mosaico, diversificar con especies autóctonas», además de con terrenos de agricultura y ganadería.

Además, se debe «proteger la humedad del suelo seleccionando las especies que mejor se puedan adaptar a la sequía» y «ayudar al bosque a renacer en un mundo más cálido» y en el que, cuando llueve, lo hace «más violentamente y el suelo apenas puede absorber esa agua».

El clamor de los pobres y el de la Tierra nos exigen más: ¿Qué significa el nuevo informe de Exxon para nuestra Casa común?

 Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.

Director del Departamento de Ecología Integral conferencia Espicopal Española

En los últimos días, el mundo económico y científico ha puesto su mirada sobre las nuevas previsiones de la empresa energética ExxonMobil para el año 2050. Aunque pueda parecer un tema reservado para expertos o mercados financieros, las conclusiones de este documento nos tocan directamente al corazón de nuestra fe: el cuidado de la Casa Común que Dios nos ha confiado.

Como nos recuerdó constantemente el papa Francisco en su encíclicas Laudato Si’ y más recientemente en la exhortación apostólica Laudate Deum, todo está conectado. Lo que ocurre con la naturaleza tiene un impacto directo en la vida de las personas, especialmente en las más vulnerables.Veamos qué nos dice este nuevo panorama y cómo estamos llamados a responder como católicos.

Una señal de alarma para el clima global

Los datos que arroja el pronóstico para 2050 son, siendo realistas, una llamada de atención urgente. Se alejan preocupantemente de las metas que la comunidad internacional se fijó en el Acuerdo de París (2015) para proteger nuestro planeta:

Se esperaba que para 2050 el mundo redujera drásticamente sus emisiones de dióxido de carbono (CO2). Sin embargo, el informe estima que solo caerán un 20%. Esto significa que seguiremos lanzando unas 30.000 millones de toneladas de gases contaminantes al año, casi el triple de lo que los científicos consideran “seguro”.

Asimismo, el carbón y el petróleo seguirán muy presentes. Lejos de abandonar el crudo, se calcula que consumiremos 105 millones de barriles diarios para mitad de siglo, por encima de los actuales 100 millones de barriles.

El uso de internet, la inteligencia artificial, el crecimiento industrial y los coches eléctricos harán que necesitemos un 65% más de electricidad global que en el presente. Si esta energía no proviene de fuentes limpias (como el sol o el viento), el problema no hará más que empeorar.

¿Y cuál es el resultado de todo esto? Si seguimos este camino guiado puramente por las dinámicas del mercado, la temperatura global podría aumentar entre 2,5 y 3 grados centígrados con respecto al período preinsutrial. Esto destruye por completo el sueño del Acuerdo de París de limitar el calentamiento a 1,5 grados, valor que en el clima actual ya estamos experimentando progresivamente.

¿Por qué esto es un problema de fe y moral?

Desde la Ecología Integral, sabemos que un aumento de casi 3 grados en la temperatura de la Tierra no es solo un dato meteorológico, es una crisis profundamente humana:

Quienes menos han contaminado serán quienes más sufran, los pobres. Hablamos de sequías que arruinarán las cosechas de familias campesinas, inundaciones que destruirán hogares y millones de personas forzadas a migrar (refugiados climáticos) por falta de agua o alimentos.

El cambio climático extremo conlleva la extinción de miles de especies y la destrucción de ecosistemas maravillosos que son un reflejo de la belleza y el amor del Creador, provocando una herida en la creación de Dios.

Como nos cuestiona Laudato Si’: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?”. No podemos heredarles un planeta inhabitable y peligroso.

Del lamento a la esperanza: Nuestro llamado a la acción

La fe cristiana es, ante todo, un motor de esperanza y transformación. El hecho de que el mercado apunte hacia este futuro no significa que sea nuestro destino inevitable. Aún estamos a tiempo de cambiar el rumbo, pero requiere una verdadera conversión ecológica en todos los niveles:

En nuestros hogares y parroquias debemos ahondar en una seria reflexión  sobre nuestro consumo. Evitemos el derroche de energía, reduzcamos el uso de plásticos, reciclemos y optemos por estilos de vida más sencillos y agradecidos. Cada pequeño gesto es un acto de amor hacia la Creación.

Ante los que nos gobiernan, como ciudadanos y creyentes, debemos exigir a nuestros líderes políticos y económicos que pongan la vida y el bien común por encima del beneficio a corto plazo, acelerando la transición hacia energías limpias de manera justa.

Y no cejemos en la oración, pidamos al Espíritu Santo que ilumine a los tomadores de decisiones mundiales, especialmente en la próxima Cumbre Climática (COP 31) en Antalya, Turquía, y que nos dé la fuerza a nosotros para ser verdaderos custodios de la Casa común.

El desafío es inmenso, pero como familia humana, guiados por la luz del Evangelio, tenemos la capacidad de rectificar el camino. No dejemos que el pronóstico de mañana apague nuestra acción de hoy.

¿Y después del fuego qué? Así se consiguen paisajes más resistentes

 Roberto Calvo Iruega recorre con asiduidad el monte de Burgohondo (Ávila). El mismo donde el 22 de julio se originó un incendio que hasta mediados de agosto quemó 37.800 hectáreas y se convirtió en uno de los más graves de la historia de España. Ahora, le preocupa —a él y a todo el pueblo— que «la lluvia arrastre las cenizas al río» y afecte al suministro a la localidad y que, además, se pueda llevar «prácticamente toda la tierra» en las zonas donde también se han quemado las raíces. Por eso, a nivel particular «se están cortando algunos árboles y colocándolos» para actuar de freno, explica este miembro del Movimiento Rural Cristianoque hasta su jubilación trabajó en el Ayuntamiento.

Calvo espera que en primavera salga con fuerza hierba en la sierra para el ganado. Hablando de vacas, cabras y ovejas, considera que poner todas las esperanzas de la lucha contra el fuego en que estos herbívoros limpien el monte es simplificar «un problema muy difícil» ante la amenaza de los incendios de sexta generación. «Eso solo no funciona». Sobre otra de las ideas más repetidas en tertulias y redes sociales, responde que «no es verdad que no te dejen limpiar el campo e ir a coger leña seca. De hecho, la ley dice que los particulares que tienen fincas tienen que limpiarlas. Pero luego nadie obliga: la gente no puede y un Ayuntamiento no tiene medios» para aplicarlo. Por eso, reclama al menos «más mano dura» alrededor de las zonas habitadas.

En sus paseos, este burgondeño ha sido testigo de cómo «donde había fresnos, encinas y robles ya están saliendo brotes» porque «son más resistentes al fuego» y confía que en cinco o seis años ya estén altos. Cuando aprovechando este mensaje de esperanza le preguntamos cómo le gustaría ver renacer el paisaje tras la desolación de este verano, reivindica que «lo importante para que el campo esté protegido es que los pueblos sean pueblos con vida: que haya gente y tengan servicios. Y si se repuebla, yo no pondría pinos». Se apoya en lo ocurrido al sur, pasada la sierra, hacia Piedralaves: «Se han quemado todos los pinares», que arden más. «Tendrían que ser árboles autóctonos», como robles, fresnos, castaños o nogales, que brotan con facilidad y «con que los cuidemos es suficiente».

Roberto Calvo en una de las zonas quemadas de los alrededores de Burgohondo.

Roberto Calvo en una de las zonas quemadas de los alrededores de Burgohondo. Foto cedida por Roberto Calvo.

Aplicando este «después qué» a los incendios en todo el país, el director del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española, Eduardo Agosta, se hace eco de estas mismas dos ideas. «El mejor combustible que alimenta el fuego es en gran parte el abandono del mundo rural». Este carmelita, que en verano tuvo que ser él mismo desalojado junto con su comunidad por el incendio en Onda (Castellón), insiste asimismo en «plantar con sabiduría», sin prisas.

Reforestar «no es llenar las montañas de nuevo con pinos o eucaliptos en fila, sino que hay que recuperar el paisaje natural en mosaico, diversificar con especies autóctonas», señala. Calvo enumera también campos de cultivo y terrenos para ganadería. «Aquí unas viñas quedaron intactas aunque se quemó todo alrededor porque estaban atendidas y las cepas verdes no arden fácilmente», cita como ejemplo con sabiduría de campo.

La propuesta de Calvo y Agosta ya es realidad en la sierra de Gata, Las Hurdes y —desde el año pasado— la comarca de La Vera gracias a Proyecto Mosaico. Su coordinador, Fernando Pulido, explica que surgió en 2015, precisamente por la demanda social de medidas tras un incendio en Gata. «La Universidad de Extremadura propuso a la Junta una iniciativa que ayudara a la prevención incorporando a los actores sociales de los territorios; sobre todo a los agricultores, ganaderos y empresas forestales», que «con su actividad tienen la capacidad de disminuir el riesgo de incendio porque reducen la cantidad de vegetación».

A partir de un diagnóstico inicial, los responsables orientan a esas personas (como un propietario de cabras) y empresas a las zonas «con más riesgo y donde es prioritario actuar». Se trata de intervenciones «quirúrgicas, planificadas por profesionales y con permisos legales», describe Pulido. Si no les resulta rentable trasladar su actividad, buscan «formas de compensarles, con alguna fuente extra de ingresos o medidas para reducir sus gastos». En las zonas del proyecto, la mayoría de terrenos son públicos y esto facilita la planificación, ya que «solo tenemos que entendernos con la Administración», que además «construye refugios y abrevaderos». El proyecto incluye la sustitución «a gran escala» de pinares por bosques autóctonos y más resistentes, prosigue su coordinador. En una década, «el paisaje ha ido cambiando y pasando de masas forestales muy continuas a uno con zonas de bosque separadas por otras de agricultura y ganadería».

Claves
  • El plan de repoblación forestal de 1939 llenó España de pinares para sujetar la tierra. La segunda etapa, de diversificación con otras especies, no llegó.
  • 266 mil hectáreas han ardido en España en lo que va de año. Son 70.000 menos que el año pasado.
  • El equipo de Proyecto Mosaico ha viajado a Países Bajos para iniciar un plan similar. En Italia hay interés y la política reciente de la UE va en la misma línea.
  • 72 % del monte en España es privado. Del público, el 80,7 % es de titularidad municipal.

Como resultado, «hemos calculado una disminución del 15 % del riesgo de incendio» con un grado de implantación del proyecto de un tercio de su potencial. Más allá de la prevención, hay «cantidad de beneficios colaterales»: se fija y atrae población, al reducir los incendios se reducen las emisiones de carbono y se generan paisajes con más diversidad biológica. Y «el bosque, cuanto más biodiverso, es más resistente», apostilla Agosta. La idea despertó interés y se empezó a replicar en otras regiones. El año pasado se creó la Red de Territorios Mosaico, que incluye 13 comarcas españolas e incluso algunas portuguesas.

Si se hubiera desarrollado plenamente, la reducción de la amenaza del fuego podría haber llegado a la mitad, estima Pulido. Pero asegura que para ello habría que cambiar la Ley de Montes, «que dice que después de un incendio hay que dejar que el terreno se recupere sin ninguna intervención». Defiende que intervenir es precisamente lo que habría que hacer «si una zona se quema muchas veces», para «reconstruir un paisaje que no vuelva a hacerlo». Y reitera: «Lo más conservacionista» no es «no tocar nada» sino «una intervención moderada».

Otro obstáculo para que el paisaje en mosaico avance más por la geografía ibérica es que no siempre es fácil encontrar quien desarrolle una labor concreta dentro del proyecto. Esto lleva al coordinador del proyecto extremeño a afirmar que «si hay dificultades para que haya actividad en el campo» que lo limpie de vegetación y reduzca el riesgo, «no es tanto por las prohibiciones, sino porque en general es poco rentable y muy sacrificada».

Como últimas recomendaciones, Agosta subraya que «el suelo quemado nunca debe convertirse en espacio para la especulación». Y que —«para mí», como climatólogo, «lo más importante»— estas iniciativas deben «proteger la humedad del suelo seleccionando las especies que mejor se puedan adaptar a la sequía» y «ayudar al bosque a renacer en un mundo más cálido» y en el que, cuando llueve, lo hace «más violentamente y el suelo apenas puede absorber esa agua». Este estrés climático «va a hacer, o está haciendo, que la tierra quemada sufra el doble».

El pueblo como primera línea de defensa

La prevención de los incendios comienza con comunidades que conocen y custodian su territorio

¿Puede una sociedad proteger eficazmente su territorio si quienes viven en él son únicamente espectadores? El principio de subsidiariedad ofrece una respuesta: aquello que puede hacerse responsablemente desde los niveles más próximos al ciudadano no debería ser innecesariamente sustituido por instancias superiores. La Administración debe garantizar medios, conocimiento y coordinación, pero también debe ayudar a que las comunidades locales puedan asumir responsabilidades.

Aquí cobra sentido la custodia del territorio: una forma de implicar a propietarios y usuarios en la conservación y el uso responsable de los valores naturales, culturales y paisajísticos de un territorio. Su lógica podría extenderse a la prevención de incendios. ¿Por qué no contar en cada pueblo con un pequeño grupo de voluntarios de Protección Civil, específicamente formado para conocer y custodiar su territorio y coordinado con los bomberos forestales? Su trabajo comenzaría mucho antes del verano: identificar riesgos, colaborar, en el mantenimiento de espacios, revisar recursos y ayudar a los vecinos a prepararse.

Pero la custodia no debería terminar cuando se apaga la última llama. Después del incendio comienza otra emergencia, más lenta y silenciosa: erosión del suelo, pérdida de biodiversidad, degradación de cauces y alteración del paisaje. Los mismos grupos podrían colaborar, bajo dirección técnica, en el seguimiento de la regeneración natural, la prevención de procesos erosivos, el control de especies invasoras y otras actuaciones de restauración ecológica.

La propuesta supone cambiar nuestra relación con el territorio. No necesitamos menos Administración, sino una Administración capaz de formar y coordinar a una sociedad que también sabe cuidar. El ciudadano no sustituye al profesional: lo complementa. El municipio no sustituye a la comunidad autónoma: aporta proximidad. Y la ciencia debe orientar las actuaciones.

Existe además una dimensión más profunda. Desde una perspectiva cristiana, la creación no es simplemente un conjunto de recursos a nuestra disposición. Es una realidad recibida que reclama responsabilidad y cuidado. El territorio donde vivimos puede ser entendido como una auténtica casa común.

Quizá la respuesta a los grandes incendios del futuro no consista únicamente en disponer de más medios cuando las llamas han comenzado. También en reconstruir una cultura de custodia. La primera defensa de un pueblo frente al fuego no es solamente un helicóptero, un camión o un retén, es una comunidad que conoce, ama y sabe cuidar el lugar que habita.

Pablo Martínez de Anguita
Universidad Rey Juan Carlos

27 de septiembre de 2026

Buscando Nidos

 

Soy Paco, voluntario de SEO/BirdLife, y llevo más de 15 años buscando nidos. Ahora que los aguiluchos nos han abandonado rumbo a sus cuarteles de invernada, he sacado tiempo para escribirte estas líneas. Estoy preocupado por su supervivencia.
Mi profesión es muy distinta, me gano la vida como administrativo en una gestoría, pero entre la primavera y el verano lo compagino con el voluntariado en las campañas de salvamento del aguilucho cenizo.
Para explicarte en qué consisten, te puedo describir un día tipo.
Salgo de casa muy muy temprano hacia los campos de cereal de mi zona con todo el equipo, entre los que por supuesto van los prismáticos pero, también…¡el telescopio! El objetivo es localizar el mayor número de parejas posibles que nos ayuden a averiguar el lugar exacto donde tienen el nido.
Cualquier pista puede ser buena, como por ejemplo, localizar a la hembra cogiendo pajitas que sabes que va a llevarse para mejorar su nido. A veces pasan dos horas o a veces echas la mañana entera, pero cuando por fin los encuentro, anoto las coordenadas en mi cuaderno.
De ahí ya empieza el trabajo de negociación. Voy a la finca para hablar con el agricultor. Para nosotros es importante que sepan que la presencia del aguilucho es siempre buena para sus tierras, son especies que se alimentan de roedores, de topillos, de insectos que, a veces, llegan a ser plagas, y que afectan a sus cosechas.
Muchos ya lo saben y en seguida se prestan a ayudar. Con otros lleva más tiempo.
Para proteger a los pollos intervenimos de muchas formas. A veces el agricultor te llama justo cuando va a cosechar y tienes que dejar todo lo que estás haciendo para ir allí. Podemos pactar un retraso de cosecha o bien dejar una pequeña área alrededor del nido sin cosechar. En muchas ocasiones tenemos que vallar el nido para evitar que los depredadores hagan de las suyas...
No es fácil encontrar tiempo para las campañas. Pero te aseguro que para cualquier persona que se dedica a hacer esto no hay nada más reconfortante que ver que un nido sigue adelante y los polluelos llegan a volar.
Podría parecer una anécdota o incluso una batallita que te cuento, pero de acciones como esta depende ahora mismo la supervivencia del aguilucho cenizo porque la clave está en que los nidos salgan adelante.

22 de septiembre de 2026

Compromiso con la Casa Común y la Justicia. De la escucha a la acción junto al papa León XIV.

Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.
Director del Departamento de Ecología Integral conferencia Espicopal Española

Del 9 al 12 de septiembre de 2026, la Santa Sede fue escenario de un encuentro histórico que marcó un hito en el camino de la ecología integral y el diálogo socioambiental. Bajo el impulso del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), la Conferencia Eclesial Amazónica (CEAMA), la Pontificia Comisión para América Latina (PCAL) y la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB), nos reunimos en Roma junto a líderes sindicales, académicos, organizaciones eclesiales, empresarios, bancos de desarrollo y organismos internacionales para consolidar una «Agenda de responsabilidad compartida Norte-Sur».

En este marco, tuvimos el profundo honor de ser recibidos en audiencia por el papa León XIV, quien no solo respaldó este esfuerzo multisectorial, sino que también bendijo y dio luz verde a una agenda de seis proyectos estratégicos de solución diseñados para afrontar las grandes transformaciones de nuestro tiempo. Entre ellos, la iniciativa sobre «evaluación e integridad socioambiental de la actividad minera (minería justa)» ha sido aprobada como uno de los seis proyectos de alcance global, en calidad de proyecto piloto. En ella, el carmelita fray Eduardo Agosta, nuestro director, ha puesto gran esfuerzo de colaboración, con la esperanza y responsabilidad de operativizar los principios éticos de una transición energética justa.

Construir sobre roca: La mirada del papa León XIV

En sus palabras a la delegación, el Santo Padre nos recordó que la Doctrina Social de la Iglesia no es un mero manual abstracto de normas, sino «un proceso de discernimiento compartido» orientado a proteger a los más vulnerables y garantizar el bien común.

Inspirándose en la figura bíblica del profeta Nehemías, quien, ante una Jerusalén en ruinas, organizó a su pueblo para reconstruir la ciudad, León XIV nos convocó a entrar sin miedo en las «obras de la historia»: los laboratorios de investigación, las universidades, los sindicatos y las comunidades locales. Con su llamado a asumir la «lógica de la subsidiariedad», cerró su mensaje con palabras que resumen la esencia de nuestro compromiso:

«A cada persona le corresponde el tramo de muralla que le toca edificar […] Que el progreso de nuestro tiempo no deje nuevas ruinas a su paso, y que todo lo que construyamos sea verdaderamente una casa y un refugio para todos, empezando por los más necesitados».

Nuestro compromiso: ciencia, transparencia y dignidad en el territorio

Nuestro proyecto de evaluación de la integridad socioambiental en sitios mineros nace con una intención clara y transparente: poner la ciencia universitaria independiente al servicio de las comunidades, de la justicia social y de la protección de la Casa Común.

Lejos de cualquier intento de encubrimiento o de negociación táctica, la iniciativa se fundamenta en la rigurosidad y la veracidad fáctica. A través de la red de universidades católicas (ODUCAL), con el liderazgo de la PUC-Rio, laboratorios acreditados bajo estrictos estándares (norma ISO/IEC 17025), herramientas de monitoreo participativo comunitario (Mecanismo de Alerta Comunitaria – MAC) y registros digitales inalterables, queremos demostrar que es posible auditar de manera independiente y con justicia la actividad extractiva, midiendo parámetros ambientales, laborales (alineados con la OIT), sociales y de seguridad territorial, en consonancia con los principios éticos de la justicia integral.

Buscamos demostrar que la transición energética justa no puede realizarse a costa del sacrificio socioambiental del Sur global ni de la precarización del trabajo. La verdad de los datos es la única base sólida para construir confianza, prevenir conflictos y promover la paz social.

La cultura del encuentro como método

Este proyecto piloto y la agenda respaldada por el papa León XIV son el testimonio vivo de la «cultura del encuentro». Frente a un mundo marcado por la polarización y las narrativas contrapuestas, sentar a la misma mesa a la Iglesia, la academia, las centrales sindicales, las organizaciones eclesiales, la gobernanza climática (UNFCCC) y el sector productivo demuestra que las diferencias no son un obstáculo, sino una fuente de energía creativa cuando están guiadas por la corresponsabilidad.

Como miembros de la comunidad de fe, asumimos con humildad y determinación este «tramo de muralla» que se nos ha encomendado. Seguimos caminando juntos, convencidos de que la fe, el rigor científico y el diálogo sincero son los puentes indispensables para cuidar nuestra Casa Común y garantizar una vida digna para todos.