El pasado 7 febrero, el mundo volvió a abrir los ojos ante las declaraciones del presidente Donald Trump contra la lucha por la eliminación de los plásticos de un solo uso. Escribió en su red social Truth Social: “Los popotes de papel no funcionan. ¡Volvamos al plástico!”, para luego anunciar que firmará una orden ejecutiva que pondrá fin a la política ambiental de su antecesor, Joe Biden, una política que buscaba eliminar gradualmente el plástico de un solo uso en todo el gobierno federal, incluidos los popotes.
La decisión de Trump se suma a las decepciones del año pasado respecto a la lucha por reducir la contaminación plástica, en particular, la contaminación de los plásticos de un solo uso, la cual, según las Naciones Unidas, ya es considerada una crisis mundial.
En diciembre culminaron las negociaciones para elaborar el Tratado Mundial sobre los Plásticos. Luego de días de intenso debate en Busan, Corea del Sur, los países no lograron llegar a ningún acuerdo para frenar la contaminación por plásticos.
“Hay un interés muy fuerte de algunos países en que solamente sea un tratado que gestione los residuos plásticos con falsas soluciones, como el reciclaje o la economía circular”, mencionó en entrevista Larisa de Orbe, representante de la Colectiva Malditos Plásticos, y de la sociedad civil en Busan.
Para la abogada y activista ambiental con décadas de trabajo sobre contaminación química y plástica, el punto crucial en las negociaciones fue que se trata a los plásticos como residuos y no se está viendo el problema general de todo el ciclo de vida, que va desde la extracción de los combustibles fósiles, hasta la fabricación de todas las sustancias químicas que sirven de precursores, como el etileno y el propileno, y toda la la cadena de exposición que hay sobre los plásticos.
“El principal obstáculo que se tuvo en Busan fue llegar a acuerdos en cuanto al objetivo. ¡Imagínate, discutiendo el objetivo del instrumento en la última reunión! Había países que de plano estaban solicitando que se eliminara el tema de la protección a la salud”, compartió con WIRED en Español.
Así como ha sucedido en las cumbres climáticas (COPs), donde las palabras juegan un papel esencial en los textos finales (por ejemplo, en la pasada COP29, en Bakú, Azerbaiyán, se eliminó el término ‘combustibles fósiles’), aquí el debilitamiento del lenguaje también hizo su aparición.
“El tema con los non-papers [los borradores], fue que tenían muchas ‘medidas voluntarias’, cuando el mandato habla de un documento jurídicamente vinculante; esto impidió que, tanto países como organizaciones, aprobaran el documento final y, después de todo, fue mejor, porque el texto era muy débil y señalaba a los plásticos como productos finales y no como un conjunto de sustancias químicas que se convierten en materiales tóxicos”, dijo Larisa de Orbe.
Cualquiera pensaría que, con tantas cumbres mundiales, los procesos de negociación más básicos ya estarían superados. Nada más alejado de la realidad. Dicen que “el diablo está en los detalles” y para muestra, un botón.
“No hay un acuerdo sobre el reglamento, sobre cómo se van a tomar las decisiones, ¿por consenso, donde todos los países estén de acuerdo?, ¿qué pasa cuando no se alcance el consenso, sería por votación? La opción de la votación —que facilitaría acuerdos—, se ha bloqueado muchísimo. Este tema, que es vital, se está dejando al final. Incluso México no ha sido claro en cuanto a qué apoya, si el consenso o la votación”, señaló la también presidenta de la Academia Mexicana de Derecho Ambiental y fundadora de la organización Acción Ecológica.
Otro detalle es el tipo de acuerdo. Para nuestra entrevistada, los acuerdos internacionales sobre cambio climático no se han podido lograr porque son convenios marco, “una arquitectura internacional donde es mucho más difícil hacer modificaciones, es un proceso más largo”. En el caso del tratado de plástico, lo que buscan es que sea un convenio específico, en el cual es más fácil proponer enmiendas, anexos, entre otros instrumentos.
El colonialismo de la basura
Pese a estas trabas y que países petroleros como Arabia Saudita, Irán, Rusia, entre otros, dilataron el proceso para llegar a acuerdos, hubo otros tantos, poco más de 100, que sí lograron consensuar en la necesidad de reducir la producción de plásticos y a favor de prohibir las más de 16 mil sustancias químicas tóxicas que están involucradas en su producción.
Autodenominados como ‘Coalición Ambiciosa para Terminar con la Contaminación Plástica’ (HAC, por sus siglas en inglés), el grupo está integrado por Estados miembros de la Unión Europea, Reino Unido, México, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Uruguay, Nigeria, Gabón, Japón, Corea del Sur y Australia, entre otros.
“Ha habido una división muy marcada, países del sur global, que son los que reciben los residuos de los países desarrollados, son los que apoyan estas iniciativas", apuntó De Orbe. "América Latina jugó un papel muy importante en esta cumbre, Panamá tuvo un papel protagónico al mencionar que los plásticos ‘son un arma letal, un arma de destrucción masiva’, mientras que México leyó un posicionamiento apoyado por más de 80 países en el cual se pronunciaban por la prohibición de las sustancias químicas tóxicas”.
Tan solo en 2021, Estados Unidos envió a América Latina alrededor de 200 mil toneladas de residuos plásticos, siendo México el principal receptor; por su parte, los países europeos envían su basura plástica a los países del sudeste asiático.
En el documento El colonialismo de la basura no se detiene en América Latina, elaborado por las organizaciones que conforman el movimiento GAIA —entre estas, las que cuentan con la participación de Larisa de Orbe—, se indica que, durante décadas, China fue el principal destino de la mayoría de los residuos plásticos del mundo, pero cerró sus fronteras en 2018, prohibiendo el ingreso de al menos 24 tipos de residuos plásticos (Tailandia acaba de hacer lo mismo). Desde entonces, América Latina, África y el sur de Asia han sido los receptores de estos contaminantes.
Aunque existe la Enmienda de plásticos del Convenio de Basilea,instrumento que obliga a los países que deseen exportar sus plásticos contaminados a solicitar el consentimiento del país receptor, el tráfico de residuos a estas regiones crece constantemente; de ahí que lo denominen el ‘colonialismo de la basura’.
“El colonialismo es una forma de dominación y explotación que hoy vemos en su versión más actualizada cuando hablamos del comercio transfronterizo de residuos plásticos desde países ricos hacia aquellos del Sur global. Mientras grandes potencias mundiales se jactan de sus cifras de reciclaje y pregonan sus prácticas como algo que se debería imitar en países menos desarrollados, gran parte de ese paraíso sustentable se alimenta gracias al envío a otros países de cientos de contenedores repletos de residuos plásticos que, en el mejor de los casos, se reciclan, pero que en muchos otros terminan en destinos imposibles de rastrear, incinerados, enterrados o reciclados en condiciones que nunca se aprobarían en los países exportadores”, destaca el documento.
“Estamos en un proceso de alienación desde hace aproximadamente 60 años, cuando se introdujeron los plásticos como algo moderno que iban a facilitar nuestras vidas, pero como vemos, se han convertido en un problema global que tenemos que tratar de arreglar. Se trata de una ‘violencia lenta’, que es cómo la contaminación química va matando los cuerpos poco a poco”, señaló De Orbe, quien se autodefine como ‘salubrista ambiental’.
Entre falsas soluciones y propuestas disruptivas
Las organizaciones de América Latina y el Caribe, aquellas que están participando como observadoras en el Tratado, formaron una red latinoamericana por la reducción de la producción de plásticos y han insistido en el tema de las falsas soluciones.
“Parecería que países de Europa están tomando acción para reducir los plásticos, pero en realidad incineran los residuos o los exportan a otros países como ‘reciclaje’ y todo esto bajo la sombrilla de la economía circular. Entonces, desde la red nos hemos manifestado totalmente en contra de una narrativa que hable de la economía circular, sobre todo por las afectaciones que tiene para nuestra región”, indicó De Orbe.
Para la experta, reciclar y separar los residuos no funciona y, como prueba, menciona los propios datos de la ONU, que indican que apenas el 9% del plástico que se ha producido históricamente se recicla. “Las campañas de reciclaje, muy fuertes por parte de la industria plástica, llevan años realizándose; se intensificaron en los años ochenta, luego diseñaron el logo del reciclaje, metieron en las legislaciones su sistema de números de plástico; al final, de nada ha servido. Esos desechos nunca se van a reciclar porque no son reciclables, al menos no los plásticos de un solo uso, que son los que más abundan en el planeta, eso sería carísimo, les sale más barato utilizar plástico virgen”, señaló la activista.
De Orbe nos quita la máscara del reciclaje, al explicarnos lo que en verdad sucede. “La gente que se quiere sentir responsable y liberarse del cargo de comprar una botella de plástico, ve el numerito, lo separa y lo lleva al centro de reciclaje, pero esto es una trampa, porque en realidad, lo que se hace es exportar estos residuos a otros países. Por eso decimos que el reciclaje es una falsa solución”.
Entonces, la pregunta del millón: ¿cuál sería la propuesta de las organizaciones contra los plásticos? Larisa de Orbe responde con tres.
"Primero queremos lograr un tratado internacional donde los países se pongan de acuerdo en reducir la producción de plásticos no esenciales, es decir, los de un solo uso, eso es lo primero. Si no se logra bajo el paraguas de la ONU, esos 100 países que están de acuerdo se pueden organizar en otro esquema, la Convención de Viena da esa facilidad, otro sería la Convención Ramsar sobre los humedales. Hay caminos alternativos para que los países que realmente quieren hacer algo contra los plásticos, hagan un acuerdo entre ellos. Eso implicaría barreras comerciales con los países que no forman parte, igual que el Convenio de Basilea, donde los países que no forman parte no pueden exportar sus residuos.
"En segundo lugar, está la reducción de la producción de plásticos. Organizaciones que colaboran con GAIA han publicado informes al respecto. El Centro Internacional de Derecho Ambiental señala que la producción de plásticos se duplicó entre 2000 y 2019, alcanzando los 460 millones de toneladas (Mt) por año, y se prevé que casi se triplique, con respecto a los niveles de 2019, para 2050. Por su parte, Greenpeace Internacional ha señalado que la reducción debería ser de, al menos, un 75 % hacia el 2040, a fin de garantizar que las temperaturas globales no sigan subiendo. Estados Unidos, India, China y los países petroleros se oponen a esta medida.
“En tercer lugar está el tema de los aditivos y sustancias químicas. Proponemos que se especifique la prohibición de un listado de sustancias químicas por grupos. Es muy importante que sea por grupos y no por sustancia química, porque lo que hace la industria es sustituir una molécula y listo. Por ejemplo, si se prohíbe el bisfenol A, inmediatamente sacan una sustancia similar, le cambian el nombre, pero el efecto sigue siendo el mismo. Por eso proponemos que la prohibición sea por grupos de efectos a la salud; entonces, prohibidos los disruptores endocrinos o los cancerígenos”.
En el caso de México, la activista señala que la Ley General para la Prevención y Gestión Integral de los Residuos, con poco más de 20 años de vida, debe modificarse. “Su contenido fue elaborado para favorecer a la industria contaminante, no es una ley ambiental ni que proteja la salud, es una ley económica; necesita una cirugía profunda, necesitamos meterle el tema de la salud y bajarle al tema de la valorización, priorizar el tema de la prevención y prohibir los plásticos de un solo uso a nivel federal”.
Para finalizar la entrevista, la abogada ambiental enfatiza su postura al señalar que “la industria del plástico se ha metido por todos lados, en la publicidad, en los gobiernos, en organizaciones de la sociedad civil, en algunos informes científicos, hasta en la narrativa; tal es el caso del concepto de ‘economía circular’, por eso nosotras optamos por un lenguaje disruptivo que no puedan cooptar como ‘malditos plásticos’".
“Tenemos que ir dejando camino andado para las primeras generaciones que van a estar saturadas de plástico en su organismo, así cómo hicieron las feministas con todo el camino que han construido", puntualizó