3 de febrero de 2026

2025: tercer año más cálido del registro y signo epocal para la teología de la creación

 Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.

Director del Departamento de Ecología Integral, CEE
Científico del clima, Grupo CLIMAMET, Universidad de Valencia

La anomalía térmica global registrada en 2025, de aproximadamente +1,45 °C respecto al periodo preindustrial (1850-1900), constituye un indicador robusto de la intensificación del forzamiento antropogénico sobre el sistema climático (ver Figura). El ligero descenso relativo al 2024, el pico del registro, se debe a que el 2025 estuvo dominado por el fenómeno atmosférico-oceánico global La Niña, que enfría el aire de la atmósfera. Con toda probabilidad, en el próximo evento global de El Niño, bateremos otro récord térmico.

Por esta razón, el valor térmico del 2025 se inscribe en una tendencia de calentamiento sostenido que, según los principales centros de análisis, refleja la transición hacia un nuevo estado energético del sistema Tierra, caracterizado por desequilibrios radiativos persistentes, retroalimentaciones positivas y una creciente frecuencia de los extremos climáticos, tanto en intensidad como en ocurrencia. Desde una perspectiva científica, estos datos confirman que el planeta se aproxima a umbrales críticos que comprometen la estabilidad de los ecosistemas, los sistemas socioeconómicos y las estructuras de gobernanza.

En el ámbito teológico, este diagnóstico adquiere una relevancia singular. La tradición cristiana entiende la creación como un orden relacional y una armonía fundamentales, sostenidos por la justicia divina, en la que la humanidad participa como agente responsable dentro de una red de interdependencias. La alteración profunda de los equilibrios climáticos puede interpretarse como una manifestación contemporánea de rupturas estructurales de la justicia, en las que la acción humana desborda los límites que permiten la continuidad de la vida en condiciones dignas. La teología moral y la doctrina social de la Iglesia reconocen en estas dinámicas una forma de pecado social, o mejor dicho, socioambiental, que afecta de manera desproporcionada a los pobres, a los pueblos vulnerables y a las generaciones futuras.

La anomalía térmica de 2025 debe ser leída, por tanto, como un signo epocal que exige una hermenéutica crítica. No se trata únicamente de un fenómeno físico, sino de un síntoma de un modelo civilizatorio basado en la extracción intensiva de energía fósil, la mercantilización de los bienes comunes y la externalización sistemática de los daños socioambientales. Desde una perspectiva profética, este escenario demanda una denuncia explícita de las estructuras que generan degradación ecológica y desigualdad social, así como una propuesta transformadora que articule justicia climática, transición energética y protección de la vida: el espacio propio es la acción pastoral orgánica de la Iglesia que cumple su misión evangelizadora. 

Figura: Anomalías de la temperatura global (1850–2025). Este gráfico combina datos de las seis principales fuentes científicas del mundo. Mientras que las barras azules muestran años más fríos que el promedio preindustrial, las barras rojas reflejan el calentamiento provocado por la actividad humana. La línea oscura suaviza la variabilidad natural para mostrar la tendencia real: un ascenso imparable que culmina en el periodo 2023-2025, estableciendo un nuevo régimen de temperaturas extremas. [Elaboración propia].

En el plano académico, la articulación entre las ciencias del clima y la teología requiere un enfoque interdisciplinar que reconozca la crisis climática como un lugar teológico emergente. La teología no puede limitarse a una lectura simbólica de los datos científicos; debe integrar los conocimientos empíricos en su reflexión ética y en su comprensión de la misión eclesial. Esto implica incorporar conceptos como los límites planetarios, la resiliencia socioecológica, la justicia intergeneracional y la vulnerabilidad diferencial en el análisis teológico y en la formulación de criterios normativos.

Desde una perspectiva profética, la Iglesia está llamada a ejercer una autoridad moral pública que confronte las lógicas que sostienen la crisis climática. Esto incluye cuestionar modelos económicos basados en el crecimiento ilimitado, denunciar la captura corporativa de la política climática y promover marcos de transición justa que integren equidad, participación y sostenibilidad. La conversión ecológica, en este contexto, no es un mero cambio de hábitos, sino una reconfiguración estructural de las relaciones entre la humanidad, la economía y la biosfera.

La anomalía térmica de 2025, interpretada a partir de este doble registro científico y teológico, revela que la humanidad se encuentra en un punto de inflexión histórico. La respuesta eclesial no puede ser meramente exhortativa: debe traducirse en acciones institucionales, incidencia pública, formación académica y prácticas comunitarias que encarnen la ecología integral como principio operativo. Solo así la Iglesia podrá ofrecer una palabra intelectualmente rigurosa, espiritualmente significativa y políticamente relevante en un tiempo marcado por la urgencia climática.

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