12 de mayo de 2021

El Amazonas ya no es el pulmón del planeta: lleva una década emitiendo más CO2 del que absorbe

 Los ecosistemas verdes del planeta han sido un aliado crucial mientras el mundo lucha por frenar las emisiones de CO2, que superaron las 40.000 millones de toneladas en 2019. Gracias a los bosques, las plantas y el suelo se  han absorbido constantemente alrededor del 30% de esas emisiones en los últimos 50 años, incluso cuando han aumentado más de un 50% durante ese período. ¿Y quien lideraba esa "salvación" del planeta? El Amazonas.

Esta cifra, sin embargo, no tiene en cuenta la cantidad de dióxido de carbono liberado por la deforestación y los incendios forestales. Después de casi una década de eventos tortuosos para el espacio natural más grande del mundo, la Amazonia ha acabado emitiendo más CO2 que absorbiéndolo.

El estudio. Considerado durante mucho tiempo como un baluarte contra el cambio climático debido a su capacidad para absorber CO2, la historia de este impresionante paisaje está tocando a su fin. Un nuevo estudio sugiere que el aumento de las temperaturas, el aumento de la sequía y la deforestación desenfrenada probablemente han abrumado la capacidad de la Amazonía para absorber más gases de efecto invernadero de los que emite. En total, liberó casi un 20% más de dióxido de carbono a la atmósfera durante la última década de lo que absorbió. Desde 2010 hasta 2019, la cuenca del Amazonas de Brasil emitió 16,6 mil millones de toneladas de CO2.

"Lo esperábamos a medias, pero es la primera vez que tenemos cifras que muestran que la Amazonía brasileña ha cambiado y ahora es un emisor neto”, concluían los investigadores.

¿Por qué? Una de las principales causas es la deforestación. Mientras los árboles crecen, absorben dióxido de carbono de la atmósfera. En cambio, los árboles muertos la liberan de nuevo. Y millones de árboles se han perdido por la tala y los incendios en los últimos años. Aumentaron casi cuatro veces en 2019 en comparación con cualquiera de los dos años anteriores, de aproximadamente un millón de hectáreas a 3,9 millones de hectáreas, un área del tamaño de los Países Bajos. Y si la región se convirtiera en una fuente neta en lugar de un "sumidero" de CO2, abordar la crisis climática sería mucho más difícil.

No sólo es dióxido de carbono. Una distinción clave para apreciar los hallazgos del estudio es que no solo se refieren al dióxido de carbono. Aunque el CO2 a menudo es el principal tema de las discusiones sobre el cambio climático, existen muchos otros gases de efecto invernadero importantes, como el metano, el óxido nitroso, los aerosoles y el carbón negro de hollín. Y la Amazonia está liberando esos gases de efecto invernadero.

Por ejemplo, los humedales secos y los suelos compactados que resultan de la tala extensiva a menudo aumentan las emisiones de óxido nitroso, y los incendios utilizados para despejar la tierra para la ganadería y la agricultura liberan partículas de hollín llamadas carbón negro que absorben la luz solar y causan un calentamiento localizado.

Punto de inflexión, oscuro. Si bien la mayor parte de la selva tropical aún conserva su capacidad para absorber grandes cantidades de CO2, especialmente en los años más húmedos, una parte del bosque que está especialmente deforestada parece haber perdido esa capacidad. La investigación sugiere que esta parte sureste del bosque, alrededor del 20% del área total, ya se ha convertido en una fuente de carbono. "Cada año es peor", dicen los investigadores. Ya no importa si es un año húmedo o un año seco: 2017-18 fue un año húmedo, pero no tuvo ninguna diferencia.

Basta decir que los nuevos hallazgos sugieren que en los próximos 30 años, más de la mitad de la Amazonía podría transformarse de selva tropical en sabana. Otro estudio publicado hace un año en la revista Nature, y basándose en la tendencia que llevamos, concluía que para el 2035 el Amazonas podría dejar de reducir el CO2 del planeta.

Pérdida de bosques en la Amazonía brasileña durante el primer cuatrimestre de 2021 | MAAPPérdida de bosques en la Amazonía brasileña durante el primer cuatrimestre de 2021 | MAAP

Deforestación al alza. En general, el patrón comienza a sonar como un ciclo de retroalimentación: la deforestación aumenta las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que aumenta el calentamiento, y ese calentamiento genera un aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, y así sucesivamente. Entre julio y septiembre del año pasado, la destrucción superó los 1.000 kilómetros cuadrados por mes. Un nuevo análisis de imágenes satelitales de MAAP muestra que alrededor de 1.740 kilómetros cuadrados de la selva amazónica de Brasil han sido arrasados ​​en lo que va de 2021, un área aproximadamente 30 veces el tamaño de Manhattan.

Tal es la preocupación que el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro está negociando un acuerdo con funcionarios estadounidenses para canalizar lo que podrían ser miles de millones de dólares a su administración para eliminar la deforestación ilegal dentro de la década. Sí, salvar la Amazonía es, por ahora, una cuestión de elección política. Pero la ciencia sugiere que es posible que no se ofrezcan opciones por mucho más tiempo.

Cambio climático: ¿Qué futuro nos espera si no hacemos nada?

 La crisis climática ya no es una amenaza inminente: ya estamos viviendo las consecuencias de siglos de emisiones de gases de efecto invernadero. Pero aún hay margen para luchar por todo esto. La forma en que el mundo decida responder en los próximos años tendrá enormes repercusiones para las generaciones que aún no han nacido.

En mi libro Cómo salvar nuestro planeta, imagino dos visiones diferentes del futuro. Una en la que hacemos muy poco para afrontar el cambio climático, y otra en la que hacemos todo lo posible.

Así sugiere la ciencia que podrían ser esas realidades tan diferentes.

Año 2100: el escenario de pesadilla

El siglo XXI llega a su fin sin que se hayan tomado medidas para evitar el cambio climático. Las temperaturas globales han aumentado más de 4°C. En muchos países, las temperaturas estivales se mantienen persistentemente por encima de los 40°C. Las olas de calor con temperaturas de hasta 50°C se han vuelto comunes en los países tropicales. 

¿Le gusta lo que lee? ¿Quiere más?

Cada verano, los incendios forestales hacen estragos en todos los continentes excepto en la Antártida, generando columnas de humo acre que hacen insoportable respirar al aire libre, provocando una crisis sanitaria anual. 

Las temperaturas de los océanos han aumentado drásticamente. Tras repetidos episodios de blanqueamiento, la Gran Barrera de Coral de Australia ha sido oficialmente declarada muerta.

Restos de coral muertos asfixiados por las algas
Los arrecifes de coral tropicales son vulnerables al aumento de las temperaturas oceánicas. Rich Carey / Shutterstock

Las sequías frecuentes y prolongadas asolan vastas regiones de la tierra. Los desiertos del mundo se han expandido, desplazando a muchos millones de personas. Alrededor de 3 500 millonesviven en zonas donde la demanda de agua es superior a la disponible. 

La contaminación del aire tiene una nueva causa importante fuera de las ciudades atestadas de tráfico: el polvo que se levanta de las tierras de cultivo, ahora estériles.

El océano Ártico está libre de hielo cada verano. Como resultado, las temperaturas medias en el extremo norte han aumentado más de 8°C. Las capas de hielo de Groenlandia y de la Antártida Occidental han comenzado a derretirse, liberando una enorme cantidad de agua dulce en los océanos.

La mayoría de los glaciares de montaña se han derretido completamente. El esquí es ahora un deporte de interior que tiene lugar en enormes pistas artificiales. La mayor parte del hielo de la meseta del Himalaya ha desaparecido, lo que ha reducido los caudales de los ríos Indo, Ganges, Brahmaputra y Yamuna, de los que dependen más de 600 millones de personaspara obtener agua.

El océano se ha expandido debido al calor. En combinación con el agua procedente del deshielo, el nivel del mar ha subido más de un metro. Muchas ciudades importantes, como Hong Kong, Río de Janeiro y Miami ya están inundadas y son inhabitables. Las Maldivas, las islas Marshall, Tuvalu y muchas otras pequeñas naciones insulares han sido abandonadas

Muchas zonas costeras y fluviales se inundan regularmente, entre ellas el delta del Nilo, el valle del Rin y Tailandia. Más del 20 % de Bangladesh está permanentemente bajo el agua.

Las tormentas de invierno son más enérgicas y desencadenan más agua, causando cada año daños generalizados por viento e inundaciones. 

Los ciclones tropicales se han vuelto más fuertes y afectan a decenas de millones de personas cada año. Los megaciclones, como el tifón Haiyan de 2013, se han vuelto más comunes, con velocidades de viento sostenidas de más de 200 mph.

Embarcaciones varadas rodeadas de detrucción.
El tifón Haiyan fue uno de los ciclones tropicales más intensos de los que se tiene constancia. Ymphotos / Shutterstock

Los monzones del Sudeste Asiático se han vuelto más intensos e imprevisibles, trayendo demasiada o poca lluvia a cada región, lo que afecta a la vida de más de tres mil millones de personas.

La inseguridad alimentaria y del agua ha aumentado en todo el mundo, amenazando la salud y el bienestar de miles de millones de personas. El calor y la humedad extremos en los trópicos y subtrópicos ha multiplicado por diez el número de días en los que es imposible trabajar al aire libre, reduciendo la productividad agrícola. 

El clima extremo en regiones templadas como Europa ha hecho que la producción de alimentos sea muy impredecible. La mitad de la tierra dedicada a la agricultura en el pasado es ahora inutilizable, y la capacidad del resto para cultivar alimentos difiere mucho de una temporada a otra. El rendimiento de los cultivos está en sus niveles más bajos desde mediados del siglo XX.

Las poblaciones de peces han colapsado. La acidez del océano ha aumentado en un 125 %. La cadena alimentaria del océano ha colapsado en algunas regiones, ya que los pequeños organismos marinos que forman su base luchan por fabricar conchas de carbonato de calcio y así sobrevivir en las aguas más ácidas.

A pesar de los avances de las ciencias médicas, las muertes por tuberculosis, malaria, cólera, diarrea y enfermedades respiratorias se encuentran en los niveles más altos de la historia de la humanidad. Los fenómenos meteorológicos extremos –desde olas de calor y sequías hasta tormentas e inundaciones– están causando grandes pérdidas de vidas y dejando a millones de personas sin hogar. Las epidemias se han sucedido durante todo el siglo, extendiéndose entre poblaciones asediadas por la pobreza y la vulnerabilidad generalizadas.

Año 2100: la humanidad afronta el reto

Este es el aspecto que podría tener nuestro planeta si hacemos todo lo posible por contener el cambio climático.

Las temperaturas globales aumentaron hasta 1,5°C en 2050 y se mantuvieron así durante el resto del siglo. Los combustibles fósiles han sido sustituidos por energías renovables. Se han plantado más de un billón de árboles, que absorben el dióxido de carbono de la atmósfera. El aire es más limpio que antes de la Revolución Industrial. 

Las ciudades se han reestructurado para ofrecer un transporte público totalmente eléctrico y vibrantes espacios verdes. Muchos edificios nuevos tienen un recubrimiento fotoeléctrico que genera energía solar y tejados verdes que refrescan las ciudades, convirtiéndolas en lugares más agradables para vivir. 

Los trenes eléctricos de alta velocidad que alcanzan las 300 mph conectan muchas de las principales ciudades del mundo. Los vuelos intercontinentales siguen funcionando, con grandes y eficientes aviones que funcionan con queroseno sintético que se fabrica combinando agua y dióxido de carbono aspirado directamente de la atmósfera.

La vegetación cubre el exterior de un edificio en una ciudad japonesa.
La vida urbana debe ser más verde, con un aire más limpio y un transporte público con cero emisiones de carbono.Yyama / Shutterstock

La dieta mundial se ha alejado de la carne. La eficiencia de la agricultura ha mejorado enormemente durante la transición de la producción de carne a escala industrial al sustento a base de plantas, creando más tierra para resilvicultura y reforestación. 

La mitad del planeta se dedica a restaurar la biosfera natural y sus servicios ecológicos. Por otra parte, la energía de fusión se pone por fin en marcha a gran escala para proporcionar energía limpia e ilimitada a los habitantes del siglo XXII.

Dos futuros muy diferentes. El resultado que vivirán sus hijos y nietos depende de las decisiones que se tomen hoy. Afortunadamente, las soluciones que propongo son beneficiosas para todos: reducen las emisiones, mejoran el medio ambiente y hacen que la gente esté más sana y sea más rica en general.


Este artículo está basado en el último libro de Mark Maslin, How to Save Our Planet: The Facts.

La transición verde de las ciudades

 


Después de pasar un año de encierro, no es difícil observar el aumento de vehículos de reparto en la mayoría de las ciudades del mundo, donde nuevos hábitos y dinámicas de consumo han moldeado el comportamiento del entorno urbano. Hoy por hoy, las compras online siguen creciendo y, según un estudio de eMarketer, se espera que las ventas electrónicas superen los 5.000 millones de dólares en 2022. Más de 4.000 millones de euros.

Tal y como indica el informe The Future of the Last-Mile Ecosystem (El futuro del ecosistema de la última milla) del Foro Económico Mundial, se estima que este modelo de consumo aumentará en un 36% el número de vehículos de reparto en las carreteras de las 100 mayores ciudades del mundo para el año 2030. Y, si se tiene en cuenta que todos estos vehículos queman combustibles fósiles, el estudio asegura que las emisiones aumentarían un 32%. Por consiguiente, el cambio de estos vehículos a transporte eléctrico reduciría las emisiones en un 30% según los niveles actuales, además de reducir los costes en un 25%.

A principios de este año, muchos municipios de los Países Bajos propusieron la prohibición de los vehículos de reparto de combustión fósil en sus ciudades solo admitiendo vehículos de reparto eléctricos; un acuerdo que entrará en vigor a partir de 2025. La ciudad de Tilburg ha sido la primera en firmar este acuerdo y desde el Gobierno neerlandés ya se está trabajando en un plan de logística urbana de emisión cero. Y es que el objetivo de la prohibición de vehículos de combustible fósil en los Países Bajos es muy claro: ahorrar 1 megatón de CO2 al año de aquí a 2030, que equivale al consumo total anual de las emisiones de gas natural de todos los hogares de La Haya y Róterdam juntos.

Como indica el Foro Económico Mundial, la transición a una energía limpia es fundamental para combatir el cambio climático, pero en los últimos cinco años la transición energética se ha estancado. Hoy por hoy, el consumo y la producción de energía contribuyen a dos tercios de las emisiones mundiales, y el 81% del sistema energético mundial sigue basándose en los combustibles fósiles, el mismo porcentaje que hace 30 años.

El Índice de Transición Energética del Foro Económico Mundial muestra que el mayor reto al que se enfrenta la transición energética es la falta de preparación de los mayores emisores del mundo, como la India, China, Estados Unidos y Rusia; en comparación, los 10 países con mayor puntuación desde el punto de vista de su preparación representan solo el 2,6% de las emisiones anuales mundiales. De este modo, se necesitan de manera urgente políticas eficaces, acciones rotundas, así como la cooperación por parte de los distintos sectores para crear un sistema energético mundial más inclusivo, sostenible, asequible y seguro.

En Seres Urbanos ya hemos hablado de las medidas que muchas ciudades están aplicando para combatir la contaminación atmosférica y reducir los vehículos de combustión fósil. Ciudades como Londres han implementado una de las medidas más severas para frenar la contaminación en toda la zona central aplicando dos zonas de bajas emisiones, la LEZ (Low Emission Zone) y la ULEZ (Ultra Low Emission Zone). Del mismo modo, la mayoría de ciudades europeas ya limitan el tráfico rodado en muchas zonas céntricas, prohíben la entrada de los vehículos diésel fabricados antes de 2006 en los núcleos urbanos, se promueven proyectos de peatonalización, así como muchos gobiernos locales barajan la posibilidad de implementar la ciudad de los 15 minutos.

Cabe mencionar que las ciudades son responsables de alrededor del 75% de las emisiones de CO2 derivadas del uso final de la energía del mundo, procediendo gran parte del transporte. Y es que, en el mundo, el transporte representa el 24 % de las emisiones de CO2.

Es evidente que las ciudades están en un proceso de transformación hacia un modelo “inteligente”, donde se tiene en cuenta la sostenibilidad y nuevos modelos de movilidad. Todo esto obliga a que haya una profunda transformación del modelo energético, sustituyendo los combustibles generadores de gases de efecto invernadero por la electrificación de las urbes con energía procedente de fuentes de generación verde.

Por lo tanto, esta energía debe aplicarse correctamente al transporte (tanto público como privado) y al consumo doméstico. Pequeños gestos como la incorporación de puntos de carga para vehículos eléctricos así como un transporte público que funcione con energía verde, la promoción  del comercio local o la implementación de carriles bicicleta y aceras son algunas de las acciones más inmediatas. Y, a nivel doméstico, la sustitución de las calderas por bombas de calor o el establecimiento de nuevas rutinas y hábitos (maneras de consumir, movernos, alimentarnos) pueden ayudar significativamente en la mejora de nuestros entornos: más saludables, verdes y sostenibles.

Nueva campaña de LIBERA retirará basura en más de 180 puntos del medio natural

 El año pasado, el confinamiento impuesto por el coronavirus impidió que las 11.000 personas que participaron en la campaña de 2019 pudieran continuar con la recogida de residuos, pero “este año volvemos sobre el terreno”, ha celebrado este miércoles la directora de comunicación de Ecoembes,Nieves Rey, organización que impulsa junto a SEO/Birdlife esta iniciativa.

El despliegue de voluntarios contará con la colaboración de “ayuntamientos, confederaciones hidrográficas, CSIC, las fundaciones Reina Sofía y Oso Pardo y la Cruz Roja española”, entre otros organismos, y las actividades de limpieza estarán sujetas a un “estricto protocolo sanitario en los puntos de reunión”, adaptado a las normas que rijan en cada comunidad autónoma y siempre en “grupos reducidos de un máximo de 10 personas”.

Quinta edición

La quinta edición de este proyecto “es importante porque llevamos un año complicado: necesitamos salir a la naturaleza para liberarla de todo lo que se ha abandonado en ella”, ha indicado Rey, y además “todavía tenemos datos alarmantes” acerca de la cantidad de residuos a retirar por lo que “hay mucho por hacer”.

Según los datos de Ecoembes, sólo un 30 % de la población española piensa que “durante el confinamiento nos preocupamos más por el medioambiente”, mientras que el 70 % restante cree que la sociedad “no ha cambiado nada su actitud”.

MASCARILLAS USADAS, RESIDUO EMERGENTE

Además, los voluntarios se enfrentarán a un nuevo desperdicio entre los elementos abandonados en la naturaleza: las mascarillas usadas, un utensilio que “ayuda a protegernos”, ha asegurado Rey, pero que luego se convierte en un residuo cada vez más habitual en los espacios naturales españoles.

Prueba de ello es que “el Seprona ya ha contabilizado un total de 130.000 infracciones relacionadas con residuos sanitarios”.

El coordinador del área social de SEO/Birdlife, Federico García, ha explicado que los voluntarios se pueden inscribir hasta el día 7 de junio y después participar de tres maneras: “organizando un punto de limpieza, participando en los puntos ya organizados o haciéndose eco de este movimiento a través de las redes sociales” con la etiqueta #LIBERA1m2.

García ha señalado que “180 puntos de limpieza es una cantidad muy prometedora”, por lo que espera que el nivel de participación sea “bastante alto”.

CONOCER PARA ACTUAR Y PROTEGER

Concienciamos de forma vivencial a los voluntarios sobre un problema del que todos somos parte” pero no sólo se trata de un día de sensibilización sobre los residuos abandonados en la naturaleza, sino que “queremos que constituya una acción de conocimiento“, ya que primero “hay que conocer, para actuar y proteger” a continuación.

Como novedad, en esta campaña los organizadores han lanzado una aplicación móvil de ciencia ciudadana, llamada Basuraleza y creada con la ayuda de las organizaciones Paisaje limpio y Vertidos Cero, que incentivará la participación del público “mediante retos y recompensas”, ha concluido García. EFE



Voluntarios del proyecto LIBERA participan en una recogida de basura. EFE/David Fernández

5 de mayo de 2021

La corriente del Golfo alcanza el nivel más débil en 1.000 años.

 

Imagen: 1xpert – Depositphotos.

La corriente del Golfo ha alcanzado su nivel más débil en casi 1.000 años, según concluye un estudio científico publicado hoy, que advierte de las consecuencias extremas para el clima de Europa de este cambio en el Atlántico.

Nunca en más de 1.000 años la circulación meridional del Atlántico (AMOC), también conocida como el sistema de la Corriente del Golfo, ha sido tan débil como en las últimas décadas“, indican las conclusiones de la investigación desarrollada por científicos de Irlanda, Gran Bretaña y Alemania publicada en la revista Nature Geoscience.

El estudio analizó los llamados “datos proxy” de sedimentos oceánicos, temperatura del agua y núcleos de hielo de varios cientos de años de antigüedad y, a partir de esta información, se reconstruyó la evolución del flujo de la corriente, llegando a “pruebas consistentes” de que su desaceleración en el siglo XX no tiene precedentes en el último milenio.

Imagen: Furian – Depositphotos.

Los investigadores admiten que esta situación está relacionada con el cambio climático, según el estudio, y subrayan que la circulación atlántica es relevante para los patrones climáticos del continente europeo.

El sistema de la Corriente del Golfo funciona como una gigantesca correa de transmisión, transportando agua caliente desde la superficie del ecuador hacia el norte y enviando aguas profundas, frías y de baja salinidad hacia el sur. Mueve casi 20 millones de metros cúbicos de agua por segundo, casi cien veces el caudal del Amazonas.

Stefan Rahmstorf, del Instituto de Investigación del Impacto Climático de Potsdam (Alemania).

Según el investigador, las conclusiones del estudio sugieren que la corriente fue relativamente estable hasta finales del siglo XIX, pero habrá empezado a perder intensidad de forma más drástica a partir de mediados del siglo XX.

El informe especial de 2019 sobre los océanos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) “ya había identificado que la AMOC se debilitó en relación con 1850-1900″, recuerda Stefan Rahmstorf, ya que señala que esta nueva investigación “proporciona más pruebas independientes para esa conclusión y la sitúa en un contexto paleoclimático a largo plazo“.

Usamos una combinación de tres tipos de datos diferentes para obtener información sobre las corrientes oceánicas: patrones de temperatura en el océano Atlántico, propiedades de la masa de agua subterránea y tamaños de grano de los sedimentos del fondo marino que datan de 100 a unos 1.600 años.

Levke Caesar, del departamento de investigación climática de la Universidad de Maynooth (Irlanda).

La ralentización de la AMOC ya se había predicho en los modelos climáticos como respuesta al calentamiento global causado por los gases de efecto invernadero, que altera las diferentes densidades de agua que están en el origen de la corriente.

En la práctica, el aumento de las precipitaciones y el deshielo de las capas de hielo de Groenlandia añaden agua dulce a la superficie del océano, lo que reduce su salinidad y, por tanto, la densidad del agua, debilitando el flujo del AMOC.

Según Levke Caesar, para Europa, una mayor desaceleración podría significar más fenómenos meteorológicos extremos, como un cambio en las rutas de las tormentas de invierno, que podrían ser más intensas, así como la aparición de olas de calor extremas o una disminución de los niveles de lluvia en verano.

Si seguimos aumentando el calentamiento global, el sistema de la corriente del Golfo se debilitará aún más -entre un 34% y un 45% para 2100-, según la última generación de modelos climáticos.

Stefan Rahmstorf.