1 de septiembre de 2022
Comida sana para la humanidad y el planeta
EN SÍNTESIS
El sistema alimentario industrial ya genera un cuarto de las emisiones de gases de efecto invernadero, consume el 70 por ciento del agua y explota el 40 por ciento del suelo cultivable.
Más de 2000 millones de personas presentan sobrepeso u obesidad, pero más de 800 millones no comen lo suficiente o tienen carencias en su alimentación.
La solución a este problema ambiental y de salud mundial pasa por una alimentación más equilibrada y sostenible: menos carne, más verduras y nada de productos ultraprocesados.
Además de esas virtudes, tal dieta debe ser culturalmente aceptable, asequible y no poner en riesgo la subsistencia de las economías locales. Definirla no es una tarea nada fácil.
La costa cercana a Kilifi, al norte de Mombasa, está salpicada de aldeas pesqueras. Las aguas dan allí cobijo a peces loro, pulpos y otras especies comestibles. La paradoja es que los niños de esos lugares rara vez comen los frutos del mar: el plato básico es el ugali (harina de maíz mezclada con agua) y la mayor parte de su alimentación es de origen vegetal. Casi la mitad de la población infantil presenta un retraso en el crecimiento, el doble de la tasa nacional de Kenia.
Lora Iannotti, investigadora de salud pública en la Universidad de Washington en San Luis, y sus colegas kenianos preguntaron en 2020 a los aldeanos por qué no ofrecían a sus hijos los productos de la pesca, pese a que todos vivían de ella. (Los estudios demuestran que el pescado y otros alimentos de procedencia animal mejoran el crecimiento.) Las familias contestaron que les traía más cuenta vender la captura que comérsela.
Así que Iannotti y su equipo están llevando a cabo un experimento controlado. Facilitan a los pescadores trampas modificadas dotadas de pequeñas aberturas por donde pueden escapar los peces inmaduros. Esta medida debería ir mejorando el desove y la salud de un océano y unos arrecifes castigados por la sobrepesca y, en última instancia, aumentar los ingresos, sostiene Iannotti. Además, con la mitad de las familias, el personal sanitario local está realizando visitas a domicilio, demostraciones culinarias y una campaña de envío de mensajes para promover el pescado como alimento infantil, en particular especies autóctonas abundantes y de crecimiento rápido, como el «tafi», o sigano pintado (Siganus canaliculatus), y el pulpo. Los científicos llevarán a cabo un seguimiento para averiguar si esos niños se alimentan mejor y crecen más que los de otras familias que no reciben los mensajes.
Lecciones para el Homo urbanus
Lo que usted y yo vamos a comer en los próximos días aún no ha llegado a la ciudad, y puede que ni siquiera al país. Este dato, que hasta hace poco no era sino una curiosidad que nos animaba a descubrir el camino que recorren los alimentos hasta nuestras mesas, ahora nos genera inquietud o incluso temor. La pandemia y la guerra en Ucrania, que ha exacerbado la crisis energética, nos recuerdan que los alimentos vienen de lugares lejanos, y que su producción y transporte requieren mucha energía, la cual debe ser barata para que todo funcione. Eso hace de Ciudades hambrientas una obra plenamente actual, cuyas páginas ya no se leen desde la cómoda presunción de que esas cuestiones no nos afectan: a la vista de los estantes vacíos de los supermercados, examinamos la obra con cuidado, explorando las referencias que aporta la autora como si de un manual de supervivencia se tratase, buscando explicaciones y tratando de completar un puzle que tenía más piezas de las previstas. Y el título del libro también resulta bastante adecuado, puesto que las ciudades «engullen» más de tres cuartas partes de los recursos de la Tierra.
En mi frase inicial, he asumido que usted vive en una ciudad. Es lo más normal, sobre todo si se halla en uno de los países que llamamos desarrollados (en Europa, el 75 por ciento de la población es urbana). Los habitantes de esos lugares abandonaron el campo hace tiempo en busca de comodidades y, precisamente, de un flujo de alimentos previsible, a salvo de cosechas fallidas y otras inclemencias. El Homo se hizo urbanus, un término acuñado por Jeremy Rifkin en 2007, cuando se alcanzó un hito histórico: por primera vez, más de la mitad de la humanidad estaba viviendo en grandes zonas urbanas con al menos 10 millones de habitantes. Esta tendencia se ha consolidado y se espera que, en 2050, dos tercios de la población mundial habiten en las ciudades. Eso convierte a las urbes en una especie de grandes estómagos, cuyo diseño es uno de los principales temas que trata la autora. Y es que Carolyn Steel, arquitecta además de escritora, adapta su discurso para explicar el modo en que la recepción de los alimentos y la expulsión de los residuos han condicionado la estructura de nuestras ciudades.
El libro sigue la travesía que recorre la comida, desde sus lugares de producción hasta los mercados y supermercados, para llegar a la cocina y, por último, al plato que vemos en la mesa. Y luego explora el tramo final del recorrido, tapándose la nariz para mostrar que la comida, o lo que queda de ella, aún debe encontrar una salida digna. Las redes de saneamiento y los vertederos, sin ser la mejor solución, han servido hasta ahora para que las ciudades no se ahoguen en sus propias inmundicias. El texto concluye repasando las utopías de distintos visionarios, que demuestran que no existe la fórmula perfecta.
La visión histórica que permea la obra nos ayuda a comprender cómo ha evolucionado la compleja tarea de alimentar a las ciudades. La eficiencia económica se ha ido imponiendo hasta llegar a su máxima expresión, permitiendo que la industria alimentaria nos suministre aquello que nuestros antepasados siempre anhelaron: comida barata y abundante. Todo el negocio alimentario está en manos de cárteles transnacionales que persiguen un único fin: maximizar sus beneficios. Así, si algo se produce y transporta es porque hay consumidores dispuestos a pagar por ello. Este peculiar mercado puede proporcionar, a las once de la noche de un día de diario, salmón ahumado de Noruega y arándanos cultivados en un entorno semiárido, si hay alguien que pague lo suficiente; en cambio, crea desiertos alimentarios allí donde abunda la población con bajo poder adquisitivo. La meta de este negocio no es cubrir nuestras necesidades alimentarias y lograr que comamos de forma sana y equilibrada, sino ser rentable. Si los alimentos saludables generan beneficios, entonces el sistema los proveerá.
La autora pretende que seamos conscientes de los numerosos e insospechados vericuetos que supone alimentar a la población mundial en el contexto de la globalización. La deriva de esta forma de entender la eficiencia «ha vuelto infinitamente más complejo aquello mismo que prometía más fácil: alimentar a las ciudades». La propia agricultura se está tornando irrelevante en el sector agroalimentario, lo que recuerda a una frase épica de Una noche en la ópera, cuando Groucho Marx le espeta a la señora Claypool: «Sus ojos, su garganta, sus labios, todo cuanto hay en usted me recuerda a usted, excepto usted». No menos esperpénticos resultan algunos de los hechos que rodean todo este negocio de la alimentación. Solo citaré aquí algunos, que podrían resultar graciosos si no fuese porque, en el fondo, lo que está en juego es nuestra seguridad alimentaria, un eufemismo de términos mucho más duros, como desabastecimiento o racionamiento.
Uno de los efectos colaterales de este mecanismo tan eficiente es la enorme simplificación de nuestras dietas. Pese a la sensación de esplendor y variedad que ofrecen los coloridos estantes de los supermercados, casi todo procede de unos pocos monocultivos que copan la superficie agrícola. Uno de ellos es el plátano, y en concreto la variedad Cavendish. Esta reemplazó a la Gros Michel, que constituía la principal reserva de plátano comercial hasta que un hongo acabó con ella. En un remoto bosque de la India se encontró el antecedente silvestre de la variedad Cavendish, pero hoy nos resultaría mucho más difícil afrontar una crisis parecida, puesto que hemos acabado con el 75 por ciento de la diversidad agrogenética.
Otra pega que podemos ponerle al sistema que hemos creado es su escasa eficiencia energética: para producir una caloría se necesitan diez, un dato que no sorprende demasiado cuando los alimentos recorren miles de kilómetros hasta llegar a su destino, amén de la energía invertida (en forma de maquinaria, fertilizantes, etc.) para obtenerlos. Por último, cabe destacar la enorme huella ambiental de este método de producción y distribución, de la que llevan tiempo alertando importantes organismos internacionales, como la FAO.
A los argumentos y pasajes de corte más técnico, se suman reflexiones de carácter filosófico y ético. Esta transición se aprecia en la segunda parte del libro, que nos invita a evaluar si todo este cambalache ha merecido la pena. Hemos de preguntarnos si somos más felices que nuestros antepasados, aunque pasemos menos hambre; si tiene sentido que tiremos un tercio de los alimentos, toneladas de ellos por culpa de su aspecto; o si es necesario producir más comida, considerando que hay 2000 millones de personas obesas.
La autora aprovecha los capítulos dedicados a la mesa y la cocina para proponer una solución o, al menos, un cambio de tendencia. Quizá sea aquí donde se haga más patente el sesgo que imprime su origen británico a la obra, que originalmente pretendía describir Londres a través de la comida. Steel considera que las (buenas) costumbres de cocinar, ir al mercado y compartir la comida con los amigos o la familia son ingredientes necesarios para conocer y apreciar la procedencia de los alimentos. Puede que en los países mediterráneos (y en otros), que se resisten, en parte, a la invasión de la comida rápida y al estilo de vida más individualista propio de las sociedades desarrolladas, aún sobrevivan esos vínculos que pueden reconectarnos con un mundo agrario más moderado y respetuoso con la naturaleza.
Aunque no estamos ante una obra enciclopédica ni exhaustiva (tampoco pretende serlo), constituye una muy buena aproximación al complejo negocio alimentario, y nos ayuda a comprender sus puntos fuertes y débiles. Tal vez esta sea una de las principales virtudes del libro, que nos incita a leer más sobre el tema. Yo animo al lector a que lo haga: no va a encontrar un momento histórico más oportuno.
50 formas de valorar la naturaleza
xisten más de 50 formas de calcular el valor de la naturaleza, pero la mayoría de las investigaciones realizadas y de las políticas aplicadas se centran solo en un par de métodos. Estos consisten en contar el número de especies y evaluar el coste que supondría reemplazar el servicio que presta la naturaleza. Sin embargo, según el estudio de mayor envergadura jamás realizado sobre la valoración de la naturaleza, basarse solo en términos económicos puede ser dañino tanto para las personas como para la naturaleza.
Según el informe de la Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES, por sus siglas en inglés), «a la hora de instaurar políticas, se ignoran en gran medida las múltiples formas en las que la naturaleza es importante para las personas», sobre todo en el caso de los pueblos indígenas y las comunidades con menos recursos.
Por ejemplo, según el informe, cuando se presenta la propuesta de construcción de una presa hidroeléctrica, importan más las necesidades de los consumidores urbanos que las de las comunidades afectadas, especialmente si estas últimas se ven obligadas a desplazarse, con lo que pierden sus medios de subsistencia y se ven obligadas a cambiar su modo de vida.
El hecho de que el mundo no valore la biodiversidad como debería ha provocado el declive a largo plazo de toda una serie de servicios que nos ofrece el ambiente, señala Anne Larigauderie, ecóloga y directora de la oficina del IPBES en Bonn, en el informe que se presentó el 11 de julio. «Hace 50 años que se reducen progresivamente la polinización natural de los cultivos y la capacidad de regulación del agua.»
Hay pruebas sólidas que demuestran que evaluar la naturaleza basándose en su valor de mercado reduce la biodiversidad, señaló Unai Pascual, economista del Centro Vasco para el Cambio Climático (bc3) en Leioa, en la presentación de Bonn. «Se ignoran muchos otros valores, ya que solo interesan los beneficios a corto plazo y el crecimiento económico», añadió Pascual, quien codirigió la evaluación.
El 8 de julio, 139 gobiernos de todo el mundo aprobaron un Resumen para legisladores. Se espera que el informe completo se presente en la Conferencia de las Partes del Convenio sobre la Diversidad Biológica de la ONU que tendrá lugar en diciembre de este año en Montreal.
El objetivo es que los delegados que acudan a esa reunión aprueben un conjunto de objetivos e indicadores para la conservación de la biodiversidad.
![Muy pocos estudios intentan comprender el valor de lugares como Angkor Wat, el templo hinduista más grande del mundo al que acuden personas procedentes de todo el mundo. [Kolibri5/Pixabay, <a href="https://pixabay.com/es/service/license/" target="_blank">Pixabay License</a>].](https://www.investigacionyciencia.es/images/64745/bodyBlockImage.jpg)
Estudios sobre la naturaleza
Ochenta y dos investigadores de todo el mundo, especializados en áreas que abarcan desde las diversas ciencias hasta las humanidades, identificaron 79.000 estudios de evaluación ambiental y descubrieron que su número ha aumentado un 10 por ciento al año durante las últimas cuatro décadas. Pero los responsables políticos apenas les hacen caso. Esos mismos investigadores seleccionaron 1163 de estos estudios para revisarlos en profundidad y descubrieron que los responsables políticos solo adoptaron las recomendaciones del 5 por ciento.
La mitad de los estudios seleccionados para un análisis profundo utilizaban indicadores biofísicos, como el número de especies o la cantidad de biomasa forestal. Otro 26 por ciento se basaba en indicadores económicos, como cuánto costaría si los humanos se tuvieran que encargar de toda la polinización o las cantidades que los Gobiernos pagan a los agricultores para conservar la biodiversidad de sus cultivos.
Solo una quinta parte de los estudios valoraban la biodiversidad a partir de los criterios socioculturales. Entre ellos había algunos sobre la importancia que tienen para las personas los lugares sagrados y sobre el valor que uno otorga al lugar donde creció. Los aspectos socioculturales no tienen por qué tener asignado una cifra o un precio. No es necesario traducir la importancia de los lugares sagrados en dólares o euros, señaló en la presentación del informe del IPBES su coautor, Sander Jacobs, ecólogo del Instituto de Investigación de la Naturaleza y los Bosques en Bruselas.
Los autores del informe observaron que la mayoría de los estudios no tenían en cuenta múltiples aspectos, incluso a pesar de que las pruebas muestran que, cuando se hace, se obtiene un mejor resultado para el ambiente. El equipo se percató de que muy pocos científicos consultan o implican a las personas que viven y trabajan en las regiones en las que la biodiversidad es alta. Solo lo tuvieron en cuenta el 2 por ciento de los estudios analizados en profundidad. Y solo en el 1 por ciento, las personas locales participaron en todos los pasos, desde el diseño del estudio hasta su publicación. El informe recalca que: «Es fundamental el compromiso de todas las partes interesadas, incluidos los proveedores de datos e información».
«Necesitamos construir coaliciones de científicos de diferentes disciplinas. Pero la ciencia también necesita aliados», señala Pascual. «Los científicos deben ser humildes e invitar a participar a aquellos que han adquirido su conocimiento sobre la naturaleza de una forma diferente. Una coalición como esa diseñará estrategias con las que hallar soluciones a la crisis de biodiversidad y el clima.»
Ehsan Masood/Nature News
Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con el permiso de Nature Research Group.
Referencia: «Summary for policymakers of the methodological assessment of the diverse values and valuation of nature of the Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services». Unai Pascual, P. et al. eds., secretariado del IPBES, Bonn, 9 de julio de 2022.
La península ibérica atraviesa el período más seco de los últimos 1200 años
a península ibérica está experimentando su peor período de sequía en 1200 años. Y, casi con total seguridad, la explicación reside en el cambio climático. Eso concluye un grupo de trabajo liderado por Caroline C. Ummenhofer, de la Institución Oceanográfica de Woods Hole, a partir de datos observacionales y modelos climáticos. Tal y como explica el equipo en un artículo publicado en Nature Geoscience, la persistente falta de lluvias guarda relación con el comportamiento del anticiclón de las Azores, una zona de altas presiones permanentes situada sobre el Atlántico Norte que influye de manera notable en el clima europeo. Desde 1850, es cada vez más habitual que el anticiclón aumente de tamaño durante el invierno, y su expansión hace que las lluvias se desvíen de la península.
El anticiclón de las Azores es uno de los factores que controlan la trayectoria de los sistemas de bajas presiones sobre el Atlántico Norte. En verano, su centro se sitúa más cerca de las Bermudas, mientras que en invierno se localiza en el Atlántico occidental, en las proximidades de las Azores. En condiciones normales, las borrascas invernales que suministran la mayor parte del agua a España y Portugal pueden rodear el norte del anticiclón y llegar a la península ibérica. Pero si el anticiclón se expande de forma considerable, las precipitaciones se desvían hacia el norte de Europa y Escandinavia. Según los modelos, un anticiclón de las Azores sobredimensionado reduce las precipitaciones en casi un tercio.
Los datos de las estalagmitas muestran que, en efecto, la península atraviesa un período inusualmente seco. Y las simulaciones sugieren que no se ha dado una situación similar desde hace 1200 años, o tal vez más. Antes de 1850 (cuando el clima del Holoceno apenas se veía influenciado por el ser humano) el anticiclón alcanzaba esos tamaños desproporcionados aproximadamente una vez por decenio. Durante el siglo siguiente, ocurrió cada siete años, y desde 1980, cada cuatro.
Lars Fischer
Referencia: «Twentieth-century Azores High expansion unprecedented in the past 1,200 years». Nathaniel Cresswell-Clay et al. en Nature Geoscience, vol. 15, págs. 548-553, 4 de julio de 2022.
