Solo tres días antes de terminar una larga prospección científica,
asistí por fin al fenómeno que me había empujado a viajar a través de
medio mundo. Constaté la subida del nivel del mar.
Soplaba un temporal del noroeste en la laguna casi siempre en calma
del atolón de Tarawa, la capital de Kiribati. Esta nación insular del
Pacífico es hoy símbolo de los lugares con mayor probabilidad de acabar
sumergidos a causa del cambio climático y el ascenso del nivel del mar.
Aquella tarde, con la marea alta, las olas rompían malecones, inundaban
carreteras y anegaban casas a lo largo de las muy pobladas islas de
Tarawa Sur.
Como los demás extranjeros que llegamos al aeropuerto internacional
de Bonriki, con los dientes aún apretados tras aterrizar en una pista
que se extiende de costa a costa, esperaba observar fácilmente los
efectos del cambio climático en un remoto país en vías de desarrollo que
carece del dinero y de los conocimientos necesarios para adaptarse. La
mar tan alta parecía confirmar mi hipótesis. Ese mes del año 2005, el
mareómetro señaló por primera vez una altura de más de tres metros con
respecto al valor de referencia. El futuro había llegado.
Este año se cumple el décimo aniversario de la primera de mis visitas
a Kiribati, que después han acabado por sucederse con regularidad. En
ellas investigo de qué forma se están adaptando las islas y sus
habitantes a los cambios de la atmósfera y del océano. A lo largo de
este último decenio, el país, que ni aparecía en las bases de datos de
mi agencia de viajes, ha adquirido fama internacional. Sin embargo, el
mareómetro no ha vuelto a marcar los tres metros de altura.
No nos equivoquemos. Kiribati y otros países insulares, como Tuvalu,
las islas Marshall y las Maldivas, corren peligro por el aumento del
nivel del mar.
En 1995, diez soldados argentinos
asistieron a un cataclismo que nadie antes había presenciado, un evento
que modificó nuestro conocimiento sobre el cambio climático.
Los hombres se alojaban en la base Matienzo, una lóbrega agrupación de barracas de acero en lo alto de una cresta volcánica que emerge sobre el mar a 50 kilómetros de la costa antártica. La isla se hallaba rodeada por una extensión de hielo glacial que abarcaba 1500 kilómetros cuadrados, unas 25 veces el área de Manhattan. A pesar de flotar sobre el mar, la plataforma de hielo medía 200 metros de espesor y poseía la solidez de una roca. Sin embargo, el capitán Juan Pedro Brückner presentía que algo iba mal. El agua derretida había formado pequeños lagos diseminados por el hielo. Podía escuchar el gorgoteo del líquido al infiltrarse por un sistema de grietas. El equipo de Brückner escuchaba día y noche convulsiones profundas, como si el metro pasara por debajo de sus camas. Los estruendos se oían cada vez con mayor frecuencia.
Un día, mientras los miembros del equipo comían en una de las barracas, fueron sacudidos por un estallido, «un estruendo ensordecedor, como una erupción volcánica», recuerda Brückner. Salieron corriendo al exterior. La plataforma de hielo que circundaba el islote se estaba rompiendo. Las sacudidas eran tan violentas que temían que los fragmentos de hielo llegaran a socavar la base rocosa de la isla y la hiciera rodar como un tronco a la deriva. Colocaron bajo sus pies instrumentos para detectar una posible inclinación del suelo. Al cabo de unos días de tensión, el equipo fue evacuado en helicóptero a otra estación ubicada 200 kilómetros más al norte. La isla permaneció en su sitio, pero el mapa quedó modificado para siempre.
Brückner y su equipo habían presenciado el colapso de la plataforma de hielo Larsen A, lo que se convertiría en un acontecimiento de referencia. Conforme los veranos cálidos se han ido extendiendo desde el extremo meridional de Sudamérica hasta alcanzar la región más septentrional de la península antártica, un total de cuatro plataformas de hielo ubicadas al este de la península, entre ellas Larsen A, se han ido derrumbando siguiendo una asombrosa pauta, desde el extremo norte hacia el sur en dirección a la Antártida continental.
Fox, Douglas Para Investigación y Ciencia
Los hombres se alojaban en la base Matienzo, una lóbrega agrupación de barracas de acero en lo alto de una cresta volcánica que emerge sobre el mar a 50 kilómetros de la costa antártica. La isla se hallaba rodeada por una extensión de hielo glacial que abarcaba 1500 kilómetros cuadrados, unas 25 veces el área de Manhattan. A pesar de flotar sobre el mar, la plataforma de hielo medía 200 metros de espesor y poseía la solidez de una roca. Sin embargo, el capitán Juan Pedro Brückner presentía que algo iba mal. El agua derretida había formado pequeños lagos diseminados por el hielo. Podía escuchar el gorgoteo del líquido al infiltrarse por un sistema de grietas. El equipo de Brückner escuchaba día y noche convulsiones profundas, como si el metro pasara por debajo de sus camas. Los estruendos se oían cada vez con mayor frecuencia.
Un día, mientras los miembros del equipo comían en una de las barracas, fueron sacudidos por un estallido, «un estruendo ensordecedor, como una erupción volcánica», recuerda Brückner. Salieron corriendo al exterior. La plataforma de hielo que circundaba el islote se estaba rompiendo. Las sacudidas eran tan violentas que temían que los fragmentos de hielo llegaran a socavar la base rocosa de la isla y la hiciera rodar como un tronco a la deriva. Colocaron bajo sus pies instrumentos para detectar una posible inclinación del suelo. Al cabo de unos días de tensión, el equipo fue evacuado en helicóptero a otra estación ubicada 200 kilómetros más al norte. La isla permaneció en su sitio, pero el mapa quedó modificado para siempre.
Brückner y su equipo habían presenciado el colapso de la plataforma de hielo Larsen A, lo que se convertiría en un acontecimiento de referencia. Conforme los veranos cálidos se han ido extendiendo desde el extremo meridional de Sudamérica hasta alcanzar la región más septentrional de la península antártica, un total de cuatro plataformas de hielo ubicadas al este de la península, entre ellas Larsen A, se han ido derrumbando siguiendo una asombrosa pauta, desde el extremo norte hacia el sur en dirección a la Antártida continental.
Fox, Douglas Para Investigación y Ciencia