4 de abril de 2016

¿Cómo afecta a las islas la subida del mar?

Solo tres días antes de terminar una larga prospección científica, asistí por fin al fenómeno que me había empujado a viajar a través de medio mundo. Constaté la subida del nivel del mar.
Soplaba un temporal del noroeste en la laguna casi siempre en calma del atolón de Tarawa, la capital de Kiribati. Esta nación insular del Pacífico es hoy símbolo de los lugares con mayor probabilidad de acabar sumergidos a causa del cambio climático y el ascenso del nivel del mar. Aquella tarde, con la marea alta, las olas rompían malecones, inundaban carreteras y anegaban casas a lo largo de las muy pobladas islas de Tarawa Sur.
Como los demás extranjeros que llegamos al aeropuerto internacional de Bonriki, con los dientes aún apretados tras aterrizar en una pista que se extiende de costa a costa, esperaba observar fácilmente los efectos del cambio climático en un remoto país en vías de desarrollo que carece del dinero y de los conocimientos necesarios para adaptarse. La mar tan alta parecía confirmar mi hipótesis. Ese mes del año 2005, el mareómetro señaló por primera vez una altura de más de tres metros con respecto al valor de referencia. El futuro había llegado.
Este año se cumple el décimo aniversario de la primera de mis visitas a Kiribati, que después han acabado por sucederse con regularidad. En ellas investigo de qué forma se están adaptando las islas y sus habitantes a los cambios de la atmósfera y del océano. A lo largo de este último decenio, el país, que ni aparecía en las bases de datos de mi agencia de viajes, ha adquirido fama internacional. Sin embargo, el mareómetro no ha vuelto a marcar los tres metros de altura.
No nos equivoquemos. Kiribati y otros países insulares, como Tuvalu, las islas Marshall y las Maldivas, corren peligro por el aumento del nivel del mar.

Víctimas del cambio climático

Desde que existen registros históricos, las migraciones impuestas por el clima han remodelado la civilización. Hace unos cuatro mil años, una larga sequía obligó a Jacob y su prole a abandonar Canaan en dirección a Egipto; exilio que no conocería fin hasta el éxodo que habría de liderar Moisés. Tres milenios después, la falta de lluvias y pastos contribuyeron a que las tropas mongolas abandonasen Asia Central y llegasen a Europa, donde acabarían por establecerse. Ya en el siglo xx, una catástrofe ecológica detonada por la sequía y exacerbada por una desdichada política agrícola obligó a tres millones y medio de personas a desplazarse del Medio Oeste de EE.UU., en el episodio conocido como el Dust Bowl («Cuenco de Polvo») americano.
Hoy la historia se repite, pero el escenario es otro. Estamos entrando en una era marcada por rápidos cambios climáticos debidos a la emisión de gases de efecto invernadero. Entre otras consecuencias, se prevén alteraciones notables en la pluviosidad, una mayor frecuencia de fenómenos extremos como sequías o inundaciones, la elevación del nivel del mar, la acidificación de los océanos y cambios prolongados en las distribuciones de lluvias y temperaturas. Cualquiera de esos fenómenos trastornaría con severidad los ecosistemas de los que dependemos. En un mundo cada vez más poblado, las consecuencias podrían incluir migraciones en masa de una escala sin precedentes.
La suerte que correrán las islas de baja altura sobre el nivel del mar ha despertado un enorme interés. De darse ciertos supuestos, gran parte de los 38 estados insulares de pequeña extensión que existen en el planeta podrían haber desaparecido a finales de siglo. Pero las dificultades que habrían de afrontar sus habitantes no serían más que la parte visible del atolón. Tan solo en la India, una elevación de un metro en el nivel del mar obligaría a desplazarse a 40 millones de personas. Esta no constituye la única catástrofe de origen climático a la que se enfrenta el sur de Asia: los modelos de Arthur M. Greene y Andrew Robertson, de la Universidad de Columbia, no solo sugieren un aumento en el monto pluviométrico total durante los monzones, sino también una reducción en el número de días de lluvia. Los cambios en los ciclos fluviales (consecuencia de una menor cantidad de nieve durante el invierno y de una disminución de la masa glaciar) afectarían al modo de vida de cientos de millones de agricultores en las zonas rurales y a los recursos alimenticios de un número equiparable de urbanitas.

El cambio climático provocado por el calentamiento global perturbará gravemente la vida de millones de personas, que pueden verse obligadas a emigrar de su tierra.
Examinamos aquí tres regiones del mundo donde los efectos del cambio climático ya han comenzado a provocar el abandono de las tierras por parte de la población.
Es imposible pronosticar con exactitud la magnitud y la dirección que tomarán las migraciones, pero deben tomarse medidas políticas para paliar las consecuencias.
 

JackyR/WIKIMEDIA COMMONS

 Sherbinin, Ale, Warner, Koko y Ehrhart, Charles para investigación y ciencia

La fusión de la Antártida en directo

En 1995, diez soldados argentinos asistieron a un cataclismo que nadie antes había presenciado, un evento que modificó nuestro conocimiento sobre el cambio climático.
Los hombres se alojaban en la base Matienzo, una lóbrega agrupación de barracas de acero en lo alto de una cresta volcánica que emerge sobre el mar a 50 kilómetros de la costa antártica. La isla se hallaba rodeada por una extensión de hielo glacial que abarcaba 1500 kilómetros cuadrados, unas 25 veces el área de Manhattan. A pesar de flotar sobre el mar, la plataforma de hielo medía 200 metros de espesor y poseía la solidez de una roca. Sin embargo, el capitán Juan Pedro Brückner presentía que algo iba mal. El agua derretida había formado pequeños lagos diseminados por el hielo. Podía escuchar el gorgoteo del líquido al infiltrarse por un sistema de grietas. El equipo de Brückner escuchaba día y noche convulsiones profundas, como si el metro pasara por debajo de sus camas. Los estruendos se oían cada vez con mayor frecuencia.
Un día, mientras los miembros del equipo comían en una de las barracas, fueron sacudidos por un estallido, «un estruendo ensordecedor, como una erupción volcánica», recuerda Brückner. Salieron corriendo al exterior. La plataforma de hielo que circundaba el islote se estaba rompiendo. Las sacudidas eran tan violentas que temían que los fragmentos de hielo llegaran a socavar la base rocosa de la isla y la hiciera rodar como un tronco a la deriva. Colocaron bajo sus pies instrumentos para detectar una posible inclinación del suelo. Al cabo de unos días de tensión, el equipo fue evacuado en helicóptero a otra estación ubicada 200 kilómetros más al norte. La isla permaneció en su sitio, pero el mapa quedó modificado para siempre.
Brückner y su equipo habían presenciado el colapso de la plataforma de hielo Larsen A, lo que se convertiría en un acontecimiento de referencia. Conforme los veranos cálidos se han ido extendiendo desde el extremo meridional de Sudamérica hasta alcanzar la región más septentrional de la península antártica, un total de cuatro plataformas de hielo ubicadas al este de la península, entre ellas Larsen A, se han ido derrumbando siguiendo una asombrosa pauta, desde el extremo norte hacia el sur en dirección a la Antártida continental.
 Fox, Douglas Para Investigación y Ciencia

Calentamiento y vegetación ártica

Corría el año 1944. La segunda guerra mundial tocaba a su fin. Pero la sospecha de que los japoneses continuarían luchando hasta vencer o morir tenía muy preocupados a los aliados, por miedo a quedarse sin gasolina para el esfuerzo bélico. La reserva de petróleo naval, de 93.000 kilómetros cuadrados, era una región privilegiada donde hallar nuevas fuentes de petróleo. La Armada estadounidense acometió su exploración. Pero carecía de mapas. Así que decidió realizar una serie de fotografías aéreas de extraordinario detalle.
Partiendo del aeródromo Ladd, cerca de Fairbanks, los agrimensores montaron en la puerta abierta de un avión bimotor Beechcraft una enorme cámara K-18. Durante varios años, y en vuelos bajos y lentos, tomaron miles de fotografías del talud septentrional de Alaska, desde el océano Artico, en el norte, hasta la cordillera Brooks, en el sur, así como de los valles boscosos de la parte meridional de la cordillera. Estos forman parte del bosque boreal de coníferas y caducifolios que se extiende a lo largo de una amplia franja del Artico.De los negativos de 23 por 46 centímetros se obtuvieron fotografías tan nítidas que podían verse en ellas las huellas de las pezuñas de alces. Algunas imágenes no desmerecerían las del gran fotógrafo Ansel Adams; pero más importante aún, toda la serie ha contribuido de manera esencial a demostrar la respuesta de las tierras árticas y subárticas al cambio climático.
Conocer ese efecto es fundamental, ya que ayudará a los habitantes locales a encontrar soluciones ante nuevas alteraciones. En el Ártico viven unos cuatro millones de personas. Los cambios del clima afectan a la caza de subsistencia, las explotaciones forestales comerciales, los transportes y las infraestructuras.

En síntesis

Una serie detallada de fotos aéreas tomadas en los años cuarenta, con vistas a la prospección de petróleo en el norte de Alaska, ha proporcionado pruebas gráficas del mayor protagonismo de los arbustos y del «reverdecimiento» de la tundra ártica.
Sin embargo, la teledetección por satélite indica que los bosques boreales al sur de la tundra están «pardeando» como consecuencia de las condiciones más secas y la intensificación de los incendios forestales y las infestaciones de insectos.
Los procesos de reverdecimiento y pardeado pueden atribuirse al cambio climático mundial. Es probable que esas transiciones de los ecosistemas afecten profundamente a la fauna silvestre y a los habitantes de la región, e incluso intensifiquen el calentamiento del planeta.

Matthew Sturm para Investigación Y Ciencia

El Artico Enferma






Las nutrias marinas que retozan en las aguas de las islas Aleutianas deberían prosperar en su remoto hogar, lejos de la civilización. Pero estos juguetones animales atraviesan dificultades. En menos de una década la población de estas islas y del sudoeste de Alaska ha sufrido un alarmante descenso del 70 por ciento.
Con el fin de descifrar las causas del declive, el equipo de investigación de Tracey Goldstein, de la Universidad de California en Davis, emprendió la búsqueda de enfermedades. Y lo que descubrieron resultó inquietante: indicios del virus del moquillo focino. En los últimos veinte años, el patógeno ha matado a más de 50.000 focas en las costas europeas y parece haber ocasionado la muerte de otras en la costa oriental de Canadá y EE.UU. Pero nunca se había hallado en el Pacífico norte: ¿cómo ha ido a parar allí?
Las pesquisas señalaron pronto hacia el hielo del Ártico o, mejor dicho, a la ausencia de este. En 2002, cuando la última gran epidemia de moquillo azotó el norte de Europa, la banquisa que en verano cubre el Ártico alcanzó una extensión ínfima. Goldstein supuso que la fusión del casquete había abierto el legendario Paso del Noroeste a las enfermedades e hizo posible que un mamífero marino infectado en el Atlántico, como una foca ocelada, o sus heces, entrase en contacto con mamíferos marinos del Pacífico norte y transmitiera el virus a las nutrias. El fragmento del virus hallado en las nutrias de las Aleutianas es idéntico al del brote de 2002 en Europa.
No todos aceptan esta teoría; pero, de ser cierta, los mamíferos del Ártico y del Pacífico, en particular las focas comunes, podrían ser las próximas víctimas del virus. Goldstein, responsable del Laboratorio de Vigilancia y Diagnóstico Sanitario de los Ecosistemas Marinos de la universidad, está convencida. Más aún, en el Paso del Noroeste están confluyendo otras especies (o sus deyecciones), lo que posiblemente provocará el contagio de nuevas enfermedades. En verano de 2010 tuvo lugar un encuentro entre ballenas boreales del Atlántico y del Pacífico —marcadas y seguidas por satélite—, un hecho que quizá no se había producido desde el inicio del Holoceno, hace 12.000 años.


Este imponente rebaño de bueyes almizcleros se agrupa para hacer frente a una ventisca de nieve, pero sus miembros están totalmente indefensos contra un parásito pulmonar que amenaza su salud. [NORBERT ROSING, National Geographic]

Solomon, Christopherpara Investigación y Ciencia