27 de julio de 2023

España es el segundo “bosque” más grande de Europa, pero cada vez más árido

 Ana López Moreno

Madrid, 23 jul (EFE).- España es el segundo país de la Unión Europea (UE), solo por detrás de Suecia, con alrededor de 28 millones de hectáreas de superficie forestal, lo que supone más de la mitad de todo el territorio nacional y, sin embargo, el 75 % se encuentra en riesgo de desertificación, pero ¿qué significa esto realmente?

El director del Centro de Investigaciones sobre Desertificación adscrito al CSIC, Patricio García-Fayos, explica a EFE que “el riesgo de desertificación, un escurridizo término difícil de medir, viene a decir que se está perdiendo capacidad biológica en los ecosistemas, también a nivel productivo”, en referencia a la agricultura.

García-Fayos añade que “las provincias que cuentan con mayor peligro son las que se parecen más al norte de África como Almería, Murcia y Valencia o incluso la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha”, y señala, que a su juicio, los bosques centrales de la Península serán “menos densos y con menos especies en unos años”.

Sin embargo, se muestra optimista ya que asegura que “es irreversible en un ciclo político, pero no en términos biológicos”, de forma que aún se pueden paliar muchos de los problemas de sequedad en los montes.

Aumento del paisaje rural y riesgo de desertificación

Según datos del Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO) es totalmente compatible un aumento del paisaje forestal, a consecuencia del éxodo rural de los años 50 del siglo XX entre otros motivos, con el hecho de que esta vegetación sea cada vez más seca.

Los mapas que aporta el Ministerio apuntan a que la mayor parte de la Península Ibérica -menos el norte y humedales-, las Canarias y las Baleares -exceptuando el noroeste de la isla de Mallorca- se encuentran en riesgo de desertificación.

En palabras de Javier Puertas, geógrafo técnico del foro profesional de áreas protegidas en España EUROPARC, con tres decenios de recorrido, hay “procesos naturales de aridez en las zonas mediterráneas” y ejemplo de ello es el conocido desierto de Tabernas en la provincia de Almería.

Proyecto de EUROPARC

Precisamente para cuidar el estado de los bosques se ha creado “LIFE Redbosques Climas”, el último proyecto de EUROPARC financiado por la Unión Europea que pretende promover la capacidad de adaptación de las superficies forestales al nuevo clima, así como “mitigar el cambio climático y conservar la biodiversidad”.

“Lo que planteamos en el proyecto en territorios concretos son medidas para aumentar la heterogeneidad de especies”, ya que esto incrementa la resiliencia del bosque ante situaciones adversas, detalla Puertas, quien observa que las zonas menos vulnerables también son aquellas que comparten “árboles de diversas edades y tamaños” y de ahí la importancia de hacer nuevas plantaciones y clareos.

En la misma línea, la secretaria general de PEFC España, Ana Belén Noriega, asevera la importancia de los “bosques protectores”, los cuales ocupan buena parte de toda las superficie forestal, además de “proteger nuestras aguas y nuestros suelos, haciendo que se rellenen los acuíferos”.

Para no perder la mirada hacia los bosques Noriega declara que desde PEFC se trabaja en certificar los bosques urbanos y periurbanos: “Necesitamos que la gente que vive en ciudades tenga un corredor verde”, concluye la experta. EFEverde

La huella química de los humanos en la Antártida

 Las zonas libres de hielo suponen menos del 0,5 % de la superficie del continente Antártico. Estas áreas son las más ricas en términos de diversidad ecológica, pero también son las más vulnerables y en mayor riesgo de degradación física y biológica. No en vano en ellas se concentra la mayor parte de la actividad humana, ya sea con fines turísticos o de investigación. 

Inevitablemente la presencia humana altera físicamente el terreno donde se asienta –la superficie construida en la Antártida ocupa más de 390 000 metros cuadrados)–, y también provoca contaminación química del medio. 

Una parte importante de la contaminación antrópica en la Antártida está ligada a las aguas residuales. Estas introducen una gran diversidad de contaminantes orgánicos en el ciclo hídrico y el suelo: fármacos, insecticidas, productos de higiene personal (incluyendo filtros solares y fragancias), y numerosas sustancias químicas industriales (retardantes de llama, conservantes, etc.), entre otros. 

La principal preocupación acerca de la presencia de este tipo de contaminantes en las aguas antárticas es su capacidad de bioacumulación y la toxicidad que algunos de ellos pueden presentar para los organismos expuestos. Además, su continuo uso y consecuente liberación, junto a la baja temperatura y la ausencia de radiación solar durante largas temporadas en las latitudes antárticas, favorecen su persistencia y acumulación en el medio. 

Jerónimo Lopez, Author provided










Nicotina, filtros solares y fármacos en la Antártida

En un estudio reciente, hemos encontrado restos de contaminantes de origen antrópico en las aguas interiores y costeras de dos islas situadas en el archipiélago de las Shetland del Sur, al norte de la península antártica: la isla Livingston y la isla Decepción. 

Los contaminantes encontrados incluyen una sustancia anticorrosiva (tolitriazol), un filtro solar (benzofenona-1), nicotina, cafeína y varios fármacos (los antidepresivos citalopram y venlafaxina, el diurético hidroclorotiazida, el antiinflamatorio diclofenaco y el antibiótico claritromicina). 

Su presencia en principio está ligada a la actividad humana en la zona, pero algunos se encontraron en áreas sin apenas presencia humana. Distintos procesos ambientales, como su reemisión desde el hielo (donde pueden quedar inicialmente atrapados), el transporte a través del aire y la deposición atmosférica y distintos procesos de degradación pueden contribuir a su dispersión –o la de sus productos de transformación– a otras áreas. 

Otro resultado que apoya esta hipótesis es que el patrón de contaminación observado en las aguas costeras analizadas fue muy similar entre sí en términos de niveles y composición, mientras que en las aguas continentales era más heterogéneo. 

La nicotina y el tolitriazol, presentes en más del 74 % de las muestras analizadas, son los compuestos que muestran una mayor dispersión en el área investigada. 

La nicotina, la benzofenona-1, la cafeína, el citalopram y la claritromicina son además las sustancias que presentan mayores concentraciones en promedio, entre 22 y 37 ng/L en aguas continentales y entre 16 y 57 ng/L en aguas costeras. 

Riesgos para los seres vivos

Dado que la mayoría de estos compuestos han sido diseñados para tener actividad biológica, las concentraciones medidas, aunque bajas (un nanogramo es la millonésima parte de un miligramo), pueden suponer un riesgo toxicológico para los organismos expuestos a ellas de forma continua. Se han descrito efectos subletales a concentraciones ambientalmente relevantes. 

Queda patente que aún queda mucho que investigar en este campo. Sobre todo porque apenas existen estudios de toxicidad con tiempos de exposición largos a concentraciones tan bajas, lo cual dificulta nuestra capacidad de predecir los efectos de un contaminante sobre el ecosistema en el que se vierte. 

Además, los contaminantes químicos llegan al medio como mezclas complejas. Y sin embargo, los estudios de toxicidad se han venido haciendo con compuestos individuales o con mezclas de muy pocos compuestos sobre una única especie representativa de un nivel trófico.

En el estudio, investigamos 12 compuestos. Los resultados indican que la nicotina, los antidepresivos citalopram y venlafaxina, la claritromicina y la hidroclorotiazida son las sustancias que podrían suponer una mayor preocupación en la zona, considerando su presencia y características propias de toxicidad, bioacumulación y persistencia. 

Este tipo de sustancias, de amplia distribución y probada toxicidad, debería incluirse en futuros programas de monitorización sistemática de aguas y seres vivos en la Antártida. 

Es importante resaltar que cabe esperar también la eventual presencia de otras sustancias derivadas de la actividad humana en la zona, no incluidas en esta investigación, que también pueden suponer un riesgo ambiental.

La presencia de contaminantes orgánicos en las aguas antárticas evidencia que las actuales medidas de protección del medio ambiente antártico no son suficientemente efectivas para evitar la dispersión de sustancias ligadas a la actividad humana. En este sentido, y adoptando un principio de prevención, resulta conveniente reducir lo más posible la presencia humana en la Antártida y, sobre todo, concienciar a sus visitantes para que reduzcan al mínimo el uso de sustancias químicas durante su estancia, así como mejorar los sistemas de tratamiento de aguas residuales.

Entre uno y cinco años para recuperarse de un incendio forestal, advierten especialistas

 Lucía Benito.- Madrid.- Los parajes afectados por un incendio forestal tardan entre uno y cinco años en recuperarse pero “un centímetro de suelo fértil, que puede erosionarse en pocos días tras el fuego, necesita 500 años para formarse” y de ahí la importancia de trabajar en la prevención, han señalado a EFE varias técnicas especializadas.

Es el caso de Lourdes Hernández, técnica especialista en incendios forestales de WWF, quien ha insistido en el desafío que representan los grandes incendios forestales de sexta generación, “más violentos e incontrolables” que los conocidos hasta ahora, ya que “pueden arrasar miles de hectáreas en una sola hora” e incluso “poseen la capacidad de modificar las condiciones meteorológicas” de la zona afectada.

Si bien existen ecosistemas adaptados a los incendios “ya que el fuego forma parte de su funcionamiento” y tienen cierta resiliencia al mismo, la actividad humana “también ha ayudado a modificar la frecuencia, intensidad y extensión” de estos siniestros.

España quemada

Según los datos del Sistema Europeo de Información Sobre Incendios Forestales (EFFIS), 2022 fue un ‘annus horribilis’ para España, con más de 300.000 hectáreas quemadas, “y esta situación va a peor por la combinación de una gran cantidad de terrenos secos y altas temperaturas” que caracterizan el verano en la península ibérica, ha apuntado Celia Ojeda Martínez, doctora en Biología y experta en Ciencias Ambientales de Greenpeace.

Entre enero y junio de este mismo año ya se han registrado más de 15 grandes incendios forestales en España, de acuerdo con la información facilitada por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), un grave problema para los ecosistemas españoles, sobre todo, ‘para el bienestar de los suelos”, los grandes olvidados al hacer balance de un incendio.

Tanto Ojeda como Hernández han recordado que el suelo es ”la base de toda posible recuperación o regeneración” en una zona afectada por el fuego por lo que comprobar su estado entra dentro de las primeras estrategias de emergencia que se deben llevar a cabo tras la extinción de las llamas, en lugar de ”centrar toda la atención en volver a plantar” como sucede muchas veces.

Sin un suelo fértil “no puede darse la vida” y los nuevos árboles o plantas que se quiera introducir en el paraje afectado no prosperarán si no se recupera.

Las lluvias caídas en zonas arrasadas por las llamas debilitan las capas desprotegidas del suelo, mientras que el arrastre de ceniza “acaba contaminando aguas subterráneas y ríos”, indica Ojeda.

Las técnicas para gestionar la regeneración “deben contemplar además el impacto del cambio climático” pues “si no se tiene en cuenta esa relación, se corre el riesgo de que la recuperación no sea fructífera” y “muchas Comunidades Autónomas no cumplen esta premisa” aunque “esta comprobado que tenerla en cuenta cambia la virulencia y comportamiento de los incendios”.

A todo ello, añade Hernández, las estrategias también deben brindar ”oportunidades de empleo a la población local y promover actividades económicas para obtener un territorio más vivo y así evitar el abandono”, que es otro de los grandes problemas del mundo rural y un factor que ayuda a que se propaguen los grandes incendios.

“El mundo rural está abandonado y los bosques, mal gestionados”, resumen estas especialistas.

Un punto positivo, recogido por la Ley de Montes, es que tras un incendio de estas características la construcción de cualquier tipo de infraestructura “es inviable” lo que reduce el riesgo de fuegos provocados, ya que prohíbe ”el cambio de uso forestal al menos durante 30 años” así como ”toda actividad incompatible con la regeneración de la cubierta vegetal”. EFEverde

26 de julio de 2023

Mucho ruido y ¿pocas nueces?: así nos enferma el ruido

Hace ya más de cien años, el médico, microbiólogo y ganador del Premio Nobel Robert Koch advirtió: “Un día la humanidad tendrá que luchar contra el ruido tan ferozmente como contra el cólera y la peste”. 

Quizás ese momento ha llegado, ya que hoy en día el ruido ambiental se considera el segundo factor de riesgo ambiental para la salud, solamente por detrás de la contaminación atmosférica. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que 22 millones de personas sufren de molestia crónica al ruido en la Unión Europea, causando la pérdida de más de 1 millón de años de vida saludables, 12 000 muertes prematuras y 48 000 casos de enfermedades coronarias al año.

El ruido ambiental se define como cualquier sonido no deseado o dañino derivado de la actividad humana. Puede provenir de una variedad de fuentes, como el tráfico rodado, la actividad industrial, la construcción o la música muy alta. Pero ¿cuándo se considera un ruido nocivo para la salud? 

De acuerdo con la Directiva Europea de Ruido, exposiciones mayores a niveles de ruido equivalentes al periodo día-tarde-noche mayores de 55 dB son perjudiciales. En otras palabras, estar las 24 horas del día, durante 365 días al año bajo la exposición de un ruido equivalente al emitido por una conversación causa efectos adversos en la salud. Sorprendentemente, unas 10 137 000 personas en España están expuestas a niveles de tráfico rodado por encima de este umbral.

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El ruido nos hace enfermar

Y eso supone un problema de salud pública. Los principales efectos no auditivos reconocidos por la OMS y la Agencia Europea de Medio Ambiente incluyen problemas para dormir y sus consecuencias a corto y largo plazo: deterioro del desarrollo cognitivo, alteraciones metabólicas, problemas cardiovasculares… Y molestia, mucha molestia. 

De hecho, si le preguntásemos a un experto en ruido ambiental cuál es el principal efecto del ruido, probablemente la respuesta sería “molestia”. Es más, el reciente modelo de reacción al ruido, donde se caracteriza el mecanismo por el que el ruido afecta a la salud, pone énfasis en una vía indirecta. Esta vía indirecta implica la percepción cognitiva del ruido, que conduce a la activación cerebral y la respuesta emocional de molestia. 

Es decir, somos conscientes de que hay ruido y nos molesta. Si esta sensación se prolonga en el tiempo, puede causar estrés.

El estrés psicológico derivado del ruido depende de la sensibilidad individual y la capacidad de cada persona para afrontar situaciones de estrés. Se cree que nuestra mente tiene un mecanismo para no sufrir tanta molestia al ruido: la habituación. Se trata de un mecanismo mediante el cual la percepción de ruido se aleja de la consciencia, y se reduce la activación emocional de la corteza prefrontal. Dejamos de sentir molestia. De ahí que las personas que viven en entornos ruidosos se acostumbren a vivir con ello. ¿Problema resuelto? En absoluto, porque este mecanismo de habituación psicológica no implica habituación fisiológica.

La reacción fisiológica del cuerpo es inevitable

Aunque sintamos que nos acostumbramos al ruido, la reacción fisiológica continúa. El ruido activa el eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA) y el sistema nervioso simpático. 

El eje HPA es un eje neuroendocrino que, entre otros procesos, coordina la respuesta al estrés y el sistema inmunitario. Por otro lado, el sistema nervioso simpático forma parte del sistema nervioso autónomo y prepara al organismo para situaciones estresantes o de emergencia. 

La activación simultánea de estos dos sistemas hace que el cuerpo libere hormonas del estrés: el cortisol, la hormona del estrés por excelencia y las catecolaminas, como la adrenalina o noradrenalina.

Cuando llegan a la sangre, estas hormonas provocan el movimiento de la energía almacenada a los músculos. Como consecuencia, la frecuencia cardíaca, la presión sanguínea y la frecuencia respiratoria se elevan. Al mismo tiempo se inhabilitan procesos metabólicos como la digestión, el crecimiento o la respuesta inmune. 

Este conjunto de reacciones es muy importante para la supervivencia y en situaciones agudas de estrés el cuerpo es capaz de autorregularse y volver a los niveles basales de dichas hormonas. Cuando el estrés se convierte en crónico, en cambio, el cuerpo pierde la capacidad de recuperarse. Este fenómeno se denomina sobrecarga alostática. Se ha demostrado que el estrés crónico aumenta la inflamación, suprime la inmunidad y conlleva problemas del sistema vascular. A su vez, esto se relaciona con el riesgo de enfermedades cardíacas, hipertensión, diabetes y enfermedades neurológicas.

Silenciemos el ruido

Se dice que un mundo sin ruido no es mundo. Pero un mundo sin descanso y sin salud tampoco lo es. Por ello, las intervenciones para reducir la exposición al ruido son vitales.

Entre las intervenciones más efectivas se encuentran el cambio de pavimento para reducir la fricción, la reducción de la velocidad máxima a la que circulan los vehículos en los centros las ciudades, las restricciones temporales y espaciales de los focos de emisión, la construcción de las barreras de ruido y una planificación urbanística eficiente. 

Un buen ejemplo de medidas urbanas es el proyecto de las superislas de Barcelona. Se trata de agrupaciones de nueve manzanas donde el tráfico queda restringido a las calles periféricas, con el objetivo de reducir la contaminación procedente de los vehículos a motor y priorizar la circulación de peatones y ciclistas. Este nuevo modelo de ciudad reduce la exposición al ruido, mejora la calidad del aire y aumenta el uso público y recreativo de la zona.

En este proyecto, además de la restricción del tráfico, también se fomenta la eliminación del asfalto y el aumento de espacios verdes. Se sabe que los espacios verdes tienen la capacidad de atenuar el ruido, la contaminación ambiental, las altas temperaturas y la luz artificial. Sin olvidarnos de que fomentan la actividad física y facilitan la interacción social.

Entonces, ¿a qué estamos esperando? Se prevé que para el 2050 el 68 % de la población mundial viva en ciudades, y el 75 % de la población europea vive ya actualmente en urbes. ¿En qué modelo de ciudad queremos vivir? Yo lo tengo claro, ¿y tú? 

Llevamos décadas reciclando la basura que producimos. Los expertos dicen que no ha servido para nada

 La contaminación es uno de los principales desafíos de nuestra era. La civilización tardó siglos en darse cuenta de que éramos los humanos quienes estábamos generando una huella ambiental negativa con nuestros desechos, que ahora han llegado a niveles inmanejables e insostenibles. Los microplásticos son un buen ejemplo: han acabado en regiones remotas de la Tierra y se acumulan incluso en nuestros cuerpos y los de los animales.

Una de las estrategias conjuntas que se decidió aplicar pare frenar esa huella fue grabarnos a fuego la importancia del reciclaje. Pero ahora los expertos dicen que todas esas décadas de entusiasmo por el reciclaje han fracasado estrepitosamente.

El estudio. Una investigación de la Universidad de Virginia analizó y estudió lo que los ciudadanos entienden sobre la eficacia de las diferentes estrategias de gestión de residuos y cuál de ellas usan y prefieren. Los resultados sugieren los esfuerzos para educar al público en este aspecto han hecho del reciclaje una opción que los consumidores consideran importante, pero en detrimento de opciones más sostenibles.

Por ejemplo, las personas pasan por alto la reducción de desechos y la reutilización en favor del reciclaje, cuando no debería de ser así.

Desconocimiento total. Además, aunque la mayoría de los participantes en el estudio optaron por el reciclaje, no lo ejecutaron bien. El origen se encuentra en el propio sistema actual, que obliga a los consumidores a separar los materiales reciclables y mantener los contaminantes fuera de la basura. En este caso, se pidió a los participantes que clasificaran los desechos en contenedores virtuales de reciclaje, orgánico y basura. Muchos de ellos colocaron contaminantes comunes, incluidas bolsas de plástico (58%), vasos de café desechables (46%) y bombillas (26%), de forma incorrecta. Y creyendo que lo estaban haciendo bien.

"Reducir, Reutilizar, Reciclar": no lo hemos entendido. La clave reside en  la urgencia de priorizar la reducción de fuentes que previenen la creación de desechos, en lugar de tratar de gestionar y mitigar su impacto más adelante. El mismo estudio preguntó a los participantes la forma más eficaz de reducir los desechos de los vertederos o resolver los problemas ambientales asociados, y la mayoría citaron el reciclaje y otras estrategias post-producción.

Es decir, la jerarquía que algunas organizaciones como las Naciones Unidas adoptaron, el lema "Reducir, Reutilizar, Reciclar", no ha parecido servir de nada. Aún así: más de tres de cada cuatro participantes (78%) ordenaron las estrategias incorrectamente. Solo cuando les dieron a elegir dos opciones (prevención de desechos y reciclaje), el 80% entendió que prevenir los desechos era mucho mejor que reciclar

El reciclaje del plástico no sirve. Y todo eso nos lleva al inmenso problema del plástico que, al final, tiene los mismos orígenes en ese desconocimiento de prioridades. Aunque algunos materiales pueden reciclarse de manera efectiva y fabricarse de manera segura a partir de contenido reciclado, los plásticos no pueden hacerlo. La alta tasa de reciclaje de papel de los EEUU del 68%, y las tasas de reciclaje de plástico del 9% lo demuestran. El problema del reciclaje de plástico no radica en el proceso, sino en el material en sí.

Volvemos al principio. El reciclaje puede conducirnos hasta cierto punto hacia un futuro sostenible, pero la solución está en fabricar directamente menos. Eso nos devuelve otra vez al mantra de "reducir, reutilizar, reciclar", y por qué reducir es mejor que reutilizar, que a su vez es más favorable que reciclar.

En la práctica, sin embargo, la atención y el marketing se han centrado en el reciclaje, debido a la falsa creencia de que una mejora masiva en las tasas de reciclaje será crucial para la transición circular, cuando estamos viendo que no, al menos en el caso del plástico. Si a eso le sumamos que un gran porcentaje de la gente ni siquiera recicla bien, tenemos un problema gordo. Muy gordo.

Imagen: Pexels (Julia M Cameron)