24 de enero de 2024

Los daños de los pélets de Galicia son la punta del iceberg

 No es la primera vez que las costas españolas se ven afectadas por la contaminación por pélets. Un ejemplo es la playa de La Pineda, en Tarragona, que lleva años contaminada con bolitas de plástico, producto de las pérdidas de las industrias petroquímicascercanas que las corrientes marinas arrastran hasta la playa. 

El temporal Gloria de 2020 también dejó la playa de Barcelona repleta de pélets, entre otros microplásticos de distinta índole.




















Pélets recogidos por la autora en las playas de Barcelona tras el temporal Gloria. Cristina Romera

Pero son solo la punta de un iceberg: el de la contaminación por plástico de playas y océanos. Más de 12 millones de toneladas de desechos plásticos ingresan a los océanos cada año. 

Limpiar el mar es como barrer en el desierto

Limpiar el mar de microplásticos es como barrer en el desierto. Las bolitas se esparcen por todos lados y no se pueden retirar fácilmente con redes, ya que se arrastrarían también organismos de ese tamaño, claves para el correcto funcionamiento del ecosistema marino. 

Limpiar la arena tampoco es fácil. Se puede tamizar y separar los pélets si son de mayor tamaño que los granos de arena, pero ante tales cantidades el trabajo es muy tedioso y puede llevar años. 

Y nadie nos asegura que no sigan llegando más y haya que volver a empezar el proceso como si de un castigo de los dioses griegos se tratara.

Nada menos que 28 toneladas de bolitas de plástico o pélets se vertieron al mar el 8 de diciembre tras el accidente del barco carguero Toconao. Las autoridades no le dieron la importancia necesaria hasta que llegaron a playas de Galicia y Asturias. 

El plástico que se vierte al mar en forma de pélets o de otro tipo tiene múltiples consecuencias nocivas para los organismos marinos que en última instancia pueden afectarnos a nosotros. Si este plástico es de menos de 5 mm (microplástico), las consecuencias son aún más graves.

La consecuencia más evidente es la ingestión de estos microplásticos por parte de los animales marinos. Algunos que los ingieren acaban muriendo con su estómago lleno de plástico y otros, aunque no mueran, ven afectado su crecimiento y reproducción. Algunos de estos animales son especies comerciales por lo que el plástico o sus productos de degradación pueden llegar hasta nosotros. 

Los animales marinos prefieren el plástico colonizado

El plástico empieza a ser “colonizado” en cuanto llega al mar. Diversos microorganismos como bacterias, algas microscópicas, hongos, etc., se adhieren a la superficie del plástico liberando exudados que atraen a otros microorganismos y forman en conjunto una película, un biofilm. 

El plástico colonizado es más atractivo para muchas especies de animales marinos, que lo prefieren al plástico sin colonizar. 

Sucede que las aguas de la costa gallega son muy ricas en nutrientes, lo que las convierte en una zona pesquera tan productiva. Cuánta más concentración de nutrientes tengan las aguas de la superficie, más vida habrá y los microorganismos formarán con más rapidez un biofilm sobre el plástico flotante. 

Teniendo en cuenta el tiempo que los plásticos del vertido del Toconao llevan flotando en las ricas aguas gallegas, deben estar ya colonizados y se han hecho más apetecibles para los animales marinos. 

Algunos de los colonos del plástico flotante a menudo son especies invasoras y patógenas. Y el plástico sirve de vehículo para transportarlas de unas regiones a otras del océano. Las nuevas especies pueden causar desequilibro allí donde lleguen.

Hasta un 60 % del peso del plástico pueden ser aditivos químicos

Pero hay otros efectos del plástico que son menos evidentes. El plástico no suele ser nunca un polímero puro sino que lleva aditivos (retardantes de llama, antioxidantes, estabilizantes, etc.) que le proporcionan las cualidades requeridas para su uso. 

Hasta un 60 % del peso del plástico pueden ser aditivos químicos. Una vez en el mar, empieza a liberar aditivos o subproductos de degradación, proceso que se potencia si está afectado por la luz solar. 

Nuestro grupo de investigación del Instituto de Ciencias del Mar-CSIC ha calculado que anualmente se liberan unas 57 000 toneladas de carbono orgánico, en forma disuelta, de todo el plástico que llega al océano. 

Parte de este carbono es consumido y degradado por las bacterias marinas, y descubrimos que este aporte hace que se reproduzcan más rápidamente. 

Los compuestos liberados por el plástico afectan a otros muchos organismos marinos. Por ejemplo, disminuyen la capacidad de crecimiento de los organismos fotosintéticos más abundantes en la Tierra, parte fundamental del fitoplacton marino. La exposición a los compuestos liberados del plástico reduce su producción de oxígeno. 


Leer más: La contaminación química del plástico, una amenaza silenciosa


Malformaciones en erizos de mar

Son muchos los ejemplos de daños a animales marinos. Entre ellos, se encontró que los compuestos químicos liberados por pélets recogidos en playas provocaban malformaciones en erizos de mar. Las larvas de erizo criadas en agua contaminada por sustancias químicas presentes en los plásticos mostraron graves deformidades; sin embargo, los plásticos que nunca habían sido tratados químicamente no causaron deformidades. 

Los compuestos liberados por el PVC también aumentan la resistencia a los antibióticos y la virulencia de comunidades bacterianas marinas.

El plástico atrapa y concentra contaminantes

El plástico que flota en el mar puede actuar como una esponja, atrapando contaminantes y concentrándolos cientos de veces por encima de la concentración a la que están en el agua. Estos contaminantes pueden ser liberados de nuevo cuando las condiciones del medio circundante cambian. Por ejemplo, en el interior de un organismo marino que lo haya ingerido. 

Es difícil que estos pélets lleguen a nosotros a través de los productos marinos que consumimos, ya que suelen quedarse en el estómago del animal que es un órgano que retiramos y no comemos. Además, son lo suficientemente grandes y duros como para notarlos durante la masticación. Sin embargo, podríamos estar expuestos a los compuestos químicos que estos plásticos puedan liberar en el animal que consumimos.

Protocolos de actuación

Por todo esto, las consecuencias en el ecosistema marino de un vertido como el de las costas gallegas pueden ser aún mayores y a más largo plazo. 

Aunque este problema no es nuevo, la marea blanca que está llegando a las costas del norte de España le ha dado visibilidad y ha hecho consciente a la población. Hace ya más de un mes que ocurrió el accidente en que los contenedores cayeron al mar y no puede ser que ante una catástrofe de este tipo se tarde tanto en actuar. 

Esperemos que este incidente sirva para concienciar del gran daño que hacen este tipo de vertidos, que en un futuro se tomen en serio cuando ocurran y se ponga en marcha un protocolo de emergencia de inmediato. Porque una rápida intervención tras el accidente puede prevenir mucho daño. Los vertidos de plástico al mar son un problema serio.

El metano en las minas de carbón: la amenaza que se convierte en oportunidad

 El carbón y Asturias siempre han ido de la mano, porque “donde había carbón, había de todo”. El carbón trajo el progreso a la economía asturiana desde la época de Jovellanos, haciendo de Asturias una de las regiones más prósperas de España desde la época de la Primera Guerra Mundial hasta la década de los años 80. Pero unida al progreso, también trajo asociada una gran siniestralidad. 

Las explosiones de grisú han sido durante décadas la cara trágica de la minería, la última vez en el pozo Nicolasa (Mieres), hace casi 30 años. Durante el proceso de formación de carbón también se genera metano, que se libera como gas grisú, peligroso por su naturaleza explosiva.














La Camocha fue una mina subterránea de carbón localizada en Gijón. Álvaro Millán / Flickr, CC BY-ND

Gases emitidos en la mina de carbón

Antiguamente, para detectar la presencia de este gas explosivo, se usaban canarios, capaces de detectar el metano en muy baja concentración. Pero el éxito de estos animales era limitado y la peligrosidad, abrumadora: es explosivo a concentraciones entre el 5-15 %. 

Más adelante, con el objetivo de disminuir este riesgo, se empezó a llevar a cabo la ventilación de las galerías de las minas. El objetivo era asegurar la concentración de metano se mantenía siempre por debajo de un 5 %, para lo que se emplean caudales muy elevados (150-300 m³/s).

La mezcla gaseosa emitida al exterior a causa de la ventilación se denomina metano del aire de ventilación (VAM, por sus siglas en inglés) o corriente de venteo, y posee habitualmente concentraciones de metano entre 0,1 y 1 %. 

Además, las minas de carbón también generan otras corrientes: metano de las minas de carbón (CMM) y metano de minas abandonadas (AMM), con concentraciones de metano superiores al 30 y 60 %, respectivamente, lo que las hace más fácilmente aprovechables energéticamente. Sin embargo, el VAM es la más importante, llegando a suponer el 75 % del total de las emisiones de metano procedentes de la minería subterránea de carbón (83 000 millones de m³). 

Un gas de efecto invernadero desaprovechado

En la actualidad, en torno al 70 % del metano generado en minas de carbón es emitido a la atmósfera sin aprovechar, debido a los elevados caudales y bajas concentraciones. Este desaprovechamiento, además de la pérdida de un recurso, conlleva un problema medioambiental, ya que el metano es un gas causante del efecto invernadero. 

Al igual que ocurre con el agua de mina, ¿por qué no aprovechar también el metano?

Hasta ahora, la opción más viable tecnológicamente para lograrlo pasaba por transformar el metano en dióxido de carbono y agua mediante una combustión, lo que reducía el potencial de calentamiento global de la emisión. Esta solución tiene un inconveniente: la baja concentración de metano obliga a la utilización de un combustible adicional, lo que encarece el proceso y disminuye notablemente el rendimiento. 

Una posible solución sería recurrir a reactores específicos, tales como los reactores de flujo inverso, capaces de “atrapar” la pequeña cantidad de energía liberada en estas combustionessimplemente cambiando periódicamente el sentido del flujo de los gases a través del reactor.

Convertimos el metano en energía y productos químicos

En este contexto, en el proyecto europeo de investigación METHENERGY+, liderado por la Universidad de Oviedo, hemos trabajado en la posibilidad de capturar y aprovechar estas emisiones de metano en los gases de ventilación procedentes de la minería subterránea de carbón. El objetivo era reducir la emisión del metano, así como aprovecharlo bien para la generación de energía eléctrica o bien para la obtención de productos químicos de mayor valor añadido.

La solución técnica incluía dos etapas: una de concentración y una etapa de aprovechamiento del metano concentrado. Tras analizar las diferentes posibilidades de concentración, la operación de adsorción resultó ser la más ventajosa. La adsorción conlleva el transporte de las moléculas de metano desde la corriente gaseosa hasta la superficie de un sólido (adsorbente).















Esquema de adsorción selectiva de una sustancia (el adsorbato), como el gas metano, sobre un adsorbente poroso. Los autores

Se requiere que este adsorbente posea una elevada capacidad de adsorción y sea selectivo. La capacidad de adsorción conlleva que retenga la máxima cantidad posible de metano, mientras que la selectividad se refiere a que sólo retenga las moléculas de este gas. Los estudios condujeron al interés por un tipo de materiales porosos, los armazones metal–orgánicas (MOF), como adsorbentes para la concentración del metano procedente de este tipo de gases.


El MOF (un tipo de material cristalino y poroso) empleado: Basolite C300. Los autores

Los ensayos de laboratorio y simulaciones llevadas a cabo con un MOF (tipo Basolite C300) permitieron concentrar el metano hasta el 1,2 %. Esta concentración permite abastecer una turbina de gas pobre, que genera electricidad y calor suficiente para regenerar el MOF, es decir, recuperar el metano previamente adsorbido de la superficie del material.

La segunda posibilidad de aprovechamiento fue utilizar el metano concentrado para la fabricación de metanol. Este compuesto, además de ser utilizado como combustible, se emplea en la industria química para obtener un gran número de productos derivados.

Este proyecto ha demostrado cómo las minas de carbón, una vez en desuso, tienen todavía un gran potencial, ya que se puede aprovechar el metano que emana de la mina, suponiendo además una ventaja medioambiental al evitar la emisión de dicho gas de efecto invernadero. 

Parafraseando a R. Buckminster Fuller, arquitecto, inventor y profesor estadounidense: “La contaminación no es otra cosa que los recursos que estamos desperdiciando. Permitimos que se dispersen porque ignoramos su valor”.


Este artículo ha resultado ganador del Premio Hunosa de divulgación sobre transición energética y sostenibilidad de la energía.