28 de julio de 2021

Ni la carne es tan mala ni la quinua tan buena

 

GETTY IMAGES/HADYNYAH/ISTOCK


Vivimos en una época marcada por la prisa y el flujo incesante de información. En este contexto, las consignas triunfan. Sin embargo, entrañan un gran defecto: dejan de lado matices esenciales. En relación a la alimentación y su impacto ambiental y social, tenemos que ser precavidos con los consejos que aseguran la bondad de ciertos productos y la maldad de otros. Analizaremos aquí dos de los consejos estrella actuales: abandonar la carne y comer quinua.

Comencemos por la carne. Varios datos indican que la dieta carnívora es poco sostenible. Para empezar, la producción de carne supone un consumo medio de 15.415, 5988 y 4325 m3 de agua por tonelada, dependiendo de si hablamos de vacuno, cerdo o pollo (el cálculo tiene en cuenta el agua necesaria para cultivar los cereales y legumbres con los que se fabrican los piensos que alimentan al ganado). Por otro lado, se estima que la ganadería es responsable de entre el 8 y el 18 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, hay otros efectos nada deseables asociados a la producción de carne, como las condiciones en las que viven muchos de estos animales o la deforestación que genera el cultivo de las materias primas utilizadas para fabricar piensos.

La quinua tiene mejor prensa. Se trata de un alimento asociado a culturas milenarias que irradian cierto exotismo. Se la ha calificado de «superalimento», muy apropiado para las dietas vegetarianas, pues contiene todos los aminoácidos esenciales, micronutrientes y vitaminas, y, además, no tiene gluten.

Así que la simplificación está servida: la quinua es buena y la carne es mala. Pero ¿es eso del todo cierto? Pues depende. De hecho, podemos argumentar lo opuesto.e

Veamos el lado bueno de la carne. Si nos alejamos de la ganadería intensiva, hallamos otros sistemas de producción que, como el pastoreo, representan ejemplos de sostenibilidad. Mientras pastan al aire libre, los rumiantes ingieren distintos tipos de vegetación que, de otra manera, no serían aprovechados. Con ello logran algo único: transformar lignina y celulosa en proteína. Ninguna máquina es capaz de realizar ese proceso. Además, descargan el paisaje de materiales inflamables, reduciendo el riesgo de incendios forestales. Y, conforme se desplazan, van abonando el campo con sus excrementos. Justamente a eso aspiran todas las iniciativas de la cacareada economía circular: que los desperdicios de uno sean el alimento del otro. Este tipo de ganadería suele producir alimentos de gran calidad, como el cerdo ibérico.

¿Cuál es el lado oscuro de la quinua? Su creciente demanda ha desfigurado el sistema de producción original. En las últimas cuatro décadas, Perú y Bolivia (los principales productores) han aumentado la producción en un 252 y un 612 por ciento, respectivamente, con un crecimiento de la superficie de cultivo de un 124 y un 440 por ciento. Veamos las consecuencias ambientales y sociales de estos cambios.

En los desiertos de altura donde se cultiva la quinua, el clima es extremo (lluvias escasas, frío y viento). Durante siglos, la población local ha sobrevivido gracias a la quinua, cultivada sin medios mecánicos y con un exquisito cuidado de los tiempos, con el fin de dejar descansar la tierra para que se recargase de agua y nutrientes. Pero la fiebre de la quinua ha propulsado la intensificación y expansión de este cultivo. El uso de maquinaria pesada, fertilizantes y pesticidas, la eliminación de la ganadería que abonaba el campo, la invasión de pastizales y la disminución del barbecho han disparado la erosión y el deterioro del suelo. La selección de las variedades más productivas está provocando la pérdida de agrobiodiversidad. La población local, lejos de enriquecerse, ha perdido su principal fuente de proteína: la quinua tiene precios prohibitivos, la mayor parte se exporta y las llamas tienen menos espacio para pastar. Para colmo, muchas de las tierras que estaban en manos de las comunidades locales son ahora propiedades privadas. A la luz de estos hechos, ¿les sigue pareciendo que nuestro plato de quinua es un alimento sostenible?

Estos dos casos nos revelan que nuestro consumo no debería estar condicionado solo por el tipo de alimento, sino también por la manera en la que se produce. El principal problema radica en los sistemas a gran escala, que persigue acelerar los ciclos de producción al menor coste posible.

La solución pasa por involucrar al consumidor y hacerle consciente de las consecuencias de sus decisiones. Contando con que cada vez somos más sensibles a nuestra huella ambiental y social, necesitamos un sistema fiable de trazabilidad y certificación de los alimentos. Es un reto complejo, donde acechan los fraudes y los errores conceptuales, pero que necesitamos resolver. Sucumbiendo a la brevedad de nuestros tiempos, terminaría diciendo: ¿carne o quinua? Depende ¿de qué depende? De según como se mire, todo depende.

Decálogo para una economía circular

 Por lo que hemos visto hasta ahora, la economía circular abarca una larga lista de conceptos, que van desde el diseño, a la producción, pasando por el consumo, la jerarquía multierre y el uso de recursos renovables, todo ello encaminado a que consigamos borrar de nuestro vocabulario las palabras basura, desecho o desperdicio.

Entendemos por economía circular aquella economía restauradora en todo el ciclo de vida de productos y servicios, donde asimilamos los residuos como nuevos recursos, teniendo presente que el modelo circular distingue entre el ciclo técnico (Tecnosfera) y el biológico (Biosfera).

Este planteamiento de ciclos separados y complementarios supone que todos los materiales y productos pueden verse como depósitos temporales de materias o nutrientes que posteriormente se van a convertir en insumos de procesos que van a dar lugar a nuevos productos o bienes.

Los materiales se deben integrar en los ciclos biológicos o técnicos

Con estas ideas en la mente podemos enunciar un decálogo de ideas o ejes de actuación que pueden vertebrar el cambio de un modelo lineal, basado en fabricar – usar – tirar, a otro circular y responsable con nuestro entorno.

Vamos con las 10 que hemos elegido:

  1. Avanzar en la reducción en el empleo de recursos naturales no renovables, reutilizando en el ciclo de producción los materiales contenidos en los residuos como materias primas, siempre y cuando no se ponga en peligro la salud de las personas y del entorno ambiental.
  2. Impulsar el análisis del ciclo de vida de los productos (ACV) y la incorporación de criterios de diseño circularreduciendo la introducción de sustancias perjudiciales en su fabricación, facilitando la adecuada separación de los bienes producidos, prolongando su vida útil y posibilitando su valorización al final de ésta.
  3. Favorecer la aplicación efectiva de la jeraquía multierre de los residuos, promoviendo la prevención de su generación, fomentando la reutilización, fortaleciendo el reciclado y favoreciendo su trazabilidad.
  4. Promover pautas que incrementen la innovación y la ecoeficiencia de los procesos productivos, mediante la adopción de medidas como la implantación de sistemas de gestión ambiental.
  5. Promover formas innovadoras de consumo sostenible, que incluyan productos y servicios ecointeligentes, así como el uso de infraestructuras y servicios digitales.
  6. Promover un modelo de consumo responsable, basado en la transparencia de la información sobre las características de los bienes y servicios, su duración y eficiencia energética, mediante el empleo de medidas como el uso de la ecoetiqueta.
  7. Facilitar y promover la creación de los cauces adecuados para facilitar el intercambio de información y la coordinación con las administraciones, la comunidad científica y tecnológica y los agentes económicos y sociales, de manera que se creen sinergias que favorezcan la transición.
  8. Difundir la importancia de avanzar desde el modelo lineal hacia una economía circular, fomentando la transparencia de los procesos, la concienciación y sensibilización de la ciudadanía.
  9. Fomentar el uso de indicadores comunes, transparentes y accesibles que permitan conocer el grado de implantación efectiva de la economía circular.
  10. Promover la incorporación de indicadores del impacto social y ambiental derivados del funcionamiento de las empresas, para poder evaluar más allá de los beneficios económicos que se generen en las mismas, como consecuencia de un compromiso real con la economía circular.

Finalmente indicar que estas acciones que proponemos tienen como objetivo orientar tanto a entidades, empresas como agentes económicos y sociales en la tan necesaria transición hacia un nuevo marco de referencia económico y productivo que sea sostenible y responsable.

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible

Este nuevo modelo debe estar basado en la descarbonización de la economía, en el mencionado abandono del modelo económico lineal y en la protección y recuperación del capital naturalacciones clave e interrelacionadas para la consecución de la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible(ODS).

26 de julio de 2021

La alargada sombra del DDT

 Carrie Arnold

Fumigación de un campo de coliflores con DDT en California, un plaguicida de amplio uso en 1937. [BETTMANN Y GETTY IMAGES]


Calificado como milagroso en la década de 1950, el potente insecticida DDT (diclorodifeniltricloroetano) prometía librar al mundo del paludismo, del tifus y de otras enfermedades transmitidas por insectos. En sus anuncios, los fabricantes lo promovían como un «benefactor de la humanidad». Los estadounidenses aplicaron más de 1350 millones de toneladas (casi 3,5 kilogramos por habitante) a cultivos, céspedes y animales domésticos en sus hogares, antes de que la bióloga Rachel Carson y otros lanzaran la voz de alarma sobre su impacto en el ser humano y la fauna. La entonces joven Agencia de Protección Ambiental de EE.UU. (EPA) lo prohibió en 1972.

Los amigos y familiares de Barbara Cohn suelen preguntar a esta epidemióloga del Instituto de Salud Pública de Berkeley por qué estudia los efectos de este plaguicida, prohibido hace tantos años. Su respuesta es que el DDT continúa acosando al cuerpo humano. En trabajos precedentes, descubrió que las hijas de las mujeres expuestas a niveles muy elevados de este insecticida durante el embarazo presentaban índices elevados de cáncer de mamahipertensión y obesidad.


El último estudio de Cohn, sobre los nietos de las mujeres expuestas, constituye la primera prueba de que los efectos perjudiciales del DDT persisten al menos durante tres generaciones. La investigación vincula los altos índices de exposición de las abuelas al índice de masa corporal (IMC) elevado y a la menarquia precoz en las nietas, aspectos ambos que presagian problemas de salud en el futuro.

«Este estudio lo cambió todo», asegura Michele Marcus, epidemióloga de la reproducción de la Universidad Emory, ajena a la nueva investigación. «Desconocemos si otros compuestos [sintéticos y de larga vida], como las sustancias perfluoroalquiladas, tendrán un impacto multigeneracional, pero este trabajo obliga a investigar la cuestión.» En su opinión, solo tales estudios a largo plazo permitirán esclarecer todas las consecuencias del DDT, así como de otros compuestos sintéticos con efectos disruptores, y orientar las normativas.

A finales de la década de 1950, Jacob Yerushalmy, bioestadístico de la Universidad de California en Berkeley, propuso una investigación ambiciosa para seguir a decenas de miles de embarazadas y valorar de qué modo la exposición intrauterina podía afectar a la salud en la adolescencia y la edad adulta. El Estudio de Desarrollo y Salud Infantil (CHDS, por sus siglas en inglés) siguió a más de 20.000 embarazadas de la región de la bahía de San Francisco entre 1959 y 1966. El grupo de Yerushalmy tomó muestras de sangre durante la gestación, en el parto y a los recién nacidos al mismo tiempo que recababa datos sociológicos, demográficos y médicos de las madres y de sus hijos.


Cohn tomó el timón del CHDS en 1997 y comenzó a usar los datos de aquellos niños, entonces cercanos a la mediana edad, para investigar los factores ambientales que se escondían detrás del aumento del cáncer de mama. Una posibilidad era la exposición intrauterina a un grupo de sustancias clasificadas como disruptores endocrinos, como el DDT.

Las glándulas endocrinas humanas segregan hormonas y otros mensajeros químicos que regulan funciones esenciales, desde el crecimiento y la reproducción hasta el hambre y la temperatura corporal. Un disruptor endocrino interfiere con este sistema refinado. Muchos fármacos, como el antibiótico triclosán o el antiabortivo dietilestilbestrol, actúan como tales, al igual que productos industriales como el bisfenol A y los bifenilos policlorados, e insecticidas como el DDT. «Estas sustancias piratean nuestras señales moleculares», afirma Leonardo Trasande, director del Centro para la Investigación de Riesgos Ambientales de la Universidad de Nueva York, que no ha participado en el estudio.

Gracias a las decenas de miles de muestras del CHDS que se conservan congeladas desde hace décadas, Cohn y sus colaboradores pudieron medir el DDT acumulado en la sangre materna para determinar el grado de exposición de los fetos. En una serie de estudios relacionaron esa concentración con la salud cardíaca de los niños, ahora en la mediana edad, y con los índices de cáncer de mama.

El feto engendra todos los óvulos antes de nacer, así que Cohn sospecha que la exposición prenatal al DDT también podría afectar a la descendencia de los hijos, esto es, los nietos de las participantes del CHDS. Con un promedio de 26 años de edad este año, las nietas son jóvenes para sufrir cáncer de mama, pero podrían padecer otras enfermedades cuyo riesgo aumenta en las siguientes décadas de vida.

Con 258 tríos de madre-hija-nieta, el equipo de Cohn descubrió que las nietas de las mujeres situadas en el tercio superior de exposición al DDT durante el embarazo tenían una probabilidad 2,6 veces mayor de presentar un IMC poco saludable. También tenían el doble de probabilidad de que la menarquia se produjera antes de cumplir los 11 años. Ambos factores agravan el riesgo de sufrir cáncer de mama y enfermedades cardiovasculares en el futuro, explica Cohn. Estos resultados, publicados en Cancer Epidemiology, Biomarkers, and Prevention, constituyen la primera prueba de que los riesgos para la salud derivados del DDT abarcan tres generaciones humanas.

Akilah Shahib, de 30 años, cuya abuela formó parte del estudio CHDS y que participa en la presente investigación, opina que los resultados son un duro recordatorio de que los problemas de salud actuales pueden tener su origen décadas atrás. «El DDT estaba disperso en el ambiente y escapaba al control de mis abuelos. Y no fue la única sustancia así», afirma.

Para Andrea Gore, toxicóloga de la Universidad de Texas en Austin, los nuevos resultados son poco menos que revolucionarios. «Este es el primer estudio realmente robusto que muestra ese tipo de consecuencias multigeneracionales», afirma Gore, que no ha participado en el estudio.

Los estudios de laboratorio, entre ellos uno de Cohn en 2019, han revelado que los efectos del DDT y de otros disruptores endocrinos se transmiten durante varias generaciones a través de cambios epigenéticos, que alteran la activación y la inactivación de los genes. Cohn también investiga en este momento los efectos multigeneracionales de otros disruptores endocrinos, como el bisfenol A y los compuestos polifluorados.

Investigaciones de ese tipo también sacan a relucir la necesidad de ensayos a largo plazo para confirmar la seguridad de los productos químicos, afirma Trasande. Gore coincide y argumenta que las autoridades deberían exigir ensayos más rigurosos sobre los efectos de los disruptores endocrinos; mientras se investigan los mecanismos específicos por los cuales estos influyen en la salud de varias generaciones, añade, deberían analizarse sistemáticamente las marcas distintivas de tales influencias en los estudios toxicológicos in vitro.

«Este estudio recalca el imperativo de que algo así no vuelva a ocurrir jamás», concluye Trasande.

Incendios «zombis» en los bosques boreales

 Un incendio zombi en Alaska en mayo de 2016, rebrote de un incendio del verano anterior, el de Soda Creek; quemó 4000 hectáreas, a sumar a las 7000 que ardieron en el incendio original [Observatorio de la Tierra de la NASA / Joshua Stevens, datos de Landsat, Servicio Geológico de Estados Unidos].


En Alaska, en Canadá, en Rusia, los bosques boreales arden en primavera cada vez más a menudo, bastante antes de las altas temperaturas estivales: son víctimas de los incendios «zombis». Tras un incendio de verano, el fuego, oculto bajo la nieve, prosigue en esos casos todo el invierno, lentamente, en la capa de turba y de agujas de píceas en descomposición. Esa turba, muy rica en carbono y pobre en oxígeno, ofrece las condiciones ideales para una combustión lenta. Cuando la nieve se derrite y el suelo se seca, el fuego se reanuda en la superficie y el bosque vuelve a arder. Para hallar en tierras remotas esos incendios zombis, hasta ahora muy mal conocidos, que reanudan, tras muchos meses fríos, fuegos que parecían extinguidos, Rebecca Scholten, de la Universidad Libre de Ámsterdam, y sus colaboradores han creado un algoritmo que analiza imágenes tomadas por satélites. Lo explican en Nature.

Las superficies afectadas por los incendios zombis siguen siendo modestas en promedio (el 0,8 de la superficie quemada en Alaska y los Territorios del Noroeste de Canadá entre 2002 y 2018), pero en 2008 uno de ellos quemó el 38 por ciento de la superficie que ardió aquel año. Y puede que su impacto climático esté en correspondencia. Los incendios forestales de la región boreal, en general, emitieron unas 50 megatoneladas de dióxido de carbono solo en junio de 2019, equivalentes a las emisiones totales anuales de Suecia. Y en estos últimos años los servicios forestales de Estados Unidos y Canadá han observado que esos incendios precoces, que les pillan a menudo por sorpresa, han ido abundando más.

Scholten y sus colaboradores empezaron por eliminar los incendios de origen humano y los causados por rayos (principal causa de incendios en las regiones deshabitadas del Gran Norte) de los datos sobre incendios forestales boreales de estos últimos años. Para detectar retroactivamente incendios zombis, calibraron el algoritmo que diseñaron para ello con 45 pequeños incendios así (con entre 0,04 y 42,5 hectáreas quemadas); aunque indetectables en las imágenes de los satélites, los organismos encargados de la extinción de incendios los habían ido registrado entre 2005 y 2017. El 89 por ciento se desencadenó en el perímetro del incendio estival original y el 93 por ciento, a menos de 500 metros. Aplicaron por eso un límite de mil metros, compatible con la resolución media de las imágenes de satélite. La reaparición del fuego tras la desaparición de la nieve ocurría en promedio a los 27 días de que la nieve empezase a derretirse; teniendo en cuenta la dispersión de ese dato, adoptaron un límite de 50 días después de que la nieve empezase a fundirse para considerar que un incendio podía ser la reanudación de uno del verano anterior.

Esta serie de imágenes permite seguir el desarrollo de un incendio zombi en Alaska. La imagen del 24 de septiembre de 2015 (<em>a la izquierda</em>), al final de la temporada de incendios forestales, indica la zona quemada por un incendio que parecía extinguido. Pero siguió a cubierto, bajo la nieve, durante el invierno (<em>en el centro</em>). Se reavivó en primavera y devastó una zona adyacente a la quemada el verano anterior (<em>a la derecha</em>) [C. Churchill, Centro Woodwell de Investigaciones del Clima].
Esta serie de imágenes permite seguir el desarrollo de un incendio zombi en Alaska. La imagen del 24 de septiembre de 2015 (a la izquierda), al final de la temporada de incendios forestales, indica la zona quemada por un incendio que parecía extinguido. Pero siguió a cubierto, bajo la nieve, durante el invierno (en el centro). Se reavivó en primavera y devastó una zona adyacente a la quemada el verano anterior (a la derecha) [C. Churchill, Centro Woodwell de Investigaciones del Clima].

En un análisis retrospectivo de las imágenes por satélite, su algoritmo reconoció siete grandes incendios zombis de años pasados, de los nueve de los que los investigadores contaban con datos y que les sirvieron para poner a prueba la capacidad detectora del algoritmo. A continuación, este dio con otros veinte grandes incendios zombis que no estaban documentados.

En cuanto a las causas de la reaparición en primavera de los incendios, tres parámetros son los principales: unas temperaturas especialmente altas en el verano anterior (más y más frecuentes con el calentamiento climático), la superficie quemada en el verano precedente y la profundidad hasta la que se quema la turba en el suelo (de 10 a 20 centímetros, incluso 30).

«Estos trabajos nos ilustran sobre esos incendios forestales de la zona boreal, bastante mal conocidos, pero cuyas consecuencias climáticas y ecológicas podrían ir a más», en opinión de Eric Rigolot, director del Laboratorio de Ecología de los Bosques Mediterráneos, del Instituto Nacional de Investigaciones para la Agricultura, la Alimentación y el Medioambiente francés. Habría que extinguir estos incendios ocultos en sus comienzos, antes de que afloren en la superficie, en zonas a donde no es fácil llegar. Si no, emitirán carbono y participarán en la fusión del permafrost, suelo congelado permanentemente, que desprende al derretirse grandes cantidades de metano, potente gas de efecto invernadero.

Isabelle Bellin

Referencia: «Overwintering fires in boreal forests», de Rebecca C. Scholten, Randi Jandt, Eric A. Miller, Brendan M. Rogers y Sander Veraverbeke, en Nature, volumen 593, págs. 399–404 (2021).

21 de julio de 2021

El impacto ambiental de la carne es innegable

Imagínese comiendo una hamburguesa al punto perfecto, con beicon y queso fundido. Probablemente se le haga la boca agua. No se puede negar que a muchas personas nos encanta el sabor de la carne y el queso. Sin embargo, estos productos tienen un impacto ambiental mayúsculo. 

Numerosas investigaciones indican que las personas informadas sobre el impacto ambiental de ciertos productos alimenticios están más dispuestas a reducir o eliminar su consumo

¿Y usted? ¿Reduciría su consumo actual de carne y lácteos en algún momento de su vida? 

El impacto ambiental de productos animales

La Tierra nunca ha sustentado tantos seres humanos como hasta ahora y nuestra expansión agrícola amenaza el planeta. Investigadores de la Universidad de Oxford calcularon que el 83 % de las tierras de cultivo globales están destinadas a la obtención de productos de origen animal, mientras que el aporte calórico para los humanos es únicamente del 18 % y el proteico del 37 %. Se trata, por tanto, de un uso de superficie ineficiente y de bajo rendimiento. Pero, ¿por qué los productos animales necesitan terrenos extensos?

Según declaró recientemente el presidente del Gobierno de España, ‘un chuletón al punto es imbatible’, pero los datos científicos son implacables en lo que respecta a la salud y al impacto ambiental del consumo actual de carne. Fragmento de comparecencia televisiva.

Los motivos principales son, en primer lugar, el pastoreo de los rumiantes y, en segundo lugar, los cultivos destinados a la elaboración de piensos (sobre todo para pollos y cerdos). 

Por ejemplo, Brasil y los Estados Unidos son los mayores productores de soja. Estos países producen millones de toneladas de esta leguminosa al año, de los que solo el 7 % se utiliza directamentepara productos alimenticios humanos. ¡Así que el tofu no es el culpable! Más del 77 % de la soja se usa para la fabricación de piensos asignados a la alimentación del ganado. Es decir, la mayor parte de la soja cultivada se emplea para nutrir a los animales que nosotros nos comemos.

Deforestación

Toda causa tiene su consecuencia: si se necesitan vastas tierras agrícolas se promueve la deforestación. Actualmente, la carne de vacuno es la principal causa de la deforestación a nivel mundial, responsable del 41 % de la destrucción de selvas tropicales. En comparación, la tala para la obtención de madera y papel es solodel 13 %. 

Pero no es un asunto que ocurra en la otra parte del globo terráqueo y que no nos incumba a todos, ya que gran parte de la ternera que se vende en la Unión Europea es importada de Brasil, el país con más pérdida anual de selva.

La ternera es el principal impulsor de la deforestación. Diseño de Daniel Rūthemann (dunkhell_1.618/Instagram) y copyright de Vegane Gesellschaft Schweiz (vegan.ch/Instagram).

Pérdida de biodiversidad

La pérdida de selvas tropicales y la pérdida de biodiversidad, cuyas funciones son esenciales tanto para la salud humana como para la planetaria, van al unísono. Se ha estimado que hemos perdido más de dos tercios de las poblaciones de animales silvestres en los últimos 40 años. 

Los sistemas agroalimentarios actuales distan de ser sostenibles y están provocando la destrucción desenfrenada de los ecosistemas, amenazando a la mayoría de las especies en peligro de extinción.

Gases de efecto invernadero

Mientras que los árboles de las selvas tropicales absorben dióxido de carbono, la emisión de gases contaminantes debida a la industria ganadera intensiva sigue in crescendo. En la actualidad coexisten distintos sectores responsables del calentamiento global y con el arte de apuntar al de al lado. Pero el sector alimentario también es un contribuyente sustancial, que según datos recientes es causante de entre el 20 y el 40 % de las emisiones totales de gases de efecto invernadero. La carne bovina, la carne ovina y el queso son los que se desmarcan y se llevan el premio al principal contaminante

En general, los productos animales producen entre 10 y 50 veces más gases de efecto invernadero que los vegetales. Las excepciones incluyen el chocolate, el café y el aceite de palma. Por kilogramo de producto, la producción de estos alimentos genera más gases que muchos productos cárnicos. 

Emisión de gases de efecto invernadero debido a producción y transporte por kg de producto alimenticio. Las emisiones de la producción incluyen las emisiones del ganado (por ejemplo, el metano de la digestión de los animales), el uso de la tierra, la producción de cultivos para la alimentación humana y animal, y la cadena de suministro (menos el transporte).Datos de Our World in Data, figura de Veggie Science ES

Contrariamente a la opinión popular, el transporte de alimentos(Figura anterior, barras naranjas) contribuye mínimamente a la emisión total de gases contaminantes, comparado con la producción de estos (barras negras). Así pues, aparte de comprar productos de proximidad, sería más eficiente disminuir la cantidad de carne y queso de rumiantes para reducir las emisiones globales.

Perspectiva de un futuro vegetal e ‘in vitro’

Para observar el impacto ambiental de los productos animales, podemos imaginar una situación utópica en la cual la población mundial consumiera únicamente productos vegetales. Los investigadores de Oxford calcularon que el uso de tierras agrícolas podría reducirse un 76 %, un área equivalente al tamaño de los Estados Unidos, China, Australia y la Unión Europea juntos

Además, esta variación de hábitos alimentarios reduciría considerablemente la huella de carbono de los alimentos por individuo y prevendría la producción desmedida de dióxido de carbono en las próximas décadas, contribuyendo así a la mitigación del calentamiento global que amenaza a la humanidad. Asimismo, otros problemas medioambientales, como la acidificación del terreno, la eutrofización y el uso de agua dulce se reducirían.

Las imitaciones vegetales de carnes, como los productos de la empresa americana Beyond Meat y la startup catalana Heura Foods, también son más sostenibles para el medioambiente.

Otra iniciativa prometedora es la carne producida a partir de células animales cultivadas en laboratorio (in vitro). Como ejemplo, una empresa Israelí (Future Meat) espera que su producción de hamburguesas de células de vaca genere un 80 % menos de emisiones de gases de efecto invernadero y utilice sólo una pequeña fracción de la tierra y el agua dulce que utiliza la producción tradicional. 

Paralelamente, la empresa Those Vegan Cowboys está generando leche a partir de hierba en una fábrica que imita los procesos del cuerpo del animal con el objetivo de reducir el impacto ambiental de los lácteos.

A la izquierda, una hamburguesa 100% vegetal (foto de Vegan Junk Food Bar España) y, a la derecha, una hamburguesa con carne cultivada en el laboratorio (foto de Future Meat Technologies). Vegan Junk Food Bar España (veganjunkfoodbar.spain/Instagram) y Future Meat Technologies (future-meat-technologies/LinkedIn).

Los datos científicos indican, por tanto, que invertir la tendencia de consumo actual beneficiaría al planeta, pero también la salud humana y animal. La ingesta excesiva de carne aumenta el riesgo de enfermedades, concretamente las cardiovasculares, la principal causa de muerte en el mundo occidental. Las dietas bien planificadas basadas en vegetales (no procesados) también pueden ser saludables y prevenir enfermedades crónicas. Además, las granjas industriales son fábricas potenciales de bacterias resistentes a antibióticos y virus zoonóticos. Por tanto, si reducimos el consumo de productos animales y mejoramos las condiciones de la industria ganadera podríamos prevenir futuras pandemias.

Obstáculos para iniciar el cambio

En España, el consumo de carne se ha cuadruplicado en el último medio siglo, alcanzando los 100 kilos por persona al año. Sin embargo, una encuesta reciente indicó que en este país más de dos tercios de la población ha conseguido o pretende reducir la ingesta de dicho producto debido a sus consecuencias ambientales. 

De hecho, se ha observado una disminución del consumo de productos cárnicos en los hogares en la última década (antes del inicio de la pandemia). Aun así, queda un camino largo para conseguir un consumo que podría llegar a ser sostenible

Algunos de los inconvenientes que impiden a la población dar el paso y reducir el consumo de productos animales son culturales, guardan relación con su palatabilidad, se asocian a la creencia de que son esenciales en nuestra dieta, al desconocimiento gastronómico y porque los humanos pensamos que nuestra contribución individual es irrisoria a escala planetaria. 

Pero no se desanimen, toda piedra hace pared. 

Por todo ello, los expertos recomiendan informar a la poblaciónsobre el impacto ambiental de los productos animales y educar sobre las necesidades nutricionales en una alimentación saludable y sostenible. 

Tras todo lo expuesto, volvamos al principio. ¿Este conocimiento le motiva a disminuir el consumo de productos animales? Y, si la hamburguesa tuviera el mismo aspecto, textura y sabor pero estuviese hecha de plantas o de células cultivadas en el laboratorio, ¿le daría una oportunidad? 

Dejando de lado juicios de valor, los datos científicos apoyan que ésta podría ser la única manera sostenible de abastecer la demanda de la creciente población mundial sin provocar más perjuicios al planeta. 

14 de julio de 2021

Estudiar los arrecifes de coral que resisten al cambio climático para salvarlos de la extinción

 Los arrecifes de coral son un ecosistema marino habitualmente frágil, que necesita de aguas limpias y cristalinas, bajas en nutrientes y sedimentos, una temperatura estable y un entorno rico en oxígeno para prosperar. El cambio climático es para ellos una amenaza mortal, tanto que miembros de la comunidad científica han alertado sobre su posible desaparición en el año 2030 si no se revierte la crisis climática.

Sin embargo, la bióloga marina Emma Camp ha realizado unos descubrimientos alentadores, unas zonas a las que ha denominado “focos de adaptación de los corales” en las que, pese a unas condiciones en principio adversas, estos ecosistemas han conseguido desarrollarse plenamente. Sus investigaciones, que le han valido ser una de las laureadas de los Premios Rolex a la Iniciativa 2019, le llevan ahora a analizar estas zonas para determinar las condiciones que podrían hacer que otros arrecifes del mundo sobrevivan a la acción de la raza humana.

Pese a crecer en una zona urbana de Gran Bretaña, Camp descubrió los arrecifes de coral a los seis años, cuando su padre la llevó a bucear en los trópicos. “Había un mundo completamente nuevo allá abajo”, recuerda. “Me quedé muy sorprendida. En ese momento empezó realmente mi pasión por los arrecifes. Me fascinaron”. Desde entonces, sus estudios de biología marina se centraron en estos frágiles ecosistemas. “No quiero formar parte de la generación que diga: ‘Hemos perdido los arrecifes corales”, asegura. “No solo son raros y hermosos, sino que también apoyan cientos de miles de vidas humanas”.

Emma Camp con una muestra de coral conservada para su análisis.
Emma Camp con una muestra de coral conservada para su análisis.©ROLEX/ FRANCK GAZZOLA

En 2016, una expedición de buceo en Nueva Caledonia fue el origen de un gran hallazgo. Ella y su equipo registraron por primera vez 20 especies de corales que se desarrollan en condiciones que la ciencia considera demasiado calientes y tóxicas para su supervivencia. Unos años más tarde, en 2019, Camp publicó un primer estudio científico que identificaba dos hábitats coralinos similares, en condiciones habitualmente extremas para ellos, en la Gran Barrera de Coral de Australia. “Es ahora cuando estamos descubriendo dónde están sobreviviendo”, explica Camp. “Necesitamos entender cómo están ahí y por qué, y cómo podemos usar nuestras capacidades para ayudar a salvar arrecifes corales a nivel internacional”.

Mediante el estudio de las condiciones en estos “focos de adaptación”, así como el comportamiento y la genética de estos corales ultrarresistentes, Camp está desentrañando nuevos conocimientos sobre los mecanismos que respaldan su adaptación. Conocer por qué son capaces de resistir a condiciones tan adversas es para ella la clave que puede permitir la repoblación de otros arrecifes amenazados con la extinción.

“Creo que tenemos que ser creativos. Necesitamos volver a la naturaleza, ver cómo ha sobrevivido durante tanto tiempo y usar ese conocimiento junto con la innovación y la tecnología, para intentar conservar lo que tenemos”, explica Camp. En la actualidad, se encuentra explorando dos nuevos focos de adaptación en el norte de la Gran Barrera de Coral (Low Isles y Howick Island) con el objetivo de identificar las principales características que permiten su adaptación y, por primera vez, tratar de trasplantarlos a las áreas que han sufrido una muerte masiva de corales.

Este posible descubrimiento podría cambiar el destino de uno de los ecosistemas marinos más preciados y singulares, ofreciendo una alternativa para su supervivencia. “A nivel mundial, los corales están muriendo a causa del cambio climático, debido a los océanos más ácidos y a las aguas bajas en oxígeno”, explica Camp. “Sin embargo, aunque intentamos desesperadamente reducir las emisiones de carbono de la humanidad, hay muy pocas opciones aparte de esa para intentar ayudar a los arrecifes a subsistir”. Descubrir su manera de adaptarse puede convertirse en una vía para su repoblación en todos los océanos.