25 de abril de 2016

Los gorriones ya no pueden vivir en nuestras ciudades

gorrion comun - ©Jörg Prohaszka
Los biólogos las conocen por el nombre de especies “bioindicadoras“. Aquellas cuya presencia o ausencia nos señalan las condiciones, buenas o malas, de un determinado espacio natural o biotopo. Si el lugar se degrada, declinan unas, las especialistas, y aparecen otras, las oportunistas. Y no pensemos sólo en linces ibéricos o patos malvasía. El gorrión común (Passer domesticus), sin ir más lejos, es un excelente bioindicador de la salud de nuestras ciudades.
La coexistencia con esta popular ave es tan estrecha que cuando un pueblo queda abandonado, junto con vecinos y animales domésticos también desaparecen los gorriones. Tremendo.
Pero últimamente desaparecen sin que tengamos muy clara la razón. Porque como ya sabe todo el mundo, el gorrión se extingue. Incapaz de encontrar nuevos lugares donde prosperar, sus poblaciones están cayendo en barrena por todo el mundo. Según datos de SEO/BidLife, se estima que la población europea de esta especie ha descendido un 63% en los últimos 30 años. Varios millones menos de gurriatos, se dice pronto. Y lo que es malo para el gorrión, es sin duda malo para nosotros.
Si ellos, que nos acompañan desde que hace milenios salimos de las cuevas y empezamos a levantar campamentos permanentes, aldeas, pueblos y grandes urbes, ya no pueden vivir a nuestro lado, ¿qué ocurre entonces con nosotros, igualmente bioindicadores de la insalubridad de los nuevos espacios urbanos?
Los gorriones son un poco como esos canarios que los mineros llevaban antes a la profundidad de la mina dentro de una jaula. Si se moría de repente era aviso de un escape de gas venenoso y tenían que salir corriendo para no acabar pajaritos como el ídem.dibujo_gorrión común macho ©Juan Varela
El caso es que los gorriones se están muriendo y nosotros seguimos aferrados a la ciudad que los mata (a ellos y a nosotros), indiferentes a su jaula vacía. En Londres, Berlín o Amsterdam es ahora más fácil ver un zorro que un gorrión.
Según datos de SEO/BirdLife, en España había unos 165 millones de gorriones en 2006. En solo diez años, la población reproductora de nuestro país se ha reducido en unos ocho millones de ejemplares. La caída es más acusada en la meseta norte y Aragón que en la mitad sur del país.
En el continente europeo el descenso no ha cesado desde la década de 1980 y fue especialmente acusado entre 1970 y 1980. Solo en Reino Unido se perdieron 10 millones de ejemplares en esos diez años. Afectó tanto a poblaciones rurales como urbanas.
Para concienciar sobre su conservación y llamar la atención sobre la (mala) calidad ambiental de nuestras ciudades, SEO/BirdLife ha nombrado Ave del Año 2016 al gorrión común. Y es que cualquier mejora que hagamos en las ciudades para favorecer el regreso de estas avecillas será también en beneficio nuestro. Como señala acertadamente el lema de la ONG conservacionista, si es bueno para el gorrión, es bueno para todos.
Ese es también el mensaje que pretende plasmar el vídeo que acompaña a esta edición de “Ave del Año”, protagonizado y escrito por el humorista gráfico Forges y su hijo y excelente periodista Toño Fraguas. En él, ambos hablan “de gorrión a gorrión”. ¿No lo has visto aún? Pues no te lo pierdas porque al menos la sonrisa está garantizada.
¿Por qué desaparece el gorrión?
El gorrión es un ave sedentaria, por lo que las causas de su declive son muchas y están muy unidas a la calidad de su entorno inmediato.
En el medio rural:
  • Intensificación agraria,
  • Empleo abusivo de plaguicidas.
  • Despoblamiento rural.
En las ciudades:
  • Electromagnetismo generado por la multitud de antenas de teléfonos móviles que nos rodean.
  • Contaminación del aire.
  • Aumento de los depredadores.
  • Competencia de las especies invasoras.
  • Dificultad para encontrar alimento, especialmente en época de cría, cuando los pollos precisan larvas e insectos.
  • Escasez de zonas verdes y de lugares para nidificar: los gorriones suelen instalarse en huecos de edificaciones humanas o de viejas ramas de árbol y, en la actualidad, los edificios de nueva construcción son cada vez menos amigables y todas las ramas viejas de árbol de los parques son retiradas para evitar daños.
Biodiversidad urbana
El gorrión es una de las especies más abundantes y extendidas en medios humanizados. Por eso, su declive debe estar reflejando cambios ambientales que afectarán también a otras especies silvestres, para bien o para mal, y sobre todo a la otra especie más común en medios urbanos: nosotros.
La desaparición de esta ave es paralela a la pérdida de biodiversidad en pueblos y ciudades. Por eso, su distinción como Ave del Año también refuerza los trabajos que SEO/BirdLife realiza desde hace diez años para defender y mejorar la biodiversidad urbana. Así lo explica a través de una nota de prensa la directora ejecutiva de la organización ambiental, Asunción Ruiz:
“No se trata de una cuestión anecdótica: menos biodiversidad urbana significa más contaminación, más emisiones de CO2, menos zonas verdes y, por tanto, entornos menos saludables. No lo olvidemos: la presencia de gorriones es un indicador de la calidad de vida de un entorno. Tenemos que cuidarlos defendiendo la biodiversidad de nuestros municipios. SEO/BirdLife está comprometido a lograrlo”.
Y añade:
“Quienes viven, y vivimos, en las ciudades debemos apostar por incorporar, gestionar y proteger espacios para la biodiversidad. Y como conocer es conservar, de esta manera contribuiremos a que el medio ambiente sea también prioridad para nuestros Gobiernos”.
Por su parte, el presidente del Comité Científico de SEO/BirdLife e investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales, Mario Díaz, apunta:
“Dependemos en gran medida de la salubridad de pueblos y ciudades para nuestro propio bienestar. Por eso, el declive de una especie que se ha adaptado a vivir en medios urbanos, de modo completamente salvaje, puede indicar disfunciones crónicas del sistema que a la larga pueden perjudicarnos. Las zonas urbanas están aumentado de un modo exponencial en el mundo y suponen retos extremos para los seres vivos. El modo en que estos organismos están respondiendo a estos retos puede servirnos para mejorar nuestra propia capacidad de supervivencia y bienestar”.

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